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Portada de la novela Eloah: entre la vida y la muerte

Eloah: entre la vida y la muerte

Capaz de comunicarse con los muertos, ella jamás esperó ver a un difunto regresar al mundo de los vivos. Él, consumido por el remordimiento, intenta aislar sus sentimientos hasta que un encuentro fortuito desata una atracción inevitable. En un reino donde la armonía entre mortales y seres eternos es solo una fachada, oscuras amenazas acechan. Ambos deberán enfrentar leyes milenarias y sus propios miedos para salvar una unión prohibida mientras el destino acecha.
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Capítulo 3

Zeiren

No podía moverme.

No podía hablar.

No podía abrir los ojos.

Estaba atrapado en mi propio cuerpo, sintiendo cada sensación a mi alrededor.

El frío de la mesa debajo de mí fue lo primero que percibí en quién sabe cuánto tiempo.

No era como el frío al que estaba acostumbrado dentro de las profundidades de la ciudad. Este era otro tipo de frío... Algo inerte, algo que no debería estar allí.

Las voces, distantes al principio, como si alguien estuviera hablando al otro lado de una puerta cerrada. Una que no podía abrir.

No estaba solo.

Pude sentirlos antes de escucharlos: un humano, moviéndose cerca de mí con pasos firmes pero contenidos. Olía a desinfectante y a algo más... jabón, tal vez.

Luego, una presencia diferente. Ligera, como el roce de un susurro, pero con una energía constante y tranquila.

Otra más llegó después, inquieta, moviéndose con rapidez a mi alrededor, como un mosquito al que no puedes espantar.

Y entonces llegó ella.

Su presencia me atravesó como una ráfaga de viento, helándome y al mismo tiempo llenándome de una extraña calma. Era imposible ignorarla, imposible no saber quién era.

La muerte había venido a buscarme, y, por primera vez en mi maldita existencia, me sentí... aliviado.

Antes de poder aferrarme a esa sensación de final, algo dentro de mí me arrastró hacia atrás. Un recuerdo.

Había pasado mi vida entera escondiéndome en la ciudad subterránea, el refugio de los que no encajaban en la superficie.

Oscura, húmeda y apestosa, era un laberinto infinito de túneles y cavernas iluminadas apenas por luces rotas o el brillo esporádico de alguna tecnología vieja.

Pero para alguien como yo, no había otro lugar donde pudiera existir.

Siempre había sido cuidadoso.

Siempre.

No dejaba rastro, no llamaba la atención. Caminaba entre las sombras, invisible incluso entre los invisibles. Pero de alguna manera, ellos me encontraron.

Fue en uno de los callejones más profundos, donde los túneles de transporte habían muerto hacía décadas.

Los sentí antes de verlos: esa luz sofocante que parecía quemar incluso en la distancia, un recordatorio de lo que nunca podría ser. Ángeles.

Llegaron sin advertencia, sin palabras, como si ya hubieran decidido que yo no merecía ninguna explicación.

Luché. Como siempre lo hacía. No porque creyera que podía ganar, sino porque la alternativa era simplemente rendirme, y eso no estaba en mi naturaleza.

Mi cuerpo había recibido más golpes de los que podía contar, pero seguía en pie. Cada movimiento era guiado por puro instinto, una fuerza primaria que me empujaba a seguir adelante, pese al dolor que afligía cada fibra de mi ser.

Apenas logré derribar a uno, sentí la hoja de una lanza rozarme el costado. Después, vino el pinchazo. Apenas un instante, como si me hubieran mordido.

-¿Qué...? -intenté preguntar, pero no hubo tiempo.

Mi visión se volvió borrosa, el mundo comenzó a girar y, antes de que pudiera dar otro paso, el aire a mi alrededor cambió.

La superficie.

No sabía cómo había llegado hasta allí. Mi mente era un borrón, mis piernas ya no respondían y mi cuerpo se sentía pesado, como si me hubieran amarrado a una piedra gigante.

Alcancé a ver la luz de un poste en un callejón y pensé: "Es irónico que esta sea la primera vez que estoy realmente en la luz."

Y luego caí.

El presente me golpeó de nuevo, junto con la sensación del bisturí que estuvo a punto de tocarme.

-¡Espere! -gritó una voz femenina, aguda y cargada de urgencia.

Escuché caer el bisturí sobre la bandeja metálica cuando alguien lo soltó.

Por un momento, todo se quedó en silencio. Pude sentir cómo el humano se tensaba. Su respiración era errática.

