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Portada de la novela En El Incendio Que Me abandonaste

En El Incendio Que Me abandonaste

Sofía, cuya movilidad depende de una silla de ruedas, vive una pesadilla cuando estalla un fuego en la mina. Al implorar ayuda a Ricardo, el hombre por quien lo dio todo, él la rechaza con frialdad y huye junto a su amante, Catalina. Tras perecer entre las llamas por esta traición, el espíritu de Sofía permanece vinculado al mundo terrenal. Consumida por el dolor, observa cómo utilizan su tragedia mientras planea un castigo implacable contra quienes la abandonaron.
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Capítulo 2

El olor a quemado y el humo denso me despertaron, el aire picaba en mis pulmones y me provocó una tos violenta que sacudió todo mi cuerpo. Estaba en mi silla de ruedas, en medio de la sala de rehabilitación del complejo minero, un lugar que se había convertido en mi hogar y mi prisión durante los últimos meses. Las llamas danzaban afuera de la ventana, tiñendo el cielo nocturno de un naranja infernal. El complejo minero estaba en llamas.

Mi nombre es Sofía, y hasta hace poco, era una de las ingenieras de minas más respetadas del país. Mi vida cambió el día que salvé a mi prometido, Ricardo, de un derrumbe. Empujé su cuerpo fuera del camino de las rocas que caían, pero mis piernas quedaron atrapadas. El resultado: paraplejia. Ricardo, también ingeniero, me juró amor eterno, me prometió cuidarme por siempre mientras yo luchaba por recuperarme.

Pero ahora, en medio de una nueva catástrofe, una explosión que sacudió todo el complejo, él no estaba.

El pánico se apoderó de mí, mis manos temblaban mientras buscaba mi celular. Mis piernas, inútiles, no respondían. La silla de ruedas era mi única forma de moverme, pero el fuego bloqueaba la salida principal. El calor se intensificaba, el metal de la silla ya empezaba a sentirse caliente contra mi piel. Marqué el número de emergencias, una y otra vez.

"911, ¿cuál es su emergencia?"

La voz del otro lado sonaba tranquila, casi aburrida.

"¡Ayuda! ¡Estoy atrapada! ¡En el complejo minero, en el área de rehabilitación! ¡Hay un incendio!" Mi voz salió como un grito ahogado.

"Señorita, por favor mantenga la calma," respondió el operador con una frialdad profesional. "Ya tenemos reportes del incendio en el complejo minero. Un equipo de rescate ya está en camino, por favor, manténgase en un lugar seguro y espere."

"¡No hay un lugar seguro!" grité, la desesperación creciendo en mi garganta. "¡El fuego está por todas partes! ¡No puedo moverme, estoy en una silla de ruedas!"

"Entendido, señorita. El equipo de rescate está al tanto de la situación. Están cerca de su ubicación. Por favor, no ocupe la línea."

Y colgó.

Me quedé mirando el teléfono, incrédula. ¿Cerca de mi ubicación? Solo escuchaba el crepitar de las llamas y el derrumbe de estructuras cercanas. El humo era cada vez más espeso, mis ojos ardían y las lágrimas corrían por mis mejillas sucias de hollín. El metal de la silla de ruedas ya no estaba caliente, quemaba. Era como estar sentada sobre una plancha al rojo vivo.

Un trozo del techo se desplomó cerca de mí, levantando una nube de chispas y cenizas. El fuego comenzaba a entrar en la habitación, las llamas lamían las paredes como lenguas hambrientas. Moriría aquí. Sola y abandonada.

Con un último hilo de esperanza, marqué el número de Ricardo. Mi prometido. El hombre por el que había sacrificado mis piernas. Él me salvaría. Él siempre lo hacía.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Finalmente, contestó.

"¿Sofía?"

Pero su voz no sonaba preocupada, sonaba irritada, molesta. Y de fondo, no escuchaba el caos del incendio, sino un silencio relativo.

"¡Ricardo! ¡Gracias a Dios! ¡Ayúdame, por favor! ¡Estoy atrapada en la sala de rehabilitación, el fuego..."

"¿Fuego?" Su risa fue un sonido cruel, afilado. "Sofía, por favor, deja de hacer teatro. ¿Ahora finges un incendio para llamar la atención? ¿No te basta con fingir que no puedes caminar?"

Me quedé helada. Las palabras no salían de mi boca.

"Creí que habíamos superado esto," continuó, su tono lleno de desprecio. "Sabemos perfectamente que tú provocaste este desastre para culparme, para que todos sientan lástima por la pobre inválida. Eres patética."

No... no podía ser. No podía ser él.

Y entonces, escuché otra voz, una voz de mujer, suave y melosa, muy cerca de su teléfono.

"Ricardo, mi amor, ¿quién es? ¿Es esa loca otra vez? Déjala, vámonos de aquí, este lugar me da miedo."

Era Catalina. La hija del dueño de la mina. La mujer a la que Ricardo había estado cortejando descaradamente desde mi accidente.

Escuché los pasos de Ricardo alejándose, justo afuera de mi puerta. Los vi a través del cristal reforzado de la puerta, una silueta masculina protegiendo a una femenina, corriendo lejos del fuego. Lejos de mí.

Me había abandonado. Me había dejado aquí para morir, para salvarla a ella.

Las llamas finalmente me alcanzaron, envolviendo primero la silla de ruedas y luego mis piernas inmóiles. El dolor fue total, absoluto, un grito silencioso que se ahogó en mi garganta quemada por el humo. En mi agonía, mi último pensamiento fue para él, el hombre que amaba y que me había sentenciado a muerte con una burla.

Más tarde, mucho más tarde, cuando el remordimiento finalmente lo alcanzó como un veneno lento, Ricardo volvería. Buscaría por toda la ciudad, desesperado. Pero ya no encontraría a Sofía, la ingeniera valiente. Solo encontraría un puñado de cenizas en las ruinas de la mina que una vez fue su vida.

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