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En los brazos de Marcello

Eileen queda a merced de una red criminal tras ser testigo de la muerte de su jefe. Al poseer información confidencial, es entregada a Marcello Bianchi, el implacable líder conocido como La Sombra. Aunque él pretende utilizarla para sus propios intereses, una fijación profunda le impide dejarla ir. En medio de un entorno marcado por la traición y el peligro, ella se debate entre recuperar su libertad o sucumbir al deseo por el hombre que la mantiene cautiva.
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Capítulo 2

Narra Eileen

La mañana de hoy será recordada por siempre en mi memoria. De hecho, todo el día lo será. Presencié el asesinato de mi jefe justo frente a mis ojos. Compartimos muchos años trabajando juntos en el ámbito político, y mi estómago se revuelve mientras mi corazón se llena de dolor y aflicción. No puedo dejar de pensar en todas las implicaciones que esto conlleva. Imagino la escena del crimen, a su esposa, a sus hijos y a todo el partido. Pero no puedo evitar preguntarme: ¿estarán pensando en mí? ¿Habrán notado mi ausencia? ¿Me están buscando? Necesito salir de aquí.

La puerta de la habitación en la que me mantenían cautiva se abrió una vez más. Una vez más, era él. Deduje que era el líder de la banda por su actitud y presencia imponente. Su sola presencia me aterroriza, y siento un gran temor cada vez que posa sus ojos en mí.

Siempre pensé que mi carrera era prometedora, pero nunca consideré los riesgos que implicaba hasta hoy. La política es un terreno sucio, y soy consciente de ello, pero nunca imaginé que mi vida pendería de un hilo como en esta situación.

Su corpulento cuerpo se acercó hacia mí. Esta vez llevaba una bolsa en sus manos, la cual depositó en el sofá frente a mí. La habitación en la que me encontraba parecía ser una sala de estar, ya que estaba decorada con grandes sofás y cortinas de seda cubriendo las ventanas. Estantes y libreros ocupaban el espacio, junto con otros muebles. Mientras tanto, yo estaba al lado de una puerta, sentada en una silla atada, incapaz de moverme.

—Te voy a soltar. Te he traído ropa para que puedas vestirte de manera más adecuada. Pero ten en cuenta que si intentas golpearme, escapar o hacerme algún daño, estarás perdida. ¿Lo entiendes?— me amenazó con un tono frio. No había compasión, humanidad ni simpatía en su rostro.

No hice más que asentir. No quería morir.

Se puso frente a mí y comenzó a desatar las ataduras de mis pies, y luego finalmente liberó mis manos. De inmediato, froté mis dedos en mis muñecas, aliviando el dolor y las marcas que las cuerdas habían dejado en mi piel. Suspiré con fuerza, sintiéndome mejor.

Podía sentir cómo sus ojos estaban clavados en mí. Levanté la mirada y volví a encontrarme con sus ojos, como lo habíamos hecho antes. Tenía un rostro que, a pesar de su barba espesa, se veía limpio. Su cabello negro y liso estaba peinado hacia atrás, y sus ojos pequeños eran de un intenso color azul cielo. Sus labios delgados estaban resecos.

—Ponte de pie— me ordenó. Intenté obedecer, pero todo giraba a mi alrededor y estuve a punto de caer al suelo. La droga que me obligaron a inhalar todavía estaba en mi cuerpo.

Sus manos me sostuvieron para evitar que me cayera. Me sujetó mientras mi cabeza seguía girando. Maldije en mi interior una y otra vez.

—Tranquila, respira. Es porque llevas mucho tiempo sentada que el efecto todavía no ha pasado— me dijo con serenidad.

—Son unos completos idiotas— mencioné, sintiendo un gran dolor en mi pecho.

—¿Estás bien?— tuvo el descaro de preguntar.

—Como si le importara— negué con la cabeza.

—Cuida tus palabras, es un consejo— me atreví a mirarlo.

La cercanía que manteníamos me hizo darme cuenta de que, por un momento, mi miedo había desaparecido. Sin embargo, al sentir que mi cabeza se estabilizaba y al darme cuenta de que estaba rozando con él, mi sistema nervioso volvió a descontrolarse. Me olvidé por unos segundos con quién estaba tratando. La rabia me hacía actuar de esa manera.

Su imponente figura se alzaba frente a la mía. Mi cabeza quedaba por debajo de su barbilla, y él tenía que inclinar ligeramente la cabeza para mirarme mientras yo la levantaba.

—Te vas a duchar y te vas a vestir. Traerán comida para que puedas recuperar fuerzas. El baño está detrás de esa puerta. Esperaré aquí. Tómate tu tiempo— me informó. No sabía qué tipo de delincuentes eran, pero me sorprendía que todavía estuviera viva a pesar de su dureza.

—No quiero jugar. Solo dime qué quieres saber y déjame ir. Te suplico que me dejes en libertad— comencé a sentir un nudo en la garganta. Hace rato que quería llorar. Estaba aterrorizada.

—Ya hemos hablado, ¿por qué quieres tocar el tema nuevamente?— insistió sin soltarme.

Enloquecí. El mismo pánico que me había hecho perder la calma me impulsó a empujarlo con todas mis fuerzas. Intenté golpearlo, pero solo estaba perdiendo energía. Mis puños no le hacían ni cosquillas.

—¡Ya basta!— con una sola mano, sostuvo mis muñecas y con la otra me empujó contra la pared. Su aliento sopló sobre mi cabello y sus ojos parecían querer arrebatarme la vida en ese instante.

—Te dije que no intentaras agredirme. Primero, porque me vas a enfadar, y segundo, porque solo perderás tu tiempo y tus fuerzas— habló entre dientes.

—Ya no estás aquí para elegir ni decidir. Ahora estás por debajo de mí, y las cosas se harán cuando yo quiera y como yo quiera. De lo contrario, tu familia pagará las consecuencias de tus acciones— amenazó.

—Con mi familia no te metas. ¡Te lo prohíbo!— respondí con firmeza.

—Pues compórtate bien, porque como verás, no tengo escrúpulos— apretó mi cuerpo aún más contra la pared. Sentí cómo su agarre maltrataba mis muñecas.

—Esto no es justo— susurré. No quería llorar.

—La vida no es justa, ni yo tampoco— respondió con frialdad.

—Así que ve a ducharte o lo haré yo mismo— Me soltó finalmente y se dio la vuelta, tomando la bolsa de manera brusca y entregándomela.

—Tienes diez minutos— advirtió con voz amenazante.

—No que me tomara mi tiempo?— pregunté sin querer.

—Es lo qué pasa cuando te portas mal— me atacó con su mirada.

No hice más que meterme al baño colocándole seguro a la puerta.

Por la ventana miré lo oscuro que ya estaba. Las lagrimas comenzaron a correr por mi rostro. Estaba destrozada, el miedo me hacía temblar hasta las piernas.

—No te servirá de nada el pestillo que has puesto en la puerta. Si no sales, entraré por ti—

No pude evitar sentirme muerta en vida junto a ese hombre. Estaba completamente a su merced.

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