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Portada de la novela Ganar la eternidad

Ganar la eternidad

Alana decide abandonar su tediosa vida como contadora para participar en un peligroso torneo de vampiros. En esta competencia sangrienta, cada reto mortal busca convertirla en un ser de la noche, desafiando su moral y sus convicciones. Mientras lucha por sobrevivir y ganar la inmortalidad, un romance imprevisto surge para complicar su camino hacia el poder eterno. ¿Podrá superar las pruebas y alcanzar la eternidad que tanto desea tras años de frustración?
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Capítulo 2

Antes siquiera de que el abrumador peso de que sus palabras cayera sobre ellos, un chico con cabello castaño y rizado corrió a escribir “SÍ” en el pizarrón con un trozo de tiza.

¿Pero qué carajos le pasaba a ese tipo? Si te preguntan si un salón lleno de personas inocentes deben morir la respuesta obvia es “no” ¿cierto? No había ni que pensárselo, no tenía la menor intención de cargar en su consciencia con esas muertes, pero ese tipo había decidido, para colmo sin consultar al resto, que quería llenarse las manos de sangre.

— ¿Pero que mierda? ¿Cómo puedes decidir por tu cuenta que queremos que maten a quince personas? Maldito psicópata.

Exclamó Alana tras levantarse con la intensión de borrar la respuesta y reemplazarla con “NO”. ¿Cómo era posible que el resto se quedara sentado tan tranquilo en esas circunstancias? ¡Estaban hablando de personas!

Tan pronto el castaño vio que estiraba la manga del uniforme para usarla como borrador, la tomó con fuerza de la muñeca para impedirlo.

— ¿Pero qué haces, subnormal? ¿Prefieres que muramos nosotros a que muera la gente del salón de enfrente?

— ¡No todo el mundo está tan loco como tú! ¿Por qué responderían que sí a matar a quince personas que ni siquiera conocen?

— No lo sé, subnormal, tal vez porque si lo hacen se duplican sus posibilidades de ganar este maldito juego o porque no van a correr el riesgo de que a nosotros se nos ocurra esa opción antes que a ellos y los matemos a todos.

Alana se quedó helada ante tales argumentos. Tenía sentido, no iba a negarlo, pero ¿Realmente era tan fácil decidir asesinar a tanta gente? ¡Es que ni siquiera fingió pensárselo un segundo! ¿De verdad los integrantes del otro equipo respondieron que sí a su muerte con tanta frialdad? Después de todo eran seres humanos hablando de vidas humanas, los valores debían caber en algún lado dentro de esa conversación ¿O no?

— ¿Y no se te ha ocurrido que puede haber personas con consciencia? ¿Que los dos grupos podríamos responder “No” y evitar muertes innecesarias?

— No tenemos ninguna certeza de que vayan a elegir “No” y el riesgo es demasiado alto. Sólo espero que no hayan escrito “Sí” antes que nosotros.

Intervino otra chica, tomándola de la mano para hacerla volver a su lugar.

— ¿Ustedes no van a decir nada? ¿Van a quedarse cayados y ver cómo matan a quince personas?

Dijo dirigiéndose al resto del grupo en busca de apoyo.

— Dime una cosa, ¡Oh brújula de la moral!, ¿Qué mierda haces aquí? Me imagino que sabías de qué se trataba todo esto antes de venir ¿No? ¿Por qué aceptaste participar si no estabas dispuesta a hacer lo que hiciera falta para sobrevivir? ¿No se te había ocurrido que si por algún milagro llegas a ganar vas a tener que matar humanos constantemente para alimentarte, subnormal?

— ¡Estas muertes pueden evitarse!

— Sí, si las remplazamos con las nuestras, pero no estoy dispuesto a morir sólo para que puedas seguir diciéndote a ti mismas que eres una buena persona, así que ve a sentarte o abre la puerta, ve al otro salón y dale a alguien más tu lugar aquí.

La otra chica que había intervenido la tomó del brazo y tiró de ella con algo más de firmeza para hacerla volver a su asiento.

— Lo siento, de verdad. Es un asco, pero en el fondo tiene razón, es muy peligroso confiar a ciegas en su buen corazón.

Le susurró mientras la conducía a su lugar, en el mismo tono condescendiente en el que le hablaría a un niño.

De muy buena gana se habría sacudido su brazo y habría empezado a gritar hasta que el resto no pudiera ignorar lo que estaba pasando y se vieran obligados cuando menos a decir en voz alta que estaban de acuerdo en asesinar a quince personas inocentes para pasar a la siguiente ronda, pero si hacía escandalo quedaría como una loca irracional y todos sus argumentos quedarían invalidados en automático, así que le dirigió una ultima mirada envenenada y volvió a sentarse.

Como si apenas en ese momento acabaran de calarles en los huesos las implicaciones de la decisión que habían tomado, o que habían permitido a alguien más tomar que al final era lo mismo, se habían quedado en absoluto silencio y no se atrevían siquiera a hacer contacto visual entre ellos.

Dejarlo así uno o dos minutos más hubiera sido una tortura bastante efectiva, pero exactamente diez minutos después de que recibieron las instrucciones de esa primera ronda, sonó una campana como la que anunciaba el final de un periodo en las escuelas y se escuchó una voz anunciar que el tiempo había terminado.

La puerta se abrió y salieron en una fila ordenada para seguir a un hombre vestido de negro que los llevaría a través de los pasillos y escaleras viejas hacia el patio, donde creía estaba su audiencia aguardando para el gran final de los eventos de la noche.

En el pasillo se habían cruzado con el otro grupo y aunque su primer instinto había sido apartar la mirada, no fijarse en sus rostros para que no aparecieran en sus sueños, la curiosidad le ganó y los vio, tratando de descubrir en su apariencia o su actitud algo que comprobara o desmintiera la suposición del cretino que había corrido a anotar la respuesta.

Poco podría decirse de la personalidad de alguien sólo por su apariencia, especialmente cuando llevaban un uniforme en vez de su propia ropa y les habían quitado todas sus pertenencias, sólo había descubierto que todos estaban al rededor de los veintes y aunque no los contó le pareció a simple vista que aproximadamente la mitad eran hombres y el resto mujeres.

Sus expresiones, sin embargo, eran mucho más elocuentes, parecía que todos llevaban puesta una mascara de seriedad fúnebre, pálida y rígida como si su rostro se hubiera convertido en cera.

Había un silencio sofocante que resultaba inesperado en un pasillo abarrotado de gente y, al igual que los miembros de su grupo, no se atrevían a ver a nadie a la cara, muchos incluso mantuvieron la vista clavada en sus propios zapatos durante todo el trayecto.

Tal vez sólo estaba viendo lo que quería ver para aliviar un poco la culpa, pero al llegar al patio a formarse como en las ceremonias de los lunes cuando estaba en el colegio estaba convencida de que el psicópata había acertado.

Se quedó perfectamente quieta, conteniendo el impulso de temblar, en parte por el frío de la noche que las sencillas prendas que les habían proporcionado no lograban mitigar.

Estaba a punto de comprobar su suposición y sobre todo de averiguar si había sido lo suficientemente rápido.

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