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Portada de la novela Entre Celos y Psicosis: Ella

Entre Celos y Psicosis: Ella

Sofía Durán dejó su profesión de psicóloga por apoyar a su cuñada Isabella, pero solo halló agresividad a cambio. Durante una crisis psicótica, Isabella la culpó de traición y destrozó su oficina, filtrando archivos privados. Tras el caos y la intervención de Miguel, Sofía lidió con deseos de venganza antes de aceptar que la enfermedad causó el daño. Ahora, para recuperarse, debe distanciarse de su entorno familiar y empezar una vida nueva desde cero.
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Capítulo 3

Tirada en el suelo, con el pelo pegado a la cara por el sudor y las lágrimas, reuní las pocas fuerzas que me quedaban.

"Isabella, detente" , jadeé, el sabor metálico de la sangre llenando mi boca. "Miguel va a saber de esto. Se van a arrepentir. Todos ustedes."

Mi amenaza sonó patética, débil.

Isabella soltó una risa burlona y se agachó frente a mí, su rostro a centímetros del mío. Su aliento olía a café y a rabia.

"¿Miguel? ¿Crees que te va a creer a ti?"

Su voz era un susurro venenoso.

"Yo soy su esposa. La madre de su hijo. Tú solo eres la hermanita solterona que vino a meter su nariz donde no la llaman. Cuando él llegue, le diré que te volviste loca, que me atacaste. ¿A quién crees que le creerá, Sofía?"

Miró a Patricia y a las empleadas.

"Ellas son mis testigos."

Patricia asintió con entusiasmo.

"Claro que sí, Isa. Vimos todo. Cómo se te echó encima como una fiera."

Las empleadas, aterradas, solo pudieron asentir en silencio, convirtiéndose en cómplices de su locura. La desesperación se apoderó de mí. Tenía razón. Estaba sola.

Isabella se puso de pie, disfrutando de su victoria. Se paseó por la habitación en ruinas, como una reina inspeccionando su conquista.

"No es suficiente" , dijo de repente. "Quiero que no quede nada. ¡Nada!"

Sus ojos se posaron en el archivador de metal que estaba en una esquina. Mi archivador. Donde guardaba los expedientes de mis pacientes. El corazón se me detuvo.

"¡Rompan eso!" ordenó.

Una de las empleadas, la más joven, se acercó al archivador y lo intentó abrir. Estaba cerrado con llave.

"Señora, no se puede."

"¡Pues rómpanlo! ¡Usen algo!"

Corrí hacia el archivador, mi cuerpo moviéndose por puro instinto de protección. No por mí, sino por ellos. Por mis pacientes. Por sus secretos, sus miedos, sus vidas enteras confiadas a mí.

"¡No, eso no! ¡Por favor, Isabella, todo menos eso!"

Grité, mi voz rota por el pánico.

"¡Son expedientes confidenciales! ¡Es ilegal! ¡Destruirás la vida de muchas personas!"

Mi súplica solo avivó su crueldad. Una chispa de entendimiento perverso brilló en sus ojos. Había encontrado mi punto más débil.

"Ah, así que esto es lo que te importa, ¿eh?"

Se acercó a mí y me empujó con fuerza, haciéndome caer de nuevo.

"¡Entonces es lo primero que se va a ir a la basura!"

Le hizo una seña a Patricia. "Pásame esa lámpara de pie."

Patricia, con una sonrisa sádica, le entregó la pesada lámpara de metal. Isabella la levantó sobre su cabeza, sus músculos tensos por el esfuerzo.

"¡No! ¡Isabella!"

El sonido del metal chocando contra el metal fue ensordecedor. Una, dos, tres veces. Golpeó la cerradura con una furia primitiva hasta que esta cedió.

La puerta del archivador se abrió con un chirrido.

Isabella metió la mano y sacó un fajo de carpetas. Las sostuvo en el aire por un momento, saboreando su poder.

"Veamos qué secretos guarda la famosa doctora Durán."

Abrió una de las carpetas al azar y empezó a leer en voz alta, falseando la voz, burlándose.

" 'Paciente refiere sentimientos de inadecuación, miedo al abandono...' ¡Qué aburrido!"

Arrojó la carpeta al suelo. Luego otra, y otra.

" 'Trastorno de ansiedad generalizada...' 'Episodios depresivos recurrentes...' "

Cada palabra era una puñalada. Eran las almas de mis pacientes, desnudadas, profanadas, lanzadas al suelo como basura.

Agarró un puñado enorme de expedientes y los lanzó por el aire. Los papeles volaron por toda la habitación, aterrizando sobre los libros rotos, los muebles destrozados, el suelo sucio. Era un torbellino de confidencias rotas, de confianza traicionada.

Me quedé ahí, de rodillas, en medio del desastre, viendo cómo mi carrera, mi ética y mi vida entera eran destruidas frente a mis ojos. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero ya no hacía ningún sonido. La desesperación era un nudo tan apretado en mi garganta que no podía ni respirar.

Isabella me miró, triunfante.

"Ahora sí" , dijo con una calma aterradora. "Ahora estamos empezando."

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