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Portada de la novela En El Incendio Que Me abandonaste

En El Incendio Que Me abandonaste

Sofía, cuya movilidad depende de una silla de ruedas, vive una pesadilla cuando estalla un fuego en la mina. Al implorar ayuda a Ricardo, el hombre por quien lo dio todo, él la rechaza con frialdad y huye junto a su amante, Catalina. Tras perecer entre las llamas por esta traición, el espíritu de Sofía permanece vinculado al mundo terrenal. Consumida por el dolor, observa cómo utilizan su tragedia mientras planea un castigo implacable contra quienes la abandonaron.
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Capítulo 3

El sonido de sus pasos alejándose fue más doloroso que las llamas que comenzaban a besar mis pies. Ricardo. Pasó justo por la puerta de mi habitación. Lo vi, su silueta recortada contra el resplandor anaranjado del pasillo en llamas. No estaba solo. Catalina se aferraba a su brazo, su rostro escondido en su pecho, fingiendo terror.

"¡Ricardo!", grité con las fuerzas que me quedaban, mi voz un graznido ronco. "¡Estoy aquí! ¡Ayúdame!"

Él se detuvo un instante. Pude ver su cabeza girar ligeramente en mi dirección. Por un segundo, una estúpida esperanza floreció en mi pecho. Pero no, no miró. Siguió caminando, arrastrando a Catalina con él hacia la salida de emergencia del otro lado del pasillo.

"¡Ricardo!", volví a gritar, golpeando el reposabrazos de metal ardiente con mi puño. El dolor fue agudo, pero no se comparaba con el de mi corazón.

Pasaron una vez más, corriendo en la dirección opuesta, buscando otra salida. Cada vez que su silueta pasaba frente a mi puerta, una nueva ola de desesperación me inundaba. Me estaba ignorando. Deliberadamente.

Entonces, la voz de Catalina, un sollozo delicado y falso, cortó el aire.

"¡Ricardo, mi tobillo! Creo que me lo torcí. ¡Duele mucho!"

La respuesta de Ricardo fue instantánea, llena de una ternura que yo no había escuchado en meses.

"Tranquila, mi amor. Apóyate en mí. Te sacaré de aquí, lo prometo."

Sus pasos se volvieron más apresurados, más urgentes. El sonido de su preocupación por ella era un eco burlón de las promesas que una vez me hizo a mí. ¿Mi amor? ¿Desde cuándo la llamaba así? La duda se instaló en mi mente, una semilla venenosa que crecía rápidamente en el terreno fértil de mi traición.

Sola de nuevo, con el fuego ganando terreno, volví a marcar a emergencias. La misma voz monótona me contestó.

"911, ¿cuál es su..."

"¡Sigo atrapada!", interrumpí. "¡Nadie ha venido! ¡El fuego está en la habitación!"

"Señorita, como le informé, los equipos están trabajando. La situación es compleja. Tenga paciencia."

"¡No tengo tiempo para tener paciencia! ¡Me estoy quemando viva!"

"Estamos haciendo todo lo posible. Mantenga la calma."

La línea se cortó de nuevo. La profesionalidad inhumana de su voz era casi tan cruel como la risa de Ricardo.

Mi vista se nubló por el humo. A mi lado, en el suelo, estaban las muletas especiales que usaba para mis ejercicios de rehabilitación. Con un esfuerzo sobrehumano, me incliné y logré agarrar una. Quizás podría romper el cristal de la puerta. Pero al levantarla, la madera ya estaba carbonizada. Se partió en mi mano, y una astilla al rojo vivo se me clavó en la palma. Grité, más de frustración que de dolor.

El calor era insoportable. La silla de ruedas se inclinó peligrosamente cuando otra parte del techo se vino abajo. El movimiento brusco me tiró al suelo. Caí de costado, mi mejilla contra las baldosas calientes. La silla de ruedas volcó a mi lado, una masa de metal retorcido y plástico derretido. Ahora sí, estaba completamente indefensa.

Como ingeniera de minas, había estudiado los incendios. Sabía de temperaturas, de puntos de ignición, de la velocidad a la que el fuego consume el oxígeno. Sabía que las quemaduras de tercer grado ya cubrían mis piernas y parte de mi torso. Sabía que la inhalación de humo me mataría antes que las llamas. Mi mente, fría y analítica, evaluó mi propia muerte. Qué ironía. Yo, que había salvado a tantos, que tenía la oficina llena de placas, medallas y reconocimientos por mi valentía en derrumbes, inundaciones y explosiones. La heroína de la minería, muriendo como un animal atrapado en el suelo de una sala de rehabilitación.

Tenía que dejar un mensaje. Tenía que decirle a mi madre. Ella no podía vivir pensando que yo había muerto en un simple accidente. Tenía que saber la verdad.

Arrastrándome por el suelo caliente, ignorando el dolor de la piel que se me quedaba pegada a las baldosas, alcancé mi teléfono una última vez. Mis dedos, torpes y quemados, apenas lograron marcar el número de Ricardo. Necesitaba que quedara grabado. Necesitaba que el mundo supiera.

El teléfono sonó. Él contestó.

"¿Todavía no te cansas, Sofía? ¿Qué quieres ahora?"

"Ricardo...", mi voz era un susurro siseante, el sonido de las llamas crepitando a mi alrededor se colaba por el micrófono.

"¡Habla ya! ¿O es que el humo de tu propio incendio te dejó sin voz?", se burló. "Escúchame bien, maldita loca. Cuando todo esto acabe, te denunciaré. Haré que te encierren en un manicomio por el resto de tu vida. ¡Me oyes!"

Su voz no solo salía del teléfono. La escuchaba también a través de la puerta. Estaba ahí fuera. Había vuelto.

"¡Ricardo! ¡Por favor!", supliqué, mi garganta desgarrándose.

"¡Ni se te ocurra volver a llamarme! ¡Muérete en tu propio infierno!"

Escuché el clic del teléfono al colgar. Y casi al mismo tiempo, escuché sus pasos alejándose de nuevo, definitivos esta vez. Se fue. Me dejó morir.

Mi visión se desvaneció en un torbellino de naranja y negro. Mi último recuerdo fue el de mi rostro en el reflejo de un trozo de espejo roto en el suelo. La cara de una extraña, cubierta de hollín y lágrimas secas. La heroína estaba muerta. Y en su lugar, solo quedaba una mujer traicionada, consumida por el fuego que su amado se negó a apagar.

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