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Portada de la novela El Zafiro de Mi Destino

El Zafiro de Mi Destino

Elena brilla como diseñadora en Aura, pero su éxito se ve empañado cuando Ricardo, el hombre que la abandonó en su boda, reaparece para pisotearla. Al descubrir que él solo buscaba su herencia, ella confiesa su matrimonio secreto con el poderoso Marcos Varela. La furia ciega a Ricardo, quien intenta mutilarla ante la alta sociedad. Justo entonces, Marcos interviene heroicamente para proteger a su mujer, desenmascarar la estafa y castigar a quienes la dañaron.
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Capítulo 3

Ricardo sonrió, deleitándose con la atención. Se sentía poderoso, creyendo que me tenía acorralada.

"Seamos claros, Elena. No es caridad, es una oportunidad. Te ofrezco un puesto como diseñadora junior en mi empresa. Reportarías directamente a Sofía, por supuesto. Sería como en los viejos tiempos, ¿no? Solo que esta vez, todos conocemos nuestro lugar. Tú diseñas, nosotros decidimos. Y a cambio, mi empresa podría absorber tu pequeña 'Aura' y darle un nombre de verdad."

La propuesta era tan absurda, tan llena de una arrogancia monumental, que casi me reí. Quería que yo, la dueña de una de las marcas más exitosas del momento, me convirtiera en una empleada de su empresa fallida, bajo las órdenes de la mujer que me traicionó. Quería despojarme de mi nombre, de mi éxito, y reducirme de nuevo a la niña que él podía controlar y desechar a su antojo.

Para enfatizar su punto, Ricardo rodeó a Sofía con el brazo y la besó de una manera exagerada, casi teatral. Fue un acto deliberado, diseñado para provocarme, para restregarme en la cara lo que había perdido y lo que ella había ganado. Sofía le devolvió el beso con el mismo fervor, sus ojos fijos en mí, desafiantes.

La visión de ellos dos juntos, de su contacto, no me causó celos, sino una oleada de asco. Y con el asco, vino el recuerdo, uno que había enterrado profundamente. No era el recuerdo del altar, sino uno mucho más oscuro y doloroso.

Fue unas semanas antes de la boda. Ricardo había tenido un accidente de coche, nada grave, pero se golpeó la cabeza. Cuando despertó en el hospital, dijo que no me recordaba. "Amnesia", dijeron los médicos. Yo me quedé a su lado día y noche, le leía, le mostraba fotos, le contaba nuestras historias, tratando desesperadamente de reavivar su memoria, de traer de vuelta al hombre que amaba. Sofía, mi leal asistente, estaba siempre ahí, trayéndome café, ofreciéndome palabras de consuelo. "No te preocupes, Elena," me decía, "el amor verdadero lo conquistará todo."

Una noche, agotada, me quedé dormida en el sillón de la habitación del hospital. Me desperté en medio de la noche por un susurro. La puerta estaba entreabierta y la luz del pasillo se colaba, dibujando siluetas. Eran Ricardo y Sofía.

"¿Estás seguro de que esto funcionará, Ricky?" susurró Sofía. "Ella te cree ciegamente."

"Claro que funciona," respondió la voz de Ricardo, clara y sin rastro de confusión. "Es la única manera de librarme de ella sin un escándalo. Si la dejo ahora, su familia me destruirá. Pero si 'no la recuerdo', si 'me enamoro de ti mientras me cuidas', ¿quién puede culparme? Soy la víctima aquí. Y una vez que estemos casados y tenga acceso a los contactos de tu padre, la empresa textil de Elena y su estúpido sueño de ser diseñadora serán historia."

Me quedé helada, el aire se escapó de mis pulmones. Cada palabra era un trozo de hielo clavándose en mi pecho. No había amnesia. Todo había sido una mentira, una farsa cruel y elaborada para robarme no solo a mi prometido, sino también mi futuro. Sofía, mi amiga, había sido su cómplice desde el principio. Escucharlos reír suavemente en el pasillo, planeando mi ruina mientras yo lloraba por el hombre que creía perdido, fue la traición definitiva.

El dolor fue tan abrumador que me desmayé allí mismo, en el frío suelo del hospital. Al día siguiente, cuando mis padres me encontraron, estaba delirando de fiebre y agotamiento. No les conté la verdad, era demasiado vergonzoso, demasiado doloroso. Ellos, viendo mi estado, decidieron que necesitaba alejarme. Me enviaron a Europa, a un pequeño pueblo en Italia, para que me recuperara lejos de todo lo que me recordaba a Ricardo y su engaño. Fue allí, en la soledad y el silencio, donde empecé a reconstruirme, puntada a puntada, diseño a diseño.

Ahora, de vuelta en el presente, viendo sus rostros satisfechos, la herida se sentía fresca de nuevo. Pero esta vez, no había debilidad en mí. Solo una fría y tranquila furia.

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