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Portada de la novela El error de nuestras vidas II: Luchando contra los fantasmas del pasado

El error de nuestras vidas II: Luchando contra los fantasmas del pasado

Lo que inició como un contrato en Manhattan se ha vuelto un amor genuino entre Amelia Valverde y el banquero Raúl Peralta. Mientras ella lucha contra el abuso social, su felicidad se ve empañada por figuras del pasado que regresan con obsesiones peligrosas. Entre engaños y trampas que buscan fracturar su confianza y estabilidad familiar, Raúl se verá obligado a arriesgar su imperio y su vida para salvar a las personas que más ama de esta oscura amenaza.
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Capítulo 1

Capítulo 1

Primer aniversario

Raúl actuó indiferente toda la mañana. Se fue a trabajar con normalidad, a pesar de que Amelia le pidió que se tomara el día. Se sintió triste de saber que él había olvidado una fecha tan especial.

Clarita era cómplice en la sorpresa. Raúl había rentado una cabaña en Rhode Island y se fue primero para decorar.

Colocó globos por todas partes y rosas rojas que iban regadas desde el inicio de las escaleras hasta la puerta de la habitación. Allí esparció más, pero alrededor de la cama. También colocó unas velas aromáticas, que encendería en su momento para que no se consumieran.

Eduardo y Clarita convencieron a Amelia de dar un paseo para animarla. Después de rodar por varios kilómetros, la dejaron afuera de la cabaña y se retiraron a toda prisa.

Ella no entendía nada. En la puerta había una nota que indicaba que la llave se encontraba escondida en una maceta colgada a la izquierda. Buscó la llave y abrió la puerta. Una vez que entró vio los globos y una pancarta que decía "Feliz aniversario Amelia".

Vio otra nota, la cual le indicaba que se dirigiera a la habitación. Subió las escaleras y allí encontró en la cama una rosa roja junto a una barra de Hershey's.

Suspiró al ver eso, y se estremeció cuando unos brazos la envolvieron desde atrás besando su mejilla.

—Feliz aniversario, princesa. Perdón por fingir que lo olvidé, es que quería darte una sorpresa. ¿Te gustó?

Amelia se giró para quedar frente a él sin soltarse de su agarre. Le echó los brazos al cuello y lo miró a la cara.

—Me ha gustado todo. ¿Me llevarás a alguna parte?

—A donde quieras, hermosa. Este fin de semana soy completamente tuyo.

—Me encanta como suena eso —sonrió antes de besarlo.

La pasión entre ellos comenzó a aflorar a medida que se besaban. El deseo los dominó de tal manera, que se separaron sólo por la falta de aire. Amelia sintió algo duro contra su abdomen y sonrió en respuesta.

—Alguien está muy ansioso por salir —dijo coqueta.

—No te imaginas cuánto —ocultó su cara en el cuello de ella. Le daba algo de pena admitir lo excitado que estaba.

—Cariño —le dijo con dulzura— ¿Por qué no vas por comida mientras yo... me arreglo?

Raúl entendió lo que quiso decir y la besó de nuevo.

—De acuerdo —dijo separándose de ella— ¿Qué quieres comer?

—Sorpréndeme —le guiñó el ojo— y trae helado de vainilla.

—Lo que usted diga mi reina —dijo antes de salir de la habitación.

Raúl se acomodó la entrepierna para salir de la cabaña y Amelia quedó sola. Por fortuna era una mujer precavida y tenía algunos artículos de uso personal en su cartera.

Se desnudó, se metió al baño y tomó la cera depilatoria. Aplicó una porción generosa en cada pierna y colocó el papel especial. Esperó un par de minutos y procedió a arrancar las cintas en dirección contraria al crecimiento del vello. Hizo lo mismo con su intimidad y luego se duchó para quitarse el residuo de cera.

Se ató el cabello en una coleta alta para no mojarlo. Preparó la tina con unas sales que encontró en la repisa del baño y se sumergió. Antes de eso colocó música para relajarse.

Salió de la tina cuando oyó la puerta de la entrada sonar. Ya Raúl seguramente había venido y no quería hacerlo esperar. Cuál fue su sorpresa cuando al salir de la tina, comenzó a sangrar.

—Tiene que ser una broma —dijo mirando al piso.

Salió rápidamente a la habitación por un tampón y ropa interior limpia. Regresó nuevamente al baño para colocarlo y salir a recibir a su esposo.

—Ya llegué mi amor —dijo él emocionado entrando a la habitación.

Se sorprendió cuando vio la expresión apagada de Amelia. Se acercó a ella y la tomó de las mejillas, para indagar qué le ocurría.

—Mi amor ¿Qué tienes? ¿Te sientes mal?

—Cariño —dijo bajando la cara— tengo mi período.

La sonrisa de Raúl se convirtió en una línea recta. Cuando salió pasó todo el trayecto pensando en hacerle el amor a su mujer.

—Rayos —musitó.

—Lo siento —dijo apenada.

—Oye no pasa nada —la abrazó— ¿Cuánto te dura? ¿Como cuatro días? Estaremos bien. Tocará esperar.

Raúl le trajo sushi. Se fueron al sofá a comer y luego degustaron el helado que ella pidió. Ya que no tendrían acción por esa noche, decidieron ver que película o serie interesante ofertaba Netflix.

La cabaña tenía televisor en la salita, así que se quedaron allí, frente a la chimenea la cual chisporroteaba al consumirse la madera. En un momento se comenzaron a besar y la pasión se incrementó. Raúl comenzó a acariciar a Amelia provocándole un jadeo.

—Raúl... —dijo en un gemido— detente.

—¿Qué pasa mi amor? —respondió excitado.

—Tengo mi período. ¿Recuerdas?

—¿Y si me pongo doble preservativo?

—No lo creo —se separó con desconcierto— no podría, es decir... lo veo tan desagradable.

—¿Y si lo hacemos por...?

—Olvídalo —dijo interrumpiéndolo— no estoy preparada para eso.

—Sólo decía —dijo derrotado.

Raúl se resignó a que no tendría acción por el fin de semana. A la mañana siguiente despertó a Amelia llevándole el desayuno a la cama.

—Buenos días, princesa. Desayuna para que podamos ir a pasear.

Amelia se estiró y en vez de levantarse, se enrolló más entre las cobijas. Raúl se acercó por detrás y le besó la mejilla, haciéndola espabilar.

—Despierta nena, come y date un baño. Iré un momento a ver un local que me recomendaron y regreso. Te veré en una hora.

Raúl salió de la cabaña y dejó a Amelia sola. Ésta se quitó las cobijas de encima y se relamió los labios al ver la bandeja que le habían dejado.

Comió todo lo que le dejaron, bajó a llevar los platos a la cocina y se encargó de lavarlos. Ya había adquirido ese hábito desde que estuvo en AA.

Se metió a bañar con agua tibia, se colocó una ropa deportiva y bajó a preparar café. No tuvo necesidad más que de calentarlo porque Raúl lo había hecho. Se sirvió una taza humeante mientras esperaba a su hombre.

Él regresó y la tomó de la mano. Salieron a caminar unas cuantas cuadras hasta llegar a una banca que se ubicaba cerca de un lago, donde habían muchos patos.

Era hermoso el lugar y se sentía una paz infinita. Amelia se recostó del hombro de Raúl sin soltar su agarre y se perdió en la profundidad del agua frente a sus ojos. Él por el contrario, estaba pensativo por otros motivos.

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