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Portada de la novela Esposa Virtuosa

Esposa Virtuosa

Anastasia White vuelve de Europa para rescatar a su padre, hundido en la ruina y el alcohol. Para recobrar su herencia y pagar los gastos médicos, accede a casarse por contrato con Jhon Anderson, un soberbio magnate dueño de sus antiguas propiedades. En medio de esta unión forzada por la necesidad, surge una pasión incontrolable. Un embarazo imprevisto y sentimientos profundos pondrán en jaque su libertad mientras el amor empieza a florecer.
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Capítulo 3

—Todo está previsto, pienso que es una locura, Uriana —dijo el abogado casi incrédulo de todo lo que había terminado de redactar. Siempre había sido cómplice de todas las fechorías que Uriana hacía, pero ahora le parecía una exageración.

—¿Cuándo podré tener una mujer de ese temple? Es como el botoncito que le faltaba a mi colección de propiedades. Ya le enseñaré a tener modales. Tráela de cualquier forma, si debes usar la fuerza, no te detengas. —dijo Jhon Anderson con aire de superioridad y una cara de picardía que solo en su mente podía estar imaginando la reacción que toda esta situación podía generar.

El abogado del señor Uriana subió a su auto, aplicó un poco de perfume que no podía faltarle y se vio en el espejo para asegurarse que su cabello estuviera impecable. Se puso unas gafas y encendió el motor del coche, era tan pretensioso como su jefe, había sido su mentor, con la diferencia de qué Maximiliano si era educado y cordial.

Cuando llegó a la mansión, estacionó el auto. Llamó en varias ocasiones, pero nadie atendió su llamado así que decidió adentrarse en la gran mansión.

Escuchó unos golpes dentro de la casa y se fue guiando por ellos. Llegó hasta la sala y allí se encontró con una escena divertida para él, estaba Anastasia de rodillas en el piso, levantando la cerámica con un cincel y un martillo, vestida con ropa de hombre en medio de una nube de polvo.

—¡Buenos días! —Saludó con amabilidad haciendo que Anastasia se sobresaltara.

—¿Usted quién es? ¿Por qué ingresa así a mi casa? ¿Qué quiere? —dijo mientras pasaba una de sus manos llena de polvo por su frente para limpiarse el sudor.

—Me disculpo. Llamé antes de entrar, pero nadie me atendió, así que decidí a entrar sin permiso. Soy el abogado Maximiliano García, vengo a traerle un recado de mi jefe. Desea invitarla ante su presencia para proponerle algunos negocios —dijo con total calma y serenidad. Nadie sospecharía de esas palabras tan correctas.

—Pero… no conozco a nadie por aquí. Hace tanto tiempo que me fui que ahora ningún rostro se me hace familiar. Creo que tendré que negarme a su petición, como ves, inicie a remodelar este lugar, es un completo desastre. —Anastasia no quería ser grosera, pero prefirió ser sincera.

—Señorita, perdone que insista, pero no puedo llegar sin usted. Mi jefe me despediría y a decir verdad yo dependo de eso. ¡Ayúdeme a conservar mi empleo! —Habló con tanta dulzura que Anastasia resopló por ceder a la petición de ese extraño.

Para fortuna de Maximiliano, Anastasia no le había prestado atención cuando ocurrió el altercado con Jhon Anderson Uriana en el aeropuerto, de lo contrario no hubiese aceptado bajo ninguna circunstancia.

—Está bien, iré con usted. Pero debe esperar a que me asee, no pretenderá que acuda en estas fachas. —Maximiliano sonrió y asintió. Malena le trajo un vaso de agua, le instó a ponerse cómodo y subió detrás de Anastasia para intentar advertirle, aunque no podía hablar de más porque el Señor White se lo prohibió.

—¿Esta segura que desea ir a ver a ese hombre? El señor que está afuera sentado es el abogado del tal Uriana. ¡No es un hombre muy correcto que digamos! —Para Anastasia las palabras de Malena se convirtieron en un reto.

—¿No es una buena persona? Pues con mayor razón quiero conocerlo. Para escupirle en su cara que no haré negocios con criminales, anoche estuve pensando y tal vez encuentre la forma de volver a darle personalidad a esta enorme casa. ¿Qué piensas de convertirla en un museo histórico? En Europa visité tantos que la idea me revoluciona la mente. —Anastasia no había dormido en toda la noche pensando en una idea para recuperar el prestigio de su familia. Aunque decía que no servía como decoradora, era a modestia parte porque durante su escolaridad fue una estudiante destacada.

