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Portada de la novela En los brazos de Marcello

En los brazos de Marcello

Eileen queda a merced de una red criminal tras ser testigo de la muerte de su jefe. Al poseer información confidencial, es entregada a Marcello Bianchi, el implacable líder conocido como La Sombra. Aunque él pretende utilizarla para sus propios intereses, una fijación profunda le impide dejarla ir. En medio de un entorno marcado por la traición y el peligro, ella se debate entre recuperar su libertad o sucumbir al deseo por el hombre que la mantiene cautiva.
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Capítulo 3

Narra Marcello

Me preocupaba profundamente que esto pudiera salirse de mis manos. No sé por qué permití que mis hombres la trajeran aquí. Ya no me interesa nada del regidor después de su muerte. Es cierto que quiero acercarme a los suyos, ya que son grandes enemigos que se entrometen en mis asuntos y arruinan muchos de mis planes, lo que me hace perder grandes cantidades de dinero. Pero no entiendo qué me sucede cuando la veo. Es como si se me olvidara para qué la quiero.

Ella abrió la puerta del baño y salió con el pelo mojado, finalmente vestida con ropa que la protegía del frío. Llevaba una bonita sudadera y unos jeans que le quedaban a la perfección. Pensé que le quedarían grandes, pero mostraba muy buenos atributos.

Su rostro estaba enrojecido como un tomate. Había llorado en la ducha, eso era evidente.

—Tienes que comer — le señalé la bolsa de comida. Había pedido una hamburguesa, papas y una soda.

—No tengo hambre — respondió bruscamente.

Me humedecí los labios y suspiré para no perder la paciencia.

—A ver, ¿quieres morir? — le pregunté.

Su semblante se puso aún más pálido cuando mencioné la palabra muerte.

—¿Me vas a matar por no querer comer? — enfatizó.

—Si no le echas nada a tu estómago, la droga que inhalaste va a matarte — le mentí. Solo quería que comiera.

—¿Y qué me asegura que esa comida no está envenenada? —

Me reí burlonamente.

—Por favor, si quisiera que estuvieras muerta, te dispararía y ya está, preciosa —

Me miró atónita. Se quedó quieta unos segundos y luego procedió a tomar el pedido.

—Toma asiento donde gustes y buen provecho — decidí dejarla comer tranquila y me ocupé de revisar mi celular. Me paré en la esquina junto al ventanal para leer las noticias.

Como era de esperarse, todos los medios hablaban de la muerte del regidor. Aún nadie notaba la desaparición de su secretaria, lo cual me tranquilizaba un poco. Esa era la única cosa que podría alarmarme. No me preocupaba nada más. No había manera de que supieran quiénes fueron los responsables y, si lo saben, nunca podrán llegar hasta mí.

La gente no sabe que la política es baja, sucia y mala. Hacen de todo por dinero y poder, lo que los lleva a recurrir a la corrupción y a hacer por lo que nos juzgan a nosotros, los malos: el narcotráfico, la droga, la prostitución y los asesinatos.

El regidor no era quien decía ser.

En ese momento, me llegó un documento de Augusto a mi celular. Me había enviado toda la información que le pedí sobre la política secuestrada.

Eileen... bonito nombre.

Leí detenidamente los detalles, como su dirección residencial, la matrícula de su vehículo, fecha de nacimiento, universidad donde estudió, información parental y tipo de sangre. Me enfoqué en lo más importante para mí.

Luego volví mi mirada hacia ella. Comía muy despacio y sin ganas.

Si hubiera sido yo quien mató al regidor, jamás la habría traído aquí. Esa mujer es una tentación. No puedo concentrarme en absoluto en este caso. No logro ser ni la mitad de quien soy cuando estoy con ella, y ni siquiera la conozco. Algo me impide maltratarla y gritarle.

—¿Cuándo voy a darte la información que necesitas sobre el regidor? — me preguntó al sentir que la miraba.

Suspiré.

—Tal vez mañana. Ha sido un largo día, estoy cansado. ¿Y tú? — ella ni siquiera sabía que estaba en otra ciudad. Ya quiero ver su reacción cuando se entere.

—Cansada es poco para cómo me siento. ¿Pero dime cómo duermes tranquilo? Más bien, ¿Cómo lo haces siendo un asesino? — se giró para mirarme.

Ella, desde el sofá, y yo aún recostado junto al ventanal, volvimos a conectar nuestras miradas.Si ella sigue retándome y hablando así, no se va a deshacer de mí nunca.

—No te dije hace rato que cuidaras tus palabras, como consejo — me crucé de brazos.

—Trata de dormir o descansar la vista, porque mañana será otro largo día. Aquí nadie va a molestarte, excepto yo, claro — sonreí maliciosamente.

