Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela El Vínculo

El Vínculo

Un saludo casual esconde el trasfondo de una relación marcada por verdades silenciadas. Mientras ella desconoce la naturaleza del lazo que los une, Alexander custodia un secreto vital que vuelve su conexión algo ineludible. En este relato de romance y misterio moderno, las revelaciones pendientes dictarán el rumbo de sus vidas. La historia profundiza en cómo este vínculo irrevocable, forjado entre sombras, determinará el destino final de ambos.
Capítulos
Compartir

Capítulo 3

Se quita uno de los guantes que trae puesto y es como ambos se estrechan las manos, ver a esa preciosa pelirroja que aún no cree que sea ella, pero que el señor Rolando afirmo respondiendo unas sencillas preguntas que hace un vecino, cuando le extraña ver movimiento en la casa vecina y ahora tenerla de frente, en pijama.

—Me llamo Olivia.

—Alejandro.

—Un gusto, tienes mucho tiempo viviendo en Leima.

—Desde niño y ¿Tú? Olivia.

—Estoy de visita.

Continuaban hablando un poco sobre Leima y sus lugares para conocer.

—Alejandro, ya me voy, regreso al rato.

—Miguel ven a saludar a nuestra vecina Olivia.

Es como ella ve al chico de antejos que vio ayer desde la ventana, sí que estaba alto, de ojos oscuros, cabello marrón rebelde, enseguida saludo a Olivia.

—Hola Olivia soy Miguel.

—Hola Miguel.

Ver a los dos ahí juntos, no evito que ella preguntara:

—Son ¿Hermanos?

—No, somos amigos Olivia, debo irme no quiero llegar tarde a la universidad, es un gusto, nos vemos. —dice Miguel al irse.

—No eres la primera que nos lo dice. —comenta Alejandro.

—Buenos días.

Los dos voltean y ven que es el señor Rolando.

—Buenos días. —saludan al unísono ambos.

—Bueno, debo irme, un gusto conocerte Alejandro. —le dice Olivia.

—Igual para mí, te veré después. —contesta Alejandro.

Ella asiente y la ve irse, él decide entrar a su casa dejando los guantes, Alejandro se encuentra llamando a su madre, está sonando el teléfono, ella no contesta para nada al enviar a buzón de voz que solo cuelga al decidir en hacerlo más tarde, deja su móvil en la cómoda, sube al segundo piso yendo a su habitación, se desnuda, ya hay entra al baño para darse una ducha.

Gusta alejar su celular de él por cualquier distracción, al ser que cuando trabajaba y se convirtió en una persona obsesionada de tener cualquier aparato electrónico como su teléfono, que siempre interrumpía las horas en cualquier momento, y provocaba en él un nerviosismo, estrés y obsesión al obtener algo de fama, se diría la cual no pudo resistir ni equilibrar a su beneficio.

Borra cualquier pensamiento de eso, pensando en Olivia, tanto tiempo sin haberla visto, aún recuerda la promesa que ha sido cumplida por amor, lo que le extraña es que ella no lo reconociera de quien es él, termina de bañarse, sale y se viste deprisa, al ser que debe ir a la tienda de abarrotes, sale de la casa y sube en su automóvil.

Olivia iba en su camioneta manejando, después de hablar con el señor Rolando quien se quedó trabajando en el jardín, ella se dirigía a varias tiendas, papelerías y demás que decidió ir a ver y comprar cosas, sabía que sería rápido, solamente se estaciono y entro a la primera papelería que llamo su atención.

Olivia nota que la señora la mira con mucha confianza, algo que ella ignora, continúa comprando algunas cosas de la tienda de abarrotes, donde hace unos momentos entro y se encuentra hay aún.

—Nunca olvido una cara, aunque la tuya no ha cambiado, aun reconozco a la niña Baquero.

—Lo siento, no la recuerdo.

—No lo sientas, eras muy chica, pero conocí a tus padres, siento mucho lo que les sucedió, mi nombre es Mónica.

Olivia mira a la señora de ojos negros, con esa sonrisa que muestra felicidad y en eso a su memoria viene un recuerdo corto.

—Usted, era quien siempre venía con su carrito de yogur.

La señora Mónica asiente.

—¿Cómo está usted? —pregunta ella.

—Bien hija.

—Me alegra.

—Cuanto te quedaras.

—Por algunos días, bueno debo irme.

—Claro, espero hayas ya visto a tu primo.

—Si ya, adiós señora Mónica.

Solo respondió al irse de esa tienda preguntarse a que primo se refería, al ser que el hijo de tía Carolina trabaja en la ciudad, ella solo subió a su camioneta y se fue a casa, sin tomar mucho interés a ese tema.

