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Portada de la novela En el corazón de la Mafia.

En el corazón de la Mafia.

Olivia Martin sobrevive en una jaula de oro bajo el dominio de Esteban Bellancinni, un criminal letal conocido como el Diablo que la trata como un simple objeto. Tras la fachada de opulencia, ella oculta un profundo deseo de libertad. Su destino cambia al conocer a Jarvis Fenton, el enigmático guardaespaldas de su opresor. Movido por los ruegos de Olivia, Jarvis decide arriesgarlo todo en una peligrosa travesía de pasión y traición contra su propio jefe.
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Capítulo 2

Los días pasaron, consumiendo a Olivia en la depresión. Dormía mucho, salía poco y había perdido peso. Su prima, Violeta, se mostraba comprensiva y la apoyaba durante las pesadillas.

Con el tiempo, Olivia descubrió la realidad de la casa: nada era lo que parecía. Los gritos eran constantes. Su tío Leonardo era violento y su tía Leonor era cruel. Se sorprendió al ver que solo Violeta salía a trabajar; con diecinueve años, ella mantenía la casa, mientras su tío bebía o se iba de fiesta. Sus tíos se estaban aprovechando de Violeta

—¿QUÉ ES ESTO? —escuchó que su tío gritaba desde la habitación de Violeta. El grito la sobresaltó.

—¡NO TENGO MÁS, LO JURO! —gritaba su prima.

Impulsada por el miedo, Olivia corrió hacia la puerta abierta de la habitación. Escuchó un fuerte golpe y entró. Violeta estaba sobre la cama, cubriendo su rostro. Al apartar la mano, un hilo de sangre bajó de su labio inferior. El tío estaba de pie, con el rostro enfurecido.

—¿Qué... qué sucede? —preguntó Olivia.

—Nada, Olivia, vuelve a tu habitación, cariño —le dijo Violeta.

—LO QUE SUCEDE NO ES ASUNTO TUYO. O SÍ, DEBERÁS SALIR A TRABAJAR TAMBIÉN, ESTA CASA NO SE MANTIENE SOLA —espetó Leonardo.

—No hay problema, tío, yo puedo salir a trabajar, pero... no es necesario que golpee a Violeta.

—YO PUEDO HACER CON MI HIJA LO QUE SE ME DÉ LA GANA, ES MI HIJA. ¡Y MI HERMANA ERA UNA IDIOTA, ELLA Y SU MARIDO CRIARON UNA INÚTIL!

Olivia abrió los ojos enormes por la ofensa a sus padres.

—Yo no le pedí venir aquí, fue usted quien me trajo. Mis padres eran seres maravillosos que no eran capaces de maltratarme como usted lo hace con su única hija.

Violeta se interpuso entre ellos. Leonardo la empujó con fuerza hacia la cama y luego abofeteó a Olivia. Su mejilla le dolió, pero el shock le impidió llorar.

—Mira, muchachita altanera, ten cuidado cómo me hablas, o te irá muy mal —amenazó.

—Yo quiero irme a mi casa —gimoteó Olivia.

—Tú ya no tienes casa —dijo burlón.

—Regresaré a mi pueblo, a la casa de mis padres, y Violeta vendrá conmigo.

—¿A cuál casa? ¿De qué casa hablas? Yo la vendí —dijo en tono cruel. —Esa casucha ya tiene nuevos dueños.

—¿QUÉ? —Olivia lo miró con ojos enormes, las lágrimas cayeron sin control.

—Así como lo escuchas. La vendí. ¿Cómo creerías que cubrí los gastos fúnebres? Mi hermana y el inútil de su marido no tenían ni un centavo. —Se encogió de hombros.

—Pero... pero... era lo único que me quedaba.

—Era, ya no es. Y mejor que vayas buscando un trabajo. La casa tiene gastos y debes ayudar con ellos o tendrás que irte a dormir a la calle. —Se giró y se marchó.

Olivia sintió los brazos cálidos de su prima rodearla.

—Lo siento mucho, Olivia. —se disculpó Violeta.

—¿Por qué te golpeó? —preguntó Olivia triste.

—Porque no traje suficiente dinero —se encogió de hombros—. Siempre es así.

—¿Eres tú quien cubre todos los gastos? ¿La tía tampoco trabaja? —Violeta asintió. —¿Y les entregas todo el dinero que trabajas?

—Antes sí, pero desde hace poco empecé a esconder dinero. Estoy ahorrando para irnos lejos de ellos. Podemos irnos juntas.

—Yo... me cuesta tanto asimilar todo esto. Pero, supongo que juntas podemos salir adelante. ¿Cómo el tío fue capaz de vender mi casa?

—Mi padre es capaz de eso y muchas cosas más —dijo con amargura—. Ahora no tengo nada, ni padres, ni hermana, ni siquiera una casa.

—Pero me tienes a mí. Tú y yo lograremos salir de aquí. Estoy juntando dinero, solo necesito un poco más de tiempo.

