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Portada de la novela En la boca del lobo

En la boca del lobo

Al trasladarse con su madre a una nueva localidad, Lina Lane desconoce las amenazas que se ocultan en la oscuridad. Su existencia da un giro al cruzarse con su vecino, el chico más popular y admirado de la zona. Pese a su apariencia ideal, Lina percibe en él a un individuo oscuro y misterioso. Segura de que tanto él como sus allegados resguardan un secreto de origen sobrenatural, ella se jugará todo para exponer la realidad del enigma.
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Capítulo 2

Caminé a paso rápido hacia dónde se encontraba mamá, sólo le hacía falta meter una maleta.

—¿Escuchaste eso? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.

Mamá frunció el ceño.

—¿Qué cosa? —preguntó, caminando a la puerta principal.

Estar dentro de la casa no es mala idea. La seguí y cerré la puerta tras de mí, asegurándome de que no quedara nada afuera.

—Un aullido... —murmuré a lo bajo.

Mi mamá se volteó a verme con su ceño fruncido. Al parecer no lo escuchó.

—¿Aullido? Yo no escuché nada. —respondió.

¿Será que lo imaginé?

No puede ser, se escuchó muy real.

—Yo lo escuché..., Mamá, —la llamé, ella volteó a verme—Hay lobos aquí.

Me quedó mirando por unos segundos para después ponerse a reír.

—Por favor, Carolina, no lo dije tan literal cuando veníamos en el auto. Aquí no hay lobos, quizá lo que escuchaste fue un... Perro. —subió las escaleras. —Preparate para mañana, tienes escuela.

Maldita sea. Algo me dice que mañana será un día muy largo. Mamá y yo habíamos dejado las cosas en los cuartos, mañana por la tarde las tendría que organizar, ésta semana sería de mucho trabajo para nosotras. La casa por dentro no estaba nada mal. Tenía un sofá grande color café y dos pequeños, en el centro había una mesita sin nada arriba.  Tenía un televisor un poco grande que, al verlo a él, también mirabas el lago por la ventana que estaba justo a la par.

*** 

       A la mañana siguiente no quería levantarme pero de malas lo hice. Mamá llamó muy temprano a un mecánico para que revisara el auto que habíamos dejado en medio de la nada, afortunadamente lo hizo y ahora estaba como nuevo.

Estaba terminando de desayunar, dejé el plato en el fregadero y subí a mi habitación para cepillarme los dientes, cogí mi mochila y bajé las escaleras. Mamá me estaba esperando en el auto, hoy era su primer día de trabajo.

Salí y el olor a bosque se sentía. Lo único que se escuchaba por aquí cerca era el sonido de los pajaritos y uno que otro animal. Es allí cuando me acuerdo del aullido que escuché, y sí fue real.

—¡Carolina, llegarás tarde! —me apuró mamá.

Salí de mis pensamientos y subí al asiento co-piloto. Mi nueva escuela me esperaba. Mamá puso en marcha el auto, teníamos que recorrer unos cuantos kilómetros.

Íbamos por la mitad del camino, en eso los mismos coches de ayer salieron del desvío que miré. Mamá frenó un poco para dejarlos ir adelante.

—De seguro alguno de ellos será tu compañero. —susurró ella, acelerando.

Solo espero que no.

Después de un rato ya habíamos llegado al centro del pueblo, las personas empezaban a abrir sus tienas. Mamá se detuvo frente al enorme edificio llamado escuela. Admito que estoy un poco nerviosa.

Los coches que venían frente a nosotras se estacionaron en el parqueadero de ésta. Pero aún no  salieron.

—Nos vemos luego... —me despedí de ella, bajando del auto y cerrando la puerta.

—¡Haz muchos amigos! —exclamó a mi espalda.

Por Dios, no estoy en la primaria. Le di una mirada de advertencia, ella sólo sonrió y se fue.

Los alumnos empezaban a llegar, los coches de lujo no se hacían esperar. Antes de entrar por la puerta principal observé al chico que iba bajando del coche que ayer venía atrás de nosotras. Vestía unos vaqueros negros, camiseta blanca y traía su cabello despeinado. Dios, me vine a meter a una agencia de modelaje. Ese chico era perfecto.

Su mirada se encontró con la mía. Era profunda, cautivadora. Él tenía una chaqueta negra en la mano y sin quitar la vista de mí se la empezó a poner.  Desvié la vista para que no crea que me quedé admirada por su belleza. Apuesto a que debe de ser el típico chico popular aquí. Me adentré al colegio. Sentía mi corazón latir a mil por hora. Lo que si no me pasó por alto fue la rara sensación que sentí dentro de mí cuando nos miramos.

