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Portada de la novela Esposa Virtuosa

Esposa Virtuosa

Anastasia White vuelve de Europa para rescatar a su padre, hundido en la ruina y el alcohol. Para recobrar su herencia y pagar los gastos médicos, accede a casarse por contrato con Jhon Anderson, un soberbio magnate dueño de sus antiguas propiedades. En medio de esta unión forzada por la necesidad, surge una pasión incontrolable. Un embarazo imprevisto y sentimientos profundos pondrán en jaque su libertad mientras el amor empieza a florecer.
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Capítulo 1

Ansiosa esperaba a que el avión aterrizará y mientras tanto mantenía sus ojos cerrados. Sentía la ilusión con la que latía su corazón por regresar a su país después de seis largos años de ausencia.

Apenas puso uno de sus pies en las escalinatas para descender, el sol golpeó su rostro y un aire frío le recorrió las piernas.

Bajó a toda prisa, sabía que nadie le estaba esperando en el aeropuerto porque no había anunciado su regreso. Deseaba sorprender a su padre.

Se ubicó de primera a esperar su equipaje, apenas vio el color verde oliva acercándose, corrió y bajó la maleta de la banda transportadora. Quería salir de allí corriendo lo más pronto posible, pero un gran zapato se atravesó en su camino y entonces reacciono ante la figura de un gran hombre que la detuvo bruscamente:

—¡Ladrona! —dijo con voz masculina y repugnante. Anastasia se quedó perpleja y ese hombre estiro su mano para arrebatarle el equipaje.

Pero ella no se iba a dejar robar por ese tipo por más astuto que fuese. —¡Suelta mi equipaje o tendré que empezar a gritar! —amenazó con firmeza.

—Si quieres hacer un escándalo, ¡Hazlo! —le dijo y la sujetó del cuello. Era diez veces más alto que ella, su reacción fue soltar el equipaje y enterrar las uñas en sus brazos.

Anastasia empezó a gritar con desespero, porque alcanzó a ver a varios oficiales de la policía. Ellos se acercaron y le exigieron a aquel hombre que la soltara, él lo hizo, pero no dejaba de decir que le quería robar sus pertenencias. Sin meditarlo, ella le soltó una bofetada y él la observó con odio. —¡No es su equipaje! —advirtió el hombre con cara de furia.

—¡Si es mío! Usted es quien pretende robarse mis cosas. ¡Arréstelo, señor oficial! —dijo Anastasia señalándolo.

—¡Están obstruyendo el orden público! Acompáñenme por favor.

Pero aquel hombre se acercó y le comentó algo casi al oído. Luego el oficial se giró y le exigió a la chica abrir la maleta.

Ella pensó que solo así, ese hombre tosco dejaría de proferir injurias. Agarró la cremallera y la corrió por completo, se veía en su rostro una completa seguridad de que sus bikinis explotarían en la cara de aquel majadero. ¡Pero no!

—¡No es mi equipaje! —dijo ella avergonzada por completo. Entonces giró su cuerpo e intentó correr para zafarse de esa situación tan vergonzosa, pero aquel hombre con una agilidad impresionante la agarró del brazo y mencionó:

—Este condado no es muy grande, así que te buscaré y me vengaré personalmente por su ofensivo trato hacia mi persona. —Ella tiró con fuerza de su brazo para sacarlo de su agarre, pero solo estaba consiguiendo hacerse daño.

Entonces un hombre vestido de traje al que Anastasia no le tomó importancia se acercó, solo divisó que llevaba un portafolio en su mano, por ende, debería ser algún tipo de abogado. Con un aparente trato educado y amistoso le pidió a aquel hombre enfurecido que la soltara. Así lo hizo, pero no le quitaba la mirada fiera de su rostro, parecía que le quería hacer daño.

Ella desapareció del lugar y fue por su verdadero equipaje. Ahora estaba alterada y la emoción de estar de vuelta se le había desaparecido. —¡Cretino! Solo espero que la vida jamás lo vuelva a cruzar en mi camino. —No sabía lo que decía, o mejor dicho no tenía ni la menor idea de con quién se había cruzado, la bella e imponente Anastasia White.

Abrumada por la situación que había terminado de experimentar, tomó un taxi que la llevará a casa de su familia, en repetidas oportunidades le indicaba al conductor que acelerará porque llevaba prisa.