—Desde mañana saldré a buscar empleo —secó sus lágrimas—. Entre las dos será más fácil.

—Conseguir trabajo aquí no es fácil, Olivia, si no tienes experiencia no te tomarán en serio.

—Eso no importa, yo aprendo muy rápido. No quiero que él vuelva a golpearte.

—Olivia, lo que te pagarían no alcanzaría para nada. Traigo grandes sumas de dinero y aún así no es suficiente.

—Quizás, puedas llevarme a trabajar contigo.

—No, Olivia, lo último que quiero es que tú te involucres en mi mundo.

—¿A qué te refieres? —preguntó frunciendo el ceño.

—Mi trabajo no es decente, Olivia. Yo... trabajo como dama de compañía—dijo avergonzada, y Olivia abrió los ojos enormes ante esa confesión.

—¿Qué? —preguntó Olivia con voz ahogada.

—Sé que no es fácil de entender, Olivia, y no es algo de lo que me sienta orgullosa —explicó Violeta.

—Pero... ¿por qué? —gimió.

—Porque ningún trabajo normal cubre las exigencias de mis padres —bajó la mirada—. Los sueldos son una miseria y ellos siguen pidiéndome más y más. En una noche les traigo más dinero del que ganaría en un mes. Es obvio que lo saben.

—Violeta... ¿no te desagrada dormir con esos hombres? —le preguntó Olivia con ojos llenos de lágrimas.

—Mis clientes son exclusivos; hombres con mucho dinero que pagan por mi tiempo. Prefiero llamarlo ser una dama de compañía, una escort de lujo. No es agradable, pero aprendes a vivir con ello. —Se retiró un poco—. Es mi manera de sobrevivir en este mundo. Si no, mi padre me golpearía diariamente.

Olivia volvió a su habitación, sin asimilarlo. Qué triste y dolorosa era la vida de su prima. Ahora su propia vida había cambiado: necesitaba encontrar urgentemente un empleo. No podía volver a su casa, porque ya no tenía, ni podía arriesgarse a ser golpeada. Tenía que conseguir un trabajo que le permitiera ayudar a Violeta y evitar la calle.

A la mañana siguiente despertó muy temprano. Se colocó sus mejores jeans, una linda blusa, su chaqueta desgastada y salió.

—¿A dónde vas? —le preguntó su tía Leonor.

—A buscar un empleo —dijo tranquilamente.

—Mas te vale volver con algo de dinero —le dijo su tío Leonardo ásperamente—. No estoy para mantener vagas.

Ella evitó contestar y salió. El ambiente era frío, y a pesar de su agotamiento y hambre, caminó durante mucho tiempo. Preguntó en muchos lugares, pero al explicar que no tenía experiencia, era rechazada.

—Aprendo muy rápido, solo denme la oportunidad.

—Lo siento, niña, necesito a alguien con experiencia —era la respuesta constante.

Después de tanto caminar, una amable mujer le dio una oportunidad en una cafetería. Se dedicó a limpiar las mesas y atender amablemente a los clientes. A media tarde, la mujer le permitió tomar un pan con una taza de café, lo cual agradeció enormemente.

Llegó la hora de cerrar. Olivia ayudó a recoger y limpiar, y se fue feliz a casa. La mujer le había dado un pago por su medio turno y le aseguró que al día siguiente le iría mejor y que podría ganar buenas propinas.

Al llegar a la puerta, sacó el poco dinero, apartó un billete y guardó el resto en el bolsillo de su pantalón.

En cuanto entró, su tío y su tía estaban en el sofá mientras Violeta recogía la mesa.

—Hasta que apareces —le dijo su tío—. Pensé que te habías perdido.

—Pude encontrar el camino y traigo buenas noticias, tío. Una mujer me permitió trabajar en su café y me pagó. —Se acercó a él y le extendió un par de billetes.

El hombre tomó el dinero, lo miró y alzó su furiosa vista hacia ella.

—¿Qué... qué sucede?

—¡Debes estar bromeando! ¡ESTO ES TODO LO QUE TE PAGARON! —gritó furioso.

—Sí, tío, me esforcé mucho. La mujer solo me pagó medio turno porque empecé a la una. Ella dice que mañana me irá mejor.

—Esto es una miseria, Olivia, no alcanzaría ni para una lata de verduras —dijo burlón.

Olivia quiso llorar. Se había esforzado, y él solo la gritaba porque no era suficiente.

—Mañana traeré más, tío —dijo nerviosa, temblando. Le asustaba la actitud de su tío, tan distinta a la de sus padres, que habrían valorado su esfuerzo.

—Eso espero, Olivia, porque esto no alcanzará para que vivamos.

—Ven, cariño —le dijo su prima—. Te serviré de cenar.

Olivia lo agradeció. Se sentó a comer después de lavarse las manos, sintiendo la frustración de que su tío no valorara su trabajo. Se había quejado del dinero, llamándolo miseria, pero bien se lo había echado al bolsillo del pantalón.

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