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Portada de la novela Enamórate en 7 días

Enamórate en 7 días

Sofía Miller, una joven de dieciocho años, es víctima de una traición devastadora por parte de Alex, su mejor amigo. Ante la desesperación por costear el tratamiento médico de su madre, él decide entregarla a un temible mafioso italiano a cambio de una recompensa. Prisionera en una lujosa mansión, Sofía intenta escapar sin éxito debido a la estricta vigilancia. En medio del cautiverio, ella deberá luchar contra la peligrosa atracción que Ricardo ejerce sobre ella.
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Capítulo 2

Alex 

Salí de mi casa, era domingo por la tarde, quería ir a preguntarle a mi madre en donde estaba el jabón para lavar los platos. Me llamo la atención escuchar su voz en el jardín, estaba hablando por teléfono, casi nunca hacia eso, siempre hablaba en la cocina o en la sala. Con mucho cuidado de no hacer ruido, me acerque para escuchar mejor lo que decía.  

—“Ana, sabes bien que, si le digo a Alex que tengo un tumor se volverá loco, no va a descansar hasta conseguir dinero para los exámenes y los tratamientos.” —Dijo mi madre, estaba hablando con mi hermana mayor.  

—¿Cuándo tenías pensado decírmelo? —Le pregunte y se giró de golpe, por su cara, cualquiera diría que había visto a un fantasma. 

—Hijo, no sabía cómo lo ibas a tomar, no te vayas a molestar conmigo, por favor te lo pido. —Me dijo y yo empecé a caminar hacia adentro de la casa, quería encerrarme en mi cuarto.  

—El doctor me dio tres meses. —Dijo y me quede paralizado, una lágrima corrió por mi mejilla.  

—¿Entonces yo me iba a enterar el día de tu muerte? —Le grite indignado.  

—Eres igual a tu padre, siempre con esos arranques de rabia, queriendo solucionar todo a las malas y tratando mal a las personas, como si con esa actitud fueras a ganar algo. —Me dijo, en su mirada había rabia. 

—¿Es por eso que quieres más a Ana que a mí no?  

—Ella no te recuerda a mi papá. —Le dije y ella se quedó callada, el silencio para mí siempre ha significado un “si”  

Se quedo ahí, parada en medio del jardín y salí de la casa, necesitaba pensar mientras caminaba por las calles solitarias de mi urbanización. Un doctor le había diagnosticado a mi madre un tumor, le dio tres meses de vida y yo, que soy su hijo no estaba al tanto, porque según ella, tengo ataques de rabia. Sabía que tenía que conseguir dinero, quizás así podrían hacerle algún tratamiento a mi madre y no tendría que morir en tres meses.  

—Súbete. —Dijo la voz de un hombre que me hizo dejar de pensar en mi madre. 

—¿Qué? —Le dije todavía en mi trance.  

—Que te subas a la camioneta chaval. —Me grito y me toco subirme, en la mano, el hombre tenía un arma y no quería que la usara conmigo.  

—Si me quieren secuestrar para pedirle dinero a mi familia, es mejor que no pierdan el tiempo, soy pobre. —Dije luego de subirme al carro. 

—No seas ingenuo, la gente solo secuestra a alguien si lo investigaron previamente y si saben que tienen dinero, no secuestran gente al azar. —Me dijo el que estaba manejando. 

—¿Entonces que quieren de mí? —Les pregunte confundido.  

—Ya te vas a enterar, ten paciencia chaval—Me dijo el copiloto.  

Me quede en silencio durante todo el camino, seria incomodo ir hablando con esos tipos que tenían cara de matones. Después de casi media hora de trayecto, llegamos a una casa enorme, con un portón que parecía uno de esos que había en las prisiones. Cuando se abrió, pude ver a tres hombres uniformados y con escopetas, en ese momento entendí que esto era más serio de lo que creía. Tragué grueso y sequé mis manos sudadas con mi pantalón.  

—Bájate muchacho. —Me dijo un hombre que abrió la puerta de la camioneta. Le hice caso, de hecho, no tenía otra opción. 