Una vez que llegó a su destino, Anastasia no podía dejar de observar lo descuidada que estaba la mansión de su padre, los árboles estaban sin podar, las orquídeas que tanto cuidaba su madre estaban llenas de maleza y enredaderas. La pintura de las paredes, que siempre había lucido impoluta, ahora estaba manchada y agrietada.

—De seguro que los empleados de mi padre ya no quieren trabajar, ¡qué aspecto tan abandonado tiene esta casa! —dijo quedándose paralizada intentando digerir la impresión de descuido que estaba percibiendo.

Entró sin que nadie se percatara, no había ni un perro en todos los alrededores. Una vez en la sala bajó la maleta con cuidado al ver la figura de su padre Emiliano White, plácidamente dormido en una vieja mecedora.

Sus ojos se le aguaron y sintió que se le partía el corazón, aunque a diario mantenían largas charlas, nunca lo había visto en fotografías actuales, siempre le enviaba viejas fotos con la excusa de que el teléfono no tomaba fotos bonitas.

Se veía pálido, ojeroso y desnutrido, tal parecía que estaba padeciendo de alguna enfermedad delicada. Recordó cuanto odiaba que le despertarán mientras dormía. Así que se dirigió hasta la cocina.

Apenas cruzó la puerta una de las empleadas de la casa llamada Malena, dejó caer una cacerola y se hizo añicos.

—¡Virgen Purísima! Es Anastasia. —Ella sonrió y le ofreció sus brazos abiertos de par en par para recibirla con un gran abrazo.

—Sí, soy yo. Me he decidido a regresar a mi casa. ¡Los echaba mucho de menos! —Ambas dieron saltitos de alegría.

Malena había sido la nana de Anastasia, por eso guardaba tanto cariño por ella.

—Ella es mi hermana Francia, no sé si la recuerdas, ahora trabaja conmigo en esta enorme mansión. —explicó la mujer mientras exigía a la otra empleada que se acercara para que saludara a la hija del patrón.

—¡Qué alegría encontrar con quién charlar a esta hora! Por favor díganme qué ha pasado en esta casa. Todo luce deteriorado y olvidado. ¿Qué me dicen de mi padre? Acabo de verlo y apenas pude reconocerlo. ¿Está enfermo? —Las empleadas algo nerviosas guardaban silencio, compartiéndose miradas de complicidad.

—Será mejor que tu padre te explique todo. Pero él no está enfermo. ¡No, que nosotros sepamos! —Ella sospechaba que algo le estaban ocultando, las miradas furtivas y cómplices que se dirigían evidenciaban un misterio, que ella misma se tomaría la molestia de indagar.

Con tan solo veintiún años era una mujer perspicaz, detallista y simpática. Era pequeña, con curvas pronunciadas, a la que Europa había moldeado a su antojo. Lucía glamorosa y con clase, para el viaje había elegido un vestido de algodón que se ajustaba a su figura y unos tacones que le hacían verse elegante.

Sus ojos claros, al igual que su dentadura, eran el atractivo que robaba la atención de su rostro. Su piel era tersa y sin alguna mancha, la enorme melena de color castaño claro descansaba en su espalda baja.

Aún no podía creer que esa mansión ya no era la misma de la que ella se había despedido con tanta melancolía unos años atrás. Era probable que todo se debiera a que su padre había querido conservar todo, como lo había dejado su difunta esposa.

Luego de muchas interrogantes para las que no encontraba respuesta, escucho a su padre Emiliano White bostezar con fatiga.

Se apresuró a presentarse ante él, pero la expresión del mismo, en vez de asombro, era de incomodidad

—¿Por qué te viniste? No deseaba que regresaras tan pronto. Mi deseo era que siguieras estudiando; para eso te enviaba constantemente el dinero que necesitabas. ¿Qué haces aquí? —Anastasia se sintió abrumada y quiso llorar, pero decidió lanzarse a los brazos de su amado padre.

—¡Te echaba de menos! Sabes… ya fue suficiente tiempo fuera de casa, odio mi carrera y no quiero continuar —respondió ella enterrando su rostro en el cuello de su padre como una niña mimada.

—¡Vale! No llores, me pondré contento de tenerte conmigo —dijo él y se separó de ella para desaparecerse por el pasillo. De inmediato pensó que ese no era el mismo hombre del que varios años atrás había llorado sujetándose de una pierna para que no la enviara lejos. ¡Algo grave estaba pasando!

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