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Portada de la novela Entre Celos y Psicosis: Ella

Entre Celos y Psicosis: Ella

Sofía Durán dejó su profesión de psicóloga por apoyar a su cuñada Isabella, pero solo halló agresividad a cambio. Durante una crisis psicótica, Isabella la culpó de traición y destrozó su oficina, filtrando archivos privados. Tras el caos y la intervención de Miguel, Sofía lidió con deseos de venganza antes de aceptar que la enfermedad causó el daño. Ahora, para recuperarse, debe distanciarse de su entorno familiar y empezar una vida nueva desde cero.
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Capítulo 2

Soy Sofía Durán, psicóloga. Dejé mi vida y mi exitoso consultorio en la Ciudad de México para volver a Guadalajara, a la casa de mi familia. Mi hermano Miguel me lo pidió. Su esposa, Isabella, acababa de tener un bebé y la depresión posparto la estaba consumiendo. Vine a ayudar, a cuidar de ella y de mi sobrino. Instalé un pequeño consultorio temporal en una de las habitaciones de la casa para seguir atendiendo a algunos pacientes en línea. Nunca imaginé que mi intento de ayudar se convertiría en una pesadilla.

La puerta de mi consultorio se abrió de un golpe seco, estrellándose contra la pared.

Isabella entró como una furia. Detrás de ella venían Patricia, su amiga inseparable, y dos de las empleadas de la casa, con rostros asustados pero obedientes.

"¡Aquí estás, maldita zorra!"

Su grito resonó en el pequeño espacio. Sus ojos, normalmente hermosos, estaban inyectados en sangre, desorbitados por una mezcla de odio y locura.

Me puse de pie de un salto, mi corazón latiendo desbocado en mi pecho.

"Isabella, ¿qué pasa? ¿Estás bien?"

Ella soltó una carcajada hueca, un sonido horrible que no parecía humano.

"¿Que si estoy bien? ¡Claro que no estoy bien! ¡Mientras yo me mato cuidando a tu sobrino, tú te revuelcas con mi esposo!"

Patricia, a su lado, sonreía con malicia, disfrutando del espectáculo. Las empleadas bajaron la mirada, sin atreverse a mirarme.

"¡No sé de qué estás hablando! Miguel es mi hermano."

Mi voz tembló, no por miedo, sino por la incredulidad. La acusación era tan absurda, tan retorcida, que mi mente se negaba a procesarla.

"¡No te hagas la santa!" siseó Isabella, acercándose a mi escritorio. "¡He visto cómo lo miras! ¡He visto cómo te busca a ti en lugar de a mí! ¡Cree que no me doy cuenta de sus llamadas secretas, de sus visitas a tu cuarto!"

"Son llamadas de trabajo, Isabella. Y Miguel viene a ver cómo estoy, a preguntarme por ti. Está preocupado."

"¡Mentira!"

Su mano voló y me abofeteó. El golpe fue tan fuerte que me hizo girar la cabeza. El ardor en mi mejilla fue inmediato, agudo, pero el dolor de la humillación fue peor.

Me llevé una mano a la cara, mirándola con los ojos muy abiertos.

"Crees que eres mejor que yo, ¿verdad? La psicóloga exitosa, la que todo lo sabe."

Se burló, su voz goteando veneno.

"La que vino a 'ayudar' , pero en realidad solo vino a destruir mi familia."

Patricia añadió leña al fuego.

"Te lo dije, Isa. Estas solteronas resentidas son las peores. No pueden ver a una mujer feliz."

Traté de razonar, de usar mi entrenamiento para calmar la situación, para llegar a la mujer enferma que se escondía detrás de esa máscara de odio.

"Isabella, esto no eres tú. Es la enfermedad la que habla. Necesitas ayuda profesional, déjame…"

"¡Cállate!" gritó, interrumpiéndome. "¡La única loca aquí eres tú! ¡Y me voy a encargar de que todo el mundo lo sepa!"

Se giró hacia las empleadas.

"¿Qué esperan? ¡Destruyan todo!"

Las dos mujeres dudaron un segundo, sus ojos encontrándose con los míos en una súplica silenciosa. Pero la mirada asesina de Isabella fue suficiente para hacerlas moverse.

Empezaron a tirar mis libros de los estantes. Los volúmenes que me habían acompañado durante años, llenos de notas y subrayados, cayeron al suelo con golpes sordos.

Isabella, no satisfecha, barrió mi escritorio con el brazo. Mi laptop, mis plumas, mis notas, todo voló por los aires. La pantalla de mi computadora se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos.

"¡No! ¡Por favor, no!"

El ruego se me escapó de los labios. No era por los objetos, era por lo que representaban. Mi trabajo, mi refugio, mi identidad.

Isabella sonrió, una sonrisa torcida y cruel.

"¿Te duele? Bien. Quiero que te duela."

Me agarró del pelo con una fuerza brutal, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta que mi cuello crujió. El dolor agudo me cegó por un instante.

"Vas a aprender a no meterte con Isabella Gómez."

Me arrojó al suelo como a un muñeco de trapo. Caí de rodillas, el impacto sacándome el aire.

Desde el suelo, vi cómo continuaban la destrucción. El caos era total. Papeles volando, muebles volcados, el sonido de cristales rotos. Y en medio de todo, la risa triunfante y desquiciada de mi cuñada.

Estaba atrapada en la casa de mi propia familia, siendo atacada por la mujer a la que había venido a salvar, y no había nadie que pudiera ayudarme.

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