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Portada de la novela El error de nuestras vidas II: Luchando contra los fantasmas del pasado

El error de nuestras vidas II: Luchando contra los fantasmas del pasado

Lo que inició como un contrato en Manhattan se ha vuelto un amor genuino entre Amelia Valverde y el banquero Raúl Peralta. Mientras ella lucha contra el abuso social, su felicidad se ve empañada por figuras del pasado que regresan con obsesiones peligrosas. Entre engaños y trampas que buscan fracturar su confianza y estabilidad familiar, Raúl se verá obligado a arriesgar su imperio y su vida para salvar a las personas que más ama de esta oscura amenaza.
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Capítulo 2

Capítulo 2

Agrandando la familia

En Maine

Viernes. Raúl se encontraba en el banco. Estaba en su escritorio revisando una torre de papeles, hasta que el sonido de su celular lo sacó de su labor. Sonrió al ver la pantalla y presionó el botón de contestar.

—Cariño...

—Hola Amelia —dijo de manera autómata.

—umm, pero que seco estás —hizo un puchero— sólo quería saber si vendrías a casa temprano. Ya van a ser las seis.

—Lo siento nena —se disculpó— he estado full de trabajo y no he mirado la hora. ¿Cómo has estado? ¿Quieres que te traiga algo?

—Sólo quiero a mi marido conmigo —habló con suavidad— las chicas se llevaron a Pierre hace una hora. ¿Recuerdas la última lencería que compré? —dijo mientras se enrulaba un mechón de cabello en su dedo— Te la quiero modelar.

Raúl tragó grueso y soltó un suspiro pesado. Sus sentidos se nublaron y su respiración se agitó.

—Cariño ¿Sigues ahí?

—Dame una hora, mi amor. Espérame en la habitación.

Amelia colgó la llamada, puso el celular sobre la mesita de noche y se dirigió al clóset. Tomó la lencería de encaje negro y la puso sobre la cama.

Se fue al cuarto de baño y puso a llenar la bañera. Antes pasó por la ducha y se deshizo de todo el vello indeseable. Le agregó un líquido espumoso, se despojó de la ropa y se hundió en el agua de burbujas.

Por su parte, Raúl tomó un pequeño grupo de papeles y los firmó. Los dejó sobre el escritorio con una nota para Tessa, tomó su saco y llaves para finalmente salir de la oficina.

—Qué tenga un feliz fin de semana, señor Peralta.

—Igual para ti.

Una vez que el vigilante le abrió la puerta principal, salió y se dirigió al estacionamiento. Entró a su auto y se dirigió a toda prisa a su hogar.

Al llegar se aflojó la corbata y se quitó el saco. Subió las escaleras a toda prisa hasta llegar a la habitación, donde fue recibido por el amor de su vida.

—Hola mi amor —le dio un casto beso en los labios.

—Hola preciosa —la tomó de la cintura para apretarla contra su cuerpo— te extrañé.

—No parece, jum —hizo un mohín— ve a ducharte, te espero en la cama.

Raúl se quitó la ropa de forma desenfrenada y se dio una ducha militar. Se secó superficialmente y se colocó la toalla alrededor de la cintura para poder cubrirse.

Amelia estaba parada frente a la cama con el albornoz puesto. Le ordenó que se acostara y tomó la cinta para abrirlo y dejarlo caer al piso. La mirada de Raúl fue perpleja. Ese conjunto de brasier y panty le quedaba súper sexy. No tardó su amigo en hacerse notar.

Amelia sonrió y se acercó a la gaveta de la mesita de noche del lado de su esposo. Abrió el cajón para sacar un preservativo, le quitó la toalla de un tirón y se quedó mirándolo unos segundos.

Raúl soltó un jadeo cuando sintió su miembro envuelto en una temperatura cálida. Cerró los ojos en el momento en el que Amelia comenzó a succionar.

—Dios, mi reina... —dijo con dificultad.

