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Portada de la novela Fuga a sangre y fuego

Fuga a sangre y fuego

El asaltante de bancos más perseguido de México escapa de los juzgados tras una explosión, logrando evadir a la ley por tercera ocasión. Mientras la policía tiene órdenes estrictas de eliminarlo, el periodista José Núñez decide arriesgarse para entrevistarlo y descubrir la realidad tras el mito. En su indagación, Núñez intenta descifrar si el prófugo es un hombre maltratado por el sistema que busca justicia o un criminal cruel, antes de su cara a cara.
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Capítulo 3

Son las siete de la noche y voy camino a mi casa, me siento cansado, el frío decembrino de las últimas horas, junto con mi agotamiento por las largas jornadas de trabajo, son los mejores alicientes que tengo, para llegar pronto a mi confortable departamento.

Mientras camino con paso presuroso por la Avenida Juárez en busca de mi auto, siento el anhelo de estar ya en la sala de mi casa, botarme los zapatos y enfundarme las pantuflas, luego servirme un vaso de whisky y echarme con abandono sobre mi sillón favorito, para disfrutar de un programa en la televisión o de una buena película.

O de cualquier otra cosa que sirva para relajarme y olvidarme de lo que vivo día con día, que ciertamente no es nada agradable y mucho menos como para recordarse.

Ha sido una quincena devastadora y exigente. Un fin de mes endemoniado, como un broche de oro para el próximo fin de año. He tenido que trabajar como un mulo, aunque me encuentro satisfecho conmigo mismo y es por ese motivo que voy en busca de unas horas del merecido descanso que ya me gané ampliamente.

En estos momentos no quiero saber de nada, ni pensar en lo que me espera el día de mañana, sólo deseo estar de holgazán, apático, quiero olvidarme que el mundo existe y que la crueldad que lo rodea ocasiona que haya tantas decenas de eventos sádicos, crueles y sanguinarios.

De manera casi mecánica, doy vuelta en la calle de Balderas, todo a mí alrededor es movimiento continuo, vendedores ambulantes, personas que salen de trabajar, otras que van a cubrir el turno que les corresponde, estudiantes que regresan a sus hogares y en los puestos de periódico se pueden ver las primeras planas de los diarios que anuncian: ¡La detención de siete de los involucrados en la fuga del tristemente célebre Alfredo Ríos Galeana! “Y siguen con el tema” —pienso mientras sigo mi camino

La noticia llama la atención de los que, al caminar, pasan por el puesto de periódicos, provocando que se detengan a leer lo poco que pueden en la primera plana, en el interior viene la reseña completa y la declaración de: “La Quena”, una de las mujeres que fuera parte del comando que los liberara de prisión.

La Quena, identificada como una de las mujeres de Ríos Galena, no tiene pelos en la lengua y declara, de manera abierta y sin presiones, que se habían pagado setenta millones de pesos para lograr la hazaña que a todos impactó.

También en mi entorno, veo decenas de vendedoras ambulantes que ofrecen su mercancía, propia para la época navideña que recién se inicia y que al parecer cada vez se adelanta más, para beneficio de los comerciantes.

En medio de los improvisados puestos, deambulan cientos de personas que se mueven de prisa, o, algunos, con exasperante lentitud, provocando que, las personas, que intentan avanzar, se aglomeren y les cueste trabajo seguir su camino.

Toda la avenida es un verdadero mundo de gente, un tumulto del que resulta muy difícil sustraerse, de una o de otra manera forman parte de la escenografía de Balderas, sobre todo a esas horas y en esas fechas, en fin, uno se va acostumbrando a todo.

Algunos están ahí, de compras, en busca de lo que necesitan para sus adornos navideños, juegos de luces de colores, festones, figuras de yeso, y todo aquello que le dé más vida a su árbol de navidad o al nacimiento que están instalando, otros simplemente pasan por la calle en diferentes direcciones, ya que sus intereses se encuentran en alguna otra parte, y no faltan los que se detienen a preguntar precios o a curiosear, lo que está a la venta, tal vez para hacer un presupuesto y después volver para hacer las compras, en fin, todo es parte de una rutina diaria en esa parte de la ciudad.