Me olvidé de lo que pasó y fui en busca de la dirección. Necesitaba buscar mi horario. Doblé a un pasillo y allí estaba. Toqué la puerta.

—Adelante —se escuchó decir al otro lado.

Abrí la puerta encontrándome con una señora de unos cuarenta años, usaba lentes y su cabello en un moño apretado.

—Buenos días, soy nueva, vengo por mi horario.

Elevó su vista.

—Sí, dijeron que vendrías hoy. —buscó en una carpeta los papeles y me los entregó.

Rápidamente los tomé.

—Suerte en tu primer día. —sonrió y luego volvió a lo suyo.

—Pues... Gracias. —titubié. Salí de la dirección mientras leía mi horario, tenía español a primera hora y después historia. Clases aburridas.

Los pasillos estaban llenos de estudiantes, todos platicando animadamente con sus amigos o amigas. Yo no sé si haré algún amigo por aquí. Busqué con la mirada al chico del auto pero no lo encontré.

Subí las escaleras al segundo piso y busqué mi salón.

5B. 5B. 5B. Lo encontré. No había ningún estudiante, en parte lo agradezco, me senté en la silla última en una esquina en donde estaba una enorme ventana que daba al parqueadero. Entonces lo miré. Allí estaba con sus amigos apoyado en su carro. Había chicas alrededor de ellos. Él tenía una a la par.

Qué creía, si deben de ser los más populares de este colegio, y los más mujeriegos me imagino. Pero él estaba como ido. Pensando en otra cosa.

—Hola... —dijeron a mis espaldas.

Me di la vuelta inmediatamente, llevándome la mano a mi pecho. Me había asustado.

—Me asustaste. —le dije a la chica que se sentó a la par mía.

—Lo siento... —susurró ella. —Eres nueva, ¿verdad? —preguntó.

—No, he estudiado toda mi vida aquí pero al parecer soy invisible porque nadie, hasta hoy, me habían visto. —respondí sarcástica.

Ella rió.

—Me gusta tu sarcasmo. Por cierto, soy Anne. —se presentó. 

Anne era delgada, cabello café y muy bonita. Creo que ella y yo nos vamos a llevar muy bien. Lo sé porque tengo el don de saber quiénes son buenas personas y quiénes no. Y Anne era tímida y sincera. Aunque también pude percibir algo de temor en ella. Insegura.

—Carolina. —sonreí.

La campana sonó anunciando la entrada a clases. Los alumnos empezaban a llegar, algunos me miraban ceñudos, otros me sonreían, otras ni me volteaban a ver.

***

    Era hora de ir a la cafetería, Anne y yo íbamos en el camino cuando una chica empujó a Anne haciendo que se tambaleara.

—Hey, fíjate por donde caminas. —espeté.

La chica se volvió a mí, lo suponía, es una de esas malditas plásticas que se creían superior a las demás. Como las odio. Ella vestía un short de tela fina color rosa pastel y una camisa que lleva por dentro color blanca, su saco también era del mismo color del short y su cabellera rubia estaba suelta.  Su cabello era largo y liso, sus aires obviamente eran de grandeza y tenía esa típica sonrisa que hacía inferior a las demás.  No me pasó desapercibido su collar de perlas.

—¿Disculpa? —se cruzó de brazos.

Sonreí.

—Te disculpamos, sólo no lo vuelvas a hacer. Adiós.

Al girarnos nos encontramos con tres chicas más impidiéndonos el paso. Una era morena alta, la otra era cabello negro y un poco mas baja que la otra. Y la última chica era algo mas mayor y hasta parecía que era la centrada del grupo. Era peliroja y de mi estatura.

—Carolina, no le hubieras dicho nada. Éstas chicas son peligrosas. —susurró Anne a lo bajo. La pobre estaba con miedo.

Pero yo no. No les tengo miedo. Los pasillos estaban solitarios debido a que todos estaban en la cafetería.

Me giré hacia la plástica mayor.

—¿No puedes sola conmigo que tienes que llamar a tus guardaespaldas? —inquirí.

Ella abrió la boca del asombro. Al parecer no esperaba esa reacción.

—No te había visto por aquí, supongo que eres nueva. —se acercó un poco.

Enarqué una ceja y aplaudí.

—Que inteligente eres... —me burlé.

La chica se enfureció más.

—Veo que no te han contado. Aquí la que manda soy yo... Y mi novio, claro, somos los más respetados y tú... Vas a aprender a respetarnos.

Elevó su mano y la estampó en mi mejilla haciendo que mi rostro se girara.

La miré con la sangre hirviendo. Ésta me las paga.

Elevé mi mano y también se la estampé en su mejilla. Mierda, dolió. Ella no aguantó y se abalanzó sobre mí, cayendo las dos al suelo.

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