—Tu padre te ha pedido que dejes todo como está y debe tener sus razones. Disfruta del aire fresco, de pasear, hacer amigos… un novio. —Anastasia no encontró nada de extraño en las palabras de su antigua nana, sabía que la apreciaba de corazón—. ¡Ten cuidado con ese hombre!

Fue lo único que le advirtió, al darse una última mirada en el espejo.

—¿Crees qué este a la altura de ese hombre? Es decir, no me malinterpretes, por supuesto que estoy a la altura, solo quiero saber si conseguiré impresionarlo. —Anastasia era bastante modesta, se había puesto un enterizo de color rojo, que se ataba al cuello con un pequeño lazo. Y los infaltables tacones para disimular su baja estatura.

—Sí, lo vas a impresionar, estás preciosa. Ahora apúrate que el joven ha de estar cansado de esperarte. —Al llegar al gran salón, aquel hombre hizo un ruido de sorpresa.

—No eres la misma que vi hace unos minutos. ¿Nos vamos? —Anastasia sonrió al ver la amabilidad con la que le ofrecía el brazo para llevarla hasta donde tenía el coche estacionado.

—¡Gracias! —susurró con timidez, ese hombre le parecía muy guapo y por eso se mostraba coqueta y complacida.

—Mi jefe es un poco tosco, pero es una buena persona; que no te confunda la primera impresión —advirtió el abogado con aire de presumido seductor.

—¡Gracias por la consejo! La voy a tener en cuenta.

Maximiliano sentía un poco de pesar, porque sabía que esa sonrisa que ella llevaba se le iba a borrar apenas estuviese en presencia de Jhon Anderson.

Se bajó asombrada por la belleza de la casa y no dejaba de mencionar el buen gusto que tenía el dueño de esa mansión.

Ingresaron a la sala y al fondo frente a un ventanal estaba un gran escritorio negro con bordes dorados, impresionante el estilo. Había una silla de oficina que estaba girada y dejaba ver qué allí había alguien sentado disfrutando de la vista de un pequeño lago y unos cuantos árboles de cerezo que empezaban a dar sus primeros brotes.

—¡Aquí está su pedido, jefe! —dijo Maximiliano como si Anastasia fuese un simple coroto.

—Gracias, ahora puedes retirarte hasta que requiera de nuevo tu presencia. —Anastasia estaba intrigada porque aquel hombre no había ofrecido aún su rostro, pero ella estaba un poco nerviosa así que, con las manos en la espalda y muy firme esperaría a que la silla se girará y dejara el misterio al descubierto.

—¡Bienvenida Señorita White, dije que te encontraría donde fueras! —Jhon Anderson giró la silla sosteniendo en su rostro una terrible sonrisa burlona.

—¿Usted? El mismo tipo detestable del aeropuerto. ¡Qué disgusto este tipo de sorpresas! —gruñó Anastasia y se giró para salir de su presencia.

—Es mejor que te sientes y escuches mi propuesta. —Anastasia detuvo sus pasos, pero no se volteó, seguía decidida a irse—. ¡Ahora! —ordenó Jhon Anderson con furia!

Estaba segura que si intentaba huir después de ese grito las cosas se podían descontrolar, así que obedeció y regresó para sentarse frente al escritorio.

Solo en ese momento se dio cuenta de que no había elegido el atuendo indicado. Una gran cantidad de piel quedaba a la vista de ese hombre, que dirigía miradas pervertidas a sus pechos.

—Eres más bonita de lo que pensé. Pero como no me gustan los rodeos te diré, tu padre tiene los días contados, se ha vuelto completamente adicto al alcohol y necesita intervención urgente. Por lo tanto, he creado un contrato y me comprometo a pagar su tratamiento con los mejores médicos del país, con la condición de que aceptes casarte conmigo.

Anastasia se quitó las manos de su pecho sin importar las miradas de ese extraño, porque no podía creer lo que acababa de proponerle.

—¡Qué idea tan irracional has tenido! Jamás me voy a casar con un tipo como usted. Además, recién voy llegando al país y estoy segura de poder sola con el tratamiento de papá. Para eso es un hombre multimillonario y con los ojos cerrados podré sacarlo adelante.