Amelia no se detuvo y siguió chupando hasta que él se puso rígido. Intentó apartarla sin éxito.

—Mi amor, para... Voy a veni...

No pudo decir más. Amelia lejos de detenerse se aferró más y no dejó de chupar hasta que él eyaculó. Probó un poco y dejó que el resto saliera sobre su pierna, la cual procedió a limpiar con la toalla que tenía debajo.

Se dirigió al cuarto de baño para enjuagarse la boca. Había leído que por alguna razón a los hombres no les gustaba que su pareja le besara luego de hacerle la feliación. No lo entendía, pero no quería que se arruinara el momento por algo así.

Regresó a la habitación y se colocó frente a él.

—Cariño ¿Te gustó como me queda? —dijo con voz inocente, llevándose las manos a la espalda.

—Me encanta nena —hizo una seña para que ella se detuviera— déjatelo y ven aquí.

Amelia se dirigió a la cama y se sentó sobre su marido. Él le corrió un poco la panty para poder introducirse en ella y comenzar a embestirla.

En el apartamento de Cassie

Tessa y Cassie se encontraban en su apartamento mirando la televisión. En la habitación de al lado, estaba el pelinegro al que ellas consideraban su sobrino. Cassie se encontraba muy pensativa y Tessa quiso indagar.

—Cariño —le susurró.

—¿Qué ocurre? —preguntó distraída.

—¿Hay algo que quieras decirme? Has estado muy callada y te he notado pensativa desde hace días.

—Es que... —dudó un poco— no sé si tú también lo quieras.

—Sabes que podemos hablar de lo que sea, cielo. Ya llevamos juntas algunos meses y no sólo eso. Estamos casadas, no hay motivo para que te sientas aún nerviosa.

—Quiero tener un bebé —soltó de golpe— y me encantaría que hiciéramos esto juntas.

Tessa quedó shockeada. Guardó silencio y mantuvo el agarre que le tenía a Cassie, pero no emitió ninguna palabra. Notó que Cassie comenzaba a temblar en sus brazos y no quería que tuviera un ataque de ansiedad. Así que habló sin pensárselo mucho.

—De acuerdo mi amor. Hagámoslo.

—¿Hablas en serio?

—Sí amor. Si eso quieres... vamos a intentarlo.

Cassie sonrió en su pecho. Tessa le hizo mimos en la espalda y pensó que con eso ganaría algo de tiempo, ya que no estaba en sus planes incorporar a un nuevo miembro a su familia.

“Estoy segura que esto se te pasará como cuando querías aprender tailandés. Perdona mi amor, es sólo una mentira piadosa mientras veo que hago. No estoy lista para cambiar pañales ni preparar biberones. A la única bebé que quiero consentir es a ti”.

En la mansión de Raúl y Amelia

Amelia y Raúl habían hecho el amor varias veces. En vista de la carga de trabajo que había en el banco, habían descuidado un poco la parte íntima. Se encontraban cansados, ella con su cabeza recostada en el pecho de él y Raúl la envolvía en sus brazos protectoramente mientras le hacía mimos en la espalda.

—No entiendo porque insistes en usar preservativo Raúl, ya te dije que tomo la píldora.

—Es mejor estar seguros mi amor, sueles ser un poco olvidadiza a veces. Además quiero cuidarte.

—Sólo la olvidé una vez —dijo haciendo un puchero— Y no pasó nada. Lo de la infección seguramente la contraje por aguantar las ganas de orinar aquella tarde. No podía dejar tirados a los posibles inversionistas.

—De igual manera mi amor. Te prometo que sacaré un tiempo para hacernos un chequeo general.

—¿Es eso o es que no quieres tener más hijos conmigo?

Raúl se sorprendió ante la crudeza de sus palabras. Pero si Amelia le había soltado eso, era porque realmente lo sentía.

—No es eso nena. Es sólo que debemos cuidarnos. En este momento un hijo no es conveniente —dijo lo último en un tono más bajo.

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