Me llevaron hasta adentro de la enorme casa, todo estaba en silencio, al parecer no vivían muchas personas ahí. Me quedé sentado en un sillón de la enorme casa y luego de unos minutos, se escuchaban unos pasos, alguien estaba bajando las escaleras.  

—Iré al grano porque tengo muchas cosas que hacer, espero que me prestes atención y que no te queden dudas. —Dijo un hombre que parecía italiano, para nada tenía el acento de España. Lo analicé más de la cuenta, era muy atractivo y no pasaba de unos veintiocho años. 

—Entiendo. —Le respondí seco. 

—Sé que necesitas dinero, de hecho, tu mamá podría morir si no se empieza el tratamiento a tiempo. También estoy enterado de que ni tú, ni tú familia tienen el dinero que se necesita para ello. Por esa razón te tengo una oferta. —Me dijo el italiano y yo tragué grueso antes de responderle. 

—¿Qué oferta? —Pregunté, realmente no me importaba lo que tuviera que hacer para conseguir el dinero que necesitaba para mi madre. 

—Así me gusta muchacho, al grano. Tú mejor amiga, hace unos días salí a pasear un rato por la ciudad y la vi, fue amor a primera vista. Lo que quiero decir es que, quiero que hagas que ella salga de su casa está misma noche. No puedo mandar a mis hombres a que vayan y entren a ese edificio y la saquen de ahí, sería muy arriesgado. —Me dijo mientras caminaba por toda la sala, parecía pensativo. 

—¿Lo qué usted quiere es que yo le dé a mi mejor amiga a cambio de dinero? Usted la usará y luego mandará a sus hombres a que la dejen tirada por un callejón. —Le grité indignado. 

—No seas tonto muchacho. ¿De verdad crees que solo quiero tener relaciones sexuales con esa chica? —Dijo como si esa fuera la idea más loca del mundo. 

—¿Entonces que quiere de ella? —Pregunté confundido. 

—Conocerla. —Respondió. 

—¿Cuánto dinero me dará por hacer que ella salga de su edificio? —Le pregunté. 

—Un millón de euros. —Dijo después de unos segundos. 

—¿Me cree estúpido? —Por mi mejor amiga me dará un millón, de verdad usted cree que soy un chaval estúpido que no sabe nada de la vida. —Grité indignado mientras me paraba del sillón en el que estaba sentado.  

—¡Manuel! —Gritó sin responder a lo que yo le acababa de decir.  

—Dígame señor. —Dijo un hombre gordo y con barba que también estaba uniformado.  

—Trae la maleta con el dinero. —Le dijo a Manuel y yo por quinta vez, tragué grueso. 

Manuel no tardó más de cinco minutos en volver a la sala, dejó una maleta negra sobre una mesa que había en la sala y se fue por un pasillo largo. El italiano señaló la maleta con su cabeza, era señal para que yo la abriera y eso hice. En realidad, si había montones de fajas de euros, jamás en mi vida había visto tanto dinero junto. 

—Debe prometerme que no le hará daño a Sofía, ella es una buena persona. —Le dije. 

—Puedes confiar en mí, ahora toma la maleta y ve afuera, mis hombres te llevarán hasta tu casa. —Me dijo mientras se daba la vuelta para caminar hasta un pasillo y subir las escaleras.  

Con las manos sudadas y frías por los nervios, agarré mi maleta llena de euros y salí de aquella casa. En el estacionamiento estaban los mismos hombres que me habían traído, uno de ellos me ayudó con la maleta y luego yo me subí. Ya estaba oscureciendo y de seguro mi madre estaría preocupada por mí, al cabo de cuarenta minutos, llegamos a mi casa.  

Sabía que para que mi madre no viera la maleta, tenía que entrar por la puerta de atrás. Me puse manos a la obra, pasé por una ventana y la vi en la sala hablando por teléfono, de seguro estaba llamando a mis amigos para saber si me habían visto.  

Me quité los zapatos para que no hicieran ruido cuando fuera a subir las escaleras. En puntillas, comencé a subir los escalones hasta llegar a mi habitación. Cerré la puerta con seguro y me acosté en mi cama, necesitaba dormir un poco y dejar de pensar.

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