—Por lo visto no sabes lo que dices, tu padre está en la quiebra. Todas sus pertenencias ahora son mías. —Lanzó una carpeta encima de la mesa y le sugirió—. Revisa para que te des cuenta que hasta la ropa que vistes hoy ha sido pagada de mi beneficencia. Todo lo que tiene Emiliano White es una enfermedad que lo va a matar pronto.

Para Anastasia era imposible que eso fuese verdad, así que empezó a revisar los documentos que él le ofrecía. Cuando se cercioró de sus ojos solo salían borbotones de lágrimas y su pecho se contrajo de dolor.

—Esto debe ser una horrible broma. Dijiste que ibas a vengarte. Te ofrezco una disculpa por mi comportamiento. Pero, dime qué nada de esto es verdad. —Jhon Anderson disfrutaba riéndose con maldad de la pobre mujer indefensa que tenía al frente.

—No lo es, te casaras conmigo y todo quedará solucionado —dijo mientras cruzaba las piernas y reclinaba la silla hacia atrás para ponerse más cómodo.

—¡No me casaré con usted jamás! —chilló

—Entonces verás morir a tu viejo padre poco a poco. —Esas palabras quemaron lo más profundo del corazón de Anastasia.

—No podría sentir nada por usted, para un matrimonio se necesita amor, ninguno lo siente.

—El amor es una pérdida de tiempo, nos casaremos con un contrato matrimonial de por medio que te impone las condiciones que debes respetar desde el momento en que asumas ser mi esposa —dijo y le entregó una nueva carpeta con varias hojas impresas.

—No tomaré ninguna decisión sin consultarlo con mi padre. ¡Veo tus malas intenciones sobresalir! —Jhon Anderson se encogió de hombros y mencionó

—Como quieras, pero te voy a demostrar que te digo la verdad. Llévate el documento, léelo y en la noche cuando me presente con las pruebas firmarás el contrato y procederemos a formalizar nuestra boda. —Anastasia sentía ganas de arrancarle los ojos y la lengua a ese engreído, pero se contuvo porque vio que el abogado se acercaba…

—Maximiliano, llévala de regreso y enséñale todas mis propiedades a la señorita White, futura Señora de Uriana. —La forma de expresarse con tanta superioridad era insoportable.

Sin embargo, el abogado así lo hizo, le fue señalando cada propiedad y ella reconocía que eran las de su familia. Ella solo se dedicó a escuchar y no quiso hablar durante todo el camino, apenas llegaron a su vieja mansión, se bajó del auto y golpeó con fuerza la puerta al cerrarla.

Entró con el documento en su mano y paso directo a la habitación de Malena. Se tiró en la cama a llorar como lo hacía cuando hacía alguna rabieta cuando era niña. Allí se durmió y horas más tarde la empleada la despertó diciendo que la estaban buscando.

Era de nuevo ese hombre, pero ahora traía al viejo Emiliano White prácticamente inconsciente y apestando a alcohol.

—Dije que te traería pruebas y aquí las tienes. Desde que salió ayer, no había regresado… no sé si lo habías notado y no regresaría por unos días más de no ser porque lo he obligado a venir. —Esa realidad golpeaba con fuerza el orgullo de Anastasia.

—¡Para mí esto resulta increíble! ¿Papá? ¿Papá? —intentaba despertarlo, pero él no reaccionaba. Se arrodilló de dolor y dijo

—Firmaré lo que sea necesario con tal de ver bien a mi papá. —Sin perder el tiempo, el abogado se acercó y le pidió que se levantará y tomara asiento para que pudiera firmar bien.

Ella recordó que no había leído nada de lo que allí contenía ese escrito, pero en algún momento lo pensaba hacer, para enterarse de lo que ese hombre imponía.

—Muy bien, en segundos llegarán por el viejo White… Lo llevarán a una de las mejores clínicas de rehabilitación. Mientras organizo la boda, puedes quedarte aquí y descansar, estudia muy bien el documento que te he proporcionado porque no me gustan los errores o malos entendidos.

Anastasia sintió como el odio en su corazón empezaba a crecer y sabía que debería vengarse de esa humillación a la que la estaba sometiendo ese hombre.

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