Pero mi atención se desvió a ella. La otra presencia. La que había reconocido de inmediato. La Parca.

-Siempre arruinando mi diversión, ¿verdad, Cordelia? -dijo, y su voz resonó en mi mente como un eco familiar.

Ella estaba cerca. Pude sentir cómo su energía se extendía por la sala como una manta, pesada pero curiosamente reconfortante. Mi alivio inicial se transformó en algo más. Confusión, tal vez.

¿Por qué no hacía nada?

¿Por qué no terminaba lo que tenía que hacer?

-¿Por qué no lo llevas? -preguntó la chica.

Sonaba como si estuviera más cerca de mí ahora, aunque su tono no era el de alguien asustado. Curiosa, más bien.

-No puedo -respondió la Parca, escuché un atisbo de frustración en su voz-. No todavía.

No pude evitarlo. Por dentro, quise gritarle que lo hiciera. Que acabara con esto. Que no prolongara algo que, para mí, ya estaba decidido.

Pero seguía atrapado en mi propio cuerpo. Incapaz de moverme. Incapaz de hablar.

El silencio que dejó la Parca al irse fue tan pesado como su presencia.

Pero cuando se fue, la calma no llegó.

No para mí.

El eco de sus últimas palabras seguía resonando en mi mente. No todavía. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué no había terminado conmigo?

No entendía. No quería entender.

Entonces, la sentí.

Una mano cálida se posó suavemente sobre mi brazo.

Era un contraste absoluto con todo lo que había experimentado hasta ahora: el frío de la mesa, la oscuridad, la parálisis.

Su toque atravesó mi piel como un rayo, enviando una corriente que pareció encender algo dentro de mí.

Era como si cada célula de mi cuerpo estuviera despertando, una por una, del letargo en el que había estado atrapado.

La calidez se extendió desde mi brazo hasta mi pecho, recorrió mis piernas, y, de repente, sentí el aire volver a llenar mis pulmones, obligándolos a moverse nuevamente.

Abrí los ojos.

Al principio, todo fue borroso, sombras y luces bailando en mis pupilas mientras intentaban ajustarse. Pero entonces la vi.

El gris de sus ojos chocó contra el azul de los míos, y por un instante, el resto del mundo dejó de existir.

Había algo en ellos, algo que iba más allá de su color. Eran inquisitivos, intensos, pero no fríos. No se apartaron de mí, como si buscaran entender algo que no podía comprender.

Y fue en ese momento, en ese pequeño latido suspendido, cuando el impulso me atrapó antes de que pudiera pensarlo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

La tomé por los hombros, moviéndome con una velocidad que había heredado de mi padre, esa rapidez sobrenatural que me hacía diferente, que siempre me había marcado como un híbrido.

Antes de que pudiera gritar o resistirse, la giré y la coloqué de espaldas sobre la mesa.

Yo estaba sobre ella, cada fibra de mi ser impulsada por una necesidad primitiva, algo que no podía controlar.

Mi boca encontró la suya con ansias, devorándola como si fuera aire, como si su energía vital fuera lo único que me mantenía en este mundo. Y lo era.

Con cada segundo que pasaba, podía sentir cómo mi cuerpo se curaba, cómo el dolor se desvanecía lentamente, como si sus labios contuvieran el elixir de la vida.

No sabía si era su calor, su esencia, o algo más, pero los dioses sabían que hacía mucho tiempo que no me sentía realmente vivo.

El latido de mi corazón recuperaba su fuerza vital, bombeando sangre y energía a cada célula de mi ser, despertando músculos y sentidos que había creído perdidos para siempre.

"¡Demonios! ¡Maldita sea! Si esto no fuera una cuestión de vida o muerte, me perdería en ella por completo."

-¿Qué carajos...? -murmuró el mosquito a mi alrededor. Pero no podía detenerme. No quería hacerlo.

Y entonces escuché los pasos.

Fuera de la sala, rápidos y contundentes, cada vez más cerca.

La adrenalina se apoderó de mí. No podía quedarme. No podía dejar que me atraparan otra vez.

Me aparté de mi salvadora con un movimiento ágil, como si mi cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer.

Por un instante, algo en mí quiso volver, decirle algo, cualquier cosa. Pero no podía. Era demasiado arriesgado.

Mi oportunidad de escapar se desvanecía, pero yo ya no podía pensar en eso.

Lo único que podía recordar era la sensación de sus labios, la calidez que había encendido mi cuerpo.

Y una pregunta se formó en mi mente:

¿Quién era ella?

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