Una estampa típica y cotidiana, que le da sabor y colorido a la calle de Balderas, aunque para muchos es molesto, ya que no se pueden mover con la prontitud y amplitud que desean, para otros es algo que les gusta ver en su camino diario y que les agrada la diversidad de artículos que encuentran.

Al tiempo que subo en mi auto, notó que el cansancio se agudiza más en mi cuerpo, echó andar el carro y me integró de manera ordenada a la pesada circulación, rumbo hacia el sur.

Los autos que circulan y la gente que se cruza hacen que el tráfico sea lento, pesado y aburrido, mecánicamente enciendo la radio, de inmediato la apago, no tengo ánimos para escuchar música, tampoco quiero oír más noticias y mucho menos a los “inteligentes y agudos” comentaristas que destilan sabiduría en todo lo que expresan al aire, aunque no tengan ni la menor idea de lo que hablan, creo que el silencio es ideal ahora.

Debo decirles que soy un reportero, como hay muchos, formo parte del diario matutino: “Sin Caretas”, aunque también, laboró como articulista en varias revistas, y en los pocos ratos de ocio que tengo, escribo novelas sobre experiencias personales o temas relacionados con mi trabajo.

Mi labor me fascina, solo que requiere de muchas horas de entrega, no sólo sentado frente a la máquina de escribir, también hay que hacer trabajo de investigación, confirmación de datos, ir al lugar de los hechos, si es posible, en el momento mismo en que se está generando la noticia. Se termina con un cansancio agradable, ese agotamiento que lo hace a uno sentirse satisfecho consigo mismo.

Mientras espero que los autos que van delante de mí se muevan ante la señal verde del semáforo, volteo a mi izquierda y veo el edificio del diario Novedades, un periódico considerado, “blanco”, ya que no habla mal de nadie, no toma partido hacia ningún lado de la política y se concreta a informar lo que indica el editor.

Muy opuesto a nuestra manera de trabajar, ya que en Sin Caretas, escribimos, comentamos y mostramos los errores que se tienen, tanto en la política, como en cualquier otra fuente, incluso la policiaca que es la que me toca cubrir a mí.

Nuestra forma de trabajar nos ha traído infinidad de problemas, nos han amenazado, han golpeado a algunos de nuestros compañeros reporteros, a los fotógrafos les han roto sus equipos de trabajo o les han incautado los rollos de las fotos que han tomado en tal o cual evento y del que no quieren que se publique nada, total que el acoso a la libertad de expresión es claro y abierto, si no te alineas con lo que se te ordena o si publicas cosas que desenmascaran a los funcionarios, empresarios, personajes del espectáculo, en general, lo que no les guste que se vea y se sepa.

Se enciende la luz verde del semáforo y comenzamos a avanzar, mientras lo hago, llegan a mi mente las noticias de las últimas semanas y que fueron las que más me complicaron la existencia ya que me tocó estar en el lugar de los hechos y dar una crónica real y verdadera de los acontecimientos.

Para mi intervención en este asunto, todo comenzó la mañana del 9 de noviembre de este casi extinto 1986, total que, ese día me encontraba en compañía de un buen amigo mío, Javier Ortega, a quien todos conocemos como Orteguita.

Trabajó en la DIPD, (Dirección de Investigación Para la Delincuencia), por lo que conocía a todos los grandes jefes de grupo y no dudaba en proporcionarnos alguna información que nos pudiera servir, incluso, gracias a él, obtuve muy buenas notas exclusivas, ahora en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, seguía siendo un buen aliado.

Como les decía, me encontraba con Orteguita y otros compañeros reporteros, sentados a la mesa de una cafetería, cuando de pronto se le acercó una persona y le habló en el oído, todos nos quedamos en silencio y cuando la persona se alejó…

—Bueno… muevan las patas que acaban de encontrar un cuerpo encajuelado —nos dijo Orteguita y comenzó a caminar hacia la salida del lugar.

