
Esposo Sometido, Vida Nueva
Capítulo 2
Hoy era nuestro aniversario de bodas, el número diez.
Había preparado la cena favorita de Sofía, un filete término medio con espárragos a la parrilla y una botella de vino tinto caro, el que a ella le gustaba.
Las velas en la mesa ya se habían consumido a la mitad, la cera derretida formaba pequeñas albercas en los candelabros de plata.
Miré el reloj en la pared, marcaba las diez de la noche.
Sofía no había llegado.
Ni siquiera había llamado.
Sentí una punzada de preocupación, una sensación que ya me era demasiado familiar.
Saqué mi teléfono para llamarla, pero me detuve. No quería parecer un esposo desesperado y controlador. Ella odiaba eso.
Para matar el tiempo, abrí mis redes sociales.
Y entonces lo vi.
Marcos, el asistente de Sofía, había publicado una foto hacía apenas una hora.
Estaba de pie, sonriendo de oreja a oreja, junto a un Porsche rojo brillante. El moño gigante que adornaba el cofre del auto no dejaba lugar a dudas, era un regalo.
En la foto, a un lado de Marcos, estaba Sofía.
Se reía a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás, una mano apoyada de forma casual en el hombro de él.
Se veía feliz, radiante.
Mucho más feliz de lo que yo la había visto en años.
Mi mirada se clavó en su mano izquierda, la que estaba sobre el hombro de Marcos.
Estaba desnuda.
La marca pálida en su dedo anular, donde debería estar su anillo de bodas, era visible incluso en la foto de baja resolución.
El filete en mi plato de repente me pareció asqueroso.
El vino, amargo.
El aire en la lujosa casa que habíamos construido juntos se sentía pesado, sofocante.
Apagué las velas de un soplido y empecé a recoger los platos.
Ni siquiera había probado un bocado.
Justo en ese momento, mi teléfono sonó.
Era ella.
Contesté, con la voz más calmada que pude fingir.
"¿Dónde estás?" pregunté.
"Ay, Mateo, ¿otra vez con eso?" su voz sonaba fastidiada, como si yo fuera una molestia. "Estoy celebrando con Marcos, ¿qué no ves que consiguió un contrato importantísimo para la empresa?"
"Nuestro aniversario, Sofía."
Se escuchó un silencio al otro lado de la línea, seguido de una risa corta y despectiva.
"Por favor, Mateo, no seas tan dramático. Es solo una fecha. Lo de Marcos es un logro real, algo que tú no entenderías."
"Le regalaste un coche," dije, mi voz era un murmullo.
"¿Y? Me lo puedo permitir. Gano mi propio dinero, ¿o ya se te olvidó?"
"Ese coche cuesta más de lo que gastamos en nuestra luna de miel."
"¡Deja de ser tan tacaño, por Dios! Por eso no llegas a ningún lado, tienes una mentalidad de pobre. Marcos se lo merece, ha trabajado muy duro."
Me quedé en silencio, las palabras se me atoraban en la garganta.
"Bueno, ya te dejo. Estamos por ir a otro bar. No me esperes despierto."
Y colgó.
No me dio tiempo de decir nada más.
Me quedé mirando el teléfono, la pantalla negra reflejaba mi rostro pálido y confundido.
Tacaño.
Mentalidad de pobre.
Esas palabras resonaban en mi cabeza.
Yo, que había movido todos mis contactos, que había trabajado día y noche detrás de bambalinas para que su "exitosa" empresa despegara.
Yo, que había renunciado a mis propias ambiciones para que ella pudiera brillar.
De repente, una notificación iluminó mi pantalla.
Un mensaje de un número desconocido.
Abrí el mensaje.
Era un video corto, grabado desde el asiento del conductor de un Porsche. La cámara enfocaba el tablero iluminado mientras el motor rugía.
Luego, otro mensaje.
"Gracias por el regalo de tu esposa. Se siente increíble. 😉"
Era Marcos.
Sentí una oleada de furia que me subió desde los pies hasta la cabeza.
Era una burla. Una humillación directa, descarada.
Tiré el teléfono al sofá y caminé hacia el bar que teníamos en la sala.
Me serví un whisky. Doble. Sin hielo.
El líquido me quemó la garganta, pero el ardor era bienvenido. Me ayudaba a enfocarme.
Durante años había sido paciente, comprensivo, un facilitador silencioso de sus sueños.
Pero esa noche, algo dentro de mí se rompió.
El hombre sumiso y leal se estaba desvaneciendo, y en su lugar, nacía una ira fría y calculadora.
Mi teléfono volvió a sonar. Sofía, de nuevo.
Lo ignoré.
Sonó una y otra vez.
Finalmente, lo apagué por completo.
Me senté en el sofá en la oscuridad, bebiendo mi whisky, disfrutando del silencio.
Era una calma extraña, la calma que precede a la tormenta.
Sabía que las cosas no podían seguir así.
Por primera vez en diez años, empecé a pensar en mí.
Me quedé dormido en el sofá.
A la mañana siguiente, me despertó el sonido insistente del timbre.
Me levanté, con el cuello tieso y un mal sabor de boca.
Miré por el monitor de la entrada.
Era Sofía.
Se veía furiosa, con el maquillaje del día anterior corrido y el cabello revuelto.
Abrí la puerta.
"¿Se puede saber por qué apagaste el teléfono?" entró como una tromba, arrojando su bolso de diseñador sobre una silla.
No contesté. Fui a la cocina a prepararme un café.
"¡Te estoy hablando, Mateo! ¡Te estuve marcando toda la noche! ¿Sabes la vergüenza que pasé teniendo que pedirle a Marcos que me trajera a casa porque no tenía cómo entrar?"
"Pensé que estabas celebrando," dije con calma, midiendo el café en el filtro.
"¡Sí, estaba celebrando! Pero eso no significa que mis responsabilidades desaparezcan. El señor Ramírez de 'Construcciones del Norte' me acaba de cancelar una junta. Dijo que solo tratará contigo. Así que más te vale que le llames y arregles este desastre ahora mismo."
Me giré lentamente y la miré.
Su expresión era de una arrogancia total, como si me estuviera dando una orden que yo no tenía más opción que obedecer.
La misma expresión que había visto en ella durante años.
Pero esta vez, algo era diferente.
Yo era diferente.
Tomé mi taza de café, le di un sorbo largo y la miré directamente a los ojos.
"No."
La palabra salió de mi boca, clara y firme.
"No lo voy a hacer."
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