—¿Dónde estoy? ¿Esta es tu casa? ¿Es donde traes a todos tus rehenes? No me siento segura aquí, no voy a dormir —

Negué con la cabeza.

—Esta no es mi casa ni es donde traigo a mis rehenes. Estamos en uno de mis lugares seguros. Necesitamos descansar para continuar mañana. Pero si quieres, puedes venir conmigo a mi hogar, te gustará — le dije solo para ver su reacción.

—Yo solo quiero que me dejes ir. Tengo una vida y merezco vivirla. No debo pagar por nada que te haya hecho al regidor — me atacó con la mirada.

—¿Y qué crees? ¿Qué yo quería que presenciaras el momento de su muerte? En el plan nunca estuviste incluida. Pero para que veas cómo son las cosas, el destino quiso que nos conociéramos. Yo quiero que vivas, porque de lo contrario no estaría contigo aquí — comencé a caminar hacia ella y me senté justo a su lado.

—No tienes idea de con quién estás hablando — la miré a los ojos.

Cuando era niño, mi mamá siempre me decía que tenía la mirada más hermosa, pero creo que si viera la mirada de Eileen cambiaría de opinión.

—Pues ciertamente no, no sé tu nombre — me respondió.

Me atreví a apartar un mechón rizado de su rostro que me impedía mirarla como quería.

—Si te lo digo, estaría comprometiéndote a revelar mi identidad. Y una vez que sepas quién soy, no podrás deshacerte de mí. Sé que estás esperando ansiosamente el día de mañana para que te cuente todo y te deje ir — le dije mientras ella bajaba la mirada tras escuchar mis palabras.

En ese momento, tocaron con cierta fuerza en la puerta.

—Descansa — le dije antes de ponerme de pie y salir de la habitación.

En el pasillo, me encontré con Milena y Augusto.

—¿No piensas irte a la cabaña a dormir? — me preguntó Milena mientras bajábamos la escalera.

—¿Por qué la estás interrogando tanto? Mañana es otro día — le preguntó Augusto refiriéndose a Eileen.

—Tengo que asegurarme de que no cometa ninguna locura, que no intente escapar o suicidarse — les mentí.

—Es imposible que escape, la casa está llena de tus guardias, hombre. Permíteles divertirse un poco con ella, al fin y al cabo, esa rubia al final se la lanzaremos a los perros. Tus hombres han hecho un buen trabajo hoy, permite que jueguen con ella esta noche, al menos — Augusto y Milena rieron.

—No quiero que nadie la toque — les dije con firmeza, deteniéndome en medio de todos. Y volví a alzar la voz con más fuerza. —No quiero que NADIE la toque—

—¿Por qué? — preguntó Milena con un tono amenazante.

—Porque yo lo digo, y punto — les respondí desafiante.

—Hombre, ¿qué te pasa? — me miró Augusto sin entender.

—Váyanse a la cabaña, yo iré más tarde — les ordené.

—Pero... — Milena iba a protestar.

—A la cabaña — señalé la puerta con el dedo, deseando que se marcharan lo antes posible.

Los escuché bufar.

—Solo quiero que se queden aquí los dos guardias de la entrada y de la parte trasera. Los demás pueden descansar. Nos vemos mañana — no quería que hubiera nadie más aquí.

Me dirigí a la pequeña cocina, tomé agua y me preparé un fuerte trago.

¿Qué diablos me pasa?

—Sombra... ¿Qué viste en ella que no has visto en ninguna otra? — me cuestioné a mí mismo, tirando de mis cabellos, deseando golpear mi cabeza contra la pared para tratar de comprender qué me estaba sucediendo.

Es hermosa, pero he estado con otras mujeres divinas y no reaccioné así. Ella es mi rehén, un punto clave para acercarme a aquellos que sabotean mis negocios. No debería importarme lo que le suceda.

Subí las escaleras nuevamente y me sentí como un niño frente a su puerta, me di cuenta de que estaba actuando como si no quisiera dejarla sola.

—¿Aún no te has dormido? — le pregunté después de girar el manubrio.

—Te dije que no me siento segura — se abrazó las piernas.

Cerré la puerta tras de mí y me senté nuevamente a su lado.

—¿Sabes? No hay nadie en este mundo que te pueda cuidar más que yo — volvimos a encontrarnos con la mirada. —Duerme, mañana necesitarás fuerzas — intenté hablarle en un tono suave.

—¿No me van a llevar a ningún otro lugar? ¿No van a volver a ponerme esa horrible droga en la nariz? — me preguntó con terror.

—Nadie te volverá a poner la mano encima — sentencié, recordando las palabras de Augusto. Ninguno de los dos apartó la mirada; solo cuando sus ojos comenzaron a cerrarse, nuestro contacto se rompió.

—Estaré aquí toda la noche y quién sabe si también mañana y pasado — recosté su cabeza.

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