Todos nos movimos de prisa, en mi carro nos fuimos cuatro, mi fotógrafo, un compañero y su fotógrafo, Ortega, ya nos había dado la dirección, en la colonia Mixcoac, así que había que moverse de prisa ya que estábamos algo retirados del lugar.

Cuando llegamos, el lugar estaba abarrotado, los policías uniformados trataban de contener a los curiosos a cierta distancia del lugar de los hechos.

Peritos y agentes investigadores revisaban un auto, así que me estacioné lo más cerca que pude y los fotógrafos de inmediato se fueron a realizar sus placas, se acercaron al grupo de la Procuraduría que ya trabajaba en la escena y les dieron chance de tomar unas cuantas fotos.

Comencé a realizar preguntas a los curiosos, en ese momento era lo más importante ya que en le Procuraduría nos darían toda la información oficial, la cual no se comparaba con la que los testigos podían aportar.

Fue así como me enteré que por el fétido olor que despedía la cajuela, varios vecinos del lugar dieron aviso a las autoridades sobre sus sospechas, se envió a un par de policías, los cuales confirmaron el desagradable olor, informando que tal vez se trataba de un cuerpo en descomposición, fue entonces cuando llegaron los agentes judiciales, abrieron la cajuela y al descubrir el macabro contenido de inmediato se dio parte al ministerio público que asignó a los investigadores a su cargo para las pesquisas.

Los agentes en sus primeras indagatorias, descubrieron que el cuerpo pertenecía al colega, periodista y director del periódico: “Le Monde Diplomatique”, que llevaba en vida el nombre de Antonio Iván Menéndez, pese a que algunas de las evidencias señalaban que había sido víctima de un robo, los agentes sostuvieron que el presunto asesino, había sido la última persona con quién la víctima se había entrevistado.

Como era nuestro deber, enviamos nuestras notas a la redacción para que se publicara la noticia, la cual, todos sabíamos que debíamos darle el debido seguimiento.

En sus investigaciones, los agentes descubrieron que había sido el ingeniero químico, Rodolfo Andy Limón, la persona que había visto por última vez, con vida, al periodista, lo cual lo señalaba como el principal sospechoso.

A partir de ese momento, los agentes se avocaron a él, fueron cuatro las ocasiones en que el ingeniero Andy Limón fue interrogado por los sabuesos de la procuraduría del Distrito Federal, encabezados por el comandante Gonzalo Balderas, experto investigador y con una amplia y reconocida trayectoria.

A tal grado que, desde que tuvo conocimiento del caso, intuyó que el ingeniero Limón sabía más de lo que decía, lo malo era que no había nada que lo inculpara.

Rodolfo Andy, se dedicaba a la reparación e instalación de equipo médico, en su primera declaración expuso simple y sencillamente que, efectivamente había visto a la víctima la noche de su desaparición y que después de entregarle el dinero del anticipo que habían acordado por la venta de una casa, se habían separado como buenos amigos, yendo cada uno a sus respectivas actividades.

Incluso, señaló que en el restaurante bar “El Popo” había personas que podían dar fe de su presencia en ese lugar por un largo tiempo. Lo cual le daba una coartada.

Sólo que los investigadores no estaban conformes con aquello, tenían que ahondar más para encontrar la verdad, así que, a medida que se le siguió interrogando, Andy Limón fue perdiendo la sangre fría y la confianza en sí mismo, por lo que comenzó a caer en contradicciones, hasta que finalmente terminó confesándolo todo.

En su declaración ministerial, el ingeniero Limón, mencionó que él lo había asesinado, y que lo había hecho, por ambición, ya que quería quedarse con la casa, que el periodista había puesto a la venta, sin tener que pagar un solo centavo, además de que, el dinero que le había dado como anticipo, se lo había quitado al cadáver antes de abandonarlo.

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