Alejandro aún se encontraba en la tienda atendiendo a las personas, mientras conversaba con uno y otro, en eso la señora Mónica de cabello corto oscuro no muy alta, pero algo gordita le dice a él:

—No sabía que tu prima había venido.

—Mi ¿Prima? —responde enseguida, porque realmente le sorprendió que se lo dijera.

—Si Alejandro, tu prima, no me vengas que por haber cambiado tus apellidos creas que ella ya no lo es, ella seguirá siendo tu prima y hace poco vino.

—No sabía que había venido, sé que es mi prima Mónica, pero ella solo viene de paso.

Iban a continuar hablando, cuando algunos más clientes entraron a la tienda.

Ya en casa, Olivia se encontraba ya en su trabajo hablando con su compañero, el señor Rolando, continuaba en el jardín, ella había ordenado un poco las cosas que compro, al ser que el día había comenzado sin ninguna novedad disfruta, pero Olivia, ya tenía planeado que hacer, después de trabajar bajaría al sótano que tenía la casa, pensando que algo hay debía a ver guardado.

—Señorita Olivia.

—¿Si? Rolando. —le dice ella sin dejar de teclear.

—Ya terminé.

Olivia detiene lo que estaba haciendo, al decidir ir con Rolando hasta el jardín, donde ve que ha compuesto la manguera y algunas otras cosas.

—Gracias señor Rolando.

—Tiene mi teléfono para cualquier cosa.

—Claro gracias.

Ambos se despiden, al volver ella a la casa y quedándose sola, volvió a su laptop, guardando lo que había hecho y la cerró, decidió ir hasta el sótano donde ahora se encontraba, al ser que ya era tarde, encendió la luz al ver cajas empacadas y escritas, algunos muebles cubiertos de tela, comienza a buscar y checar.

Alejandro se encuentra de nuevo en casa, volviendo a llamar a su madre, quien vive en la ciudad, mientras espera a que ella le conteste tiene el altavoz encendido, al hacer otras cosas.

—Bueno.

—Mamá.

—Alejandro ¿Cómo estás? —pregunta su madre.

—Bien mamá, quiero saber algo.

—Si hijo, dime.

No quería decirlo tan directo, solo averiguar la verdad de ello.

—Has visto a mi tía Edith y a mi tío Jorge.

Nota que su madre tarda un poco en contestar, a lo que decide decir:

—Alejandro, hace unos días ellos murieron por un accidente.

—¿Murieron?

—Si hijo, Fernando y yo estuvimos presentes en la misa, no puedo pensar como este tu prima.

—Veras mamá, ella está en Leima.

—Cómo crees.

—Así es mamá.

—Ya la viste.

—Sí, parece que ella no se acuerda de mí.

—Debes entender, ella muy chica dejo Leima.

—Pero ¿Porque no me dijiste? mamá de que ella vendría.

—Hijo como yo lo iba a saber, desde que tus tíos se fueron de Leima perdimos contacto, hasta que hace ya algunos días Olivia me contacto para invitarnos a la ceremonia de sus padres.

Alejandro solo mueve la cabeza.

—Ok mamá.

—Ella ¿Cómo está?

—Bien mamá, no se la verdad, no la he visto mucho y no sé cuánto se quede en Leima.

Aunque su madre no comenta mucho, decide ella preguntar:

—¿Qué tal la tienda?

—Muy bien mamá, mañana temprano llega un pedido.

—Qué bueno hijo, quiero saber la verdad.

—De ¿Qué? mami.

—La otra vez te llamé a casa y Miguel contesto, pero me comento que te han llamado y visitado tu jefe como compañeros de trabajo.

Alejandro mueve la cabeza, era cierto, últimamente ha tenido llamadas de su jefe, amigo y compañeros de trabajo, diciendo que es hora de volver al trabajo, ha recibido visitas de amigos y personas importantes en casa buscándolo, para que él regrese al trabajo, algo que simplemente niega en volver y ellos solo deciden despedirse y volver a la ciudad, sin él.

—Si mamá, es cierto, pero no me siento listo para volver.

—Lo respeto hijo, pero lo sabes yo siempre te apoyare.

—Lo sé mamá, y te lo agradezca mami.

Continuaron hablando por algunas horas más, hasta que vio llegar a su amigo Miguel, ambos se saludan al mover los labios diciendo:

—Mi mamá.

Miguel solo asiente, al subir por las escaleras.

—Bueno mami, debo cortar, Miguel ya llego y vamos a comer.

—Claro hijo, salúdame a Miguel y por favor cuídate, y ten cuidado.

Al principio se sacó de onda con lo último que dijo su madre, mas no hizo caso y solo se despidió, colgando el teléfono, de ahí subió las escaleras para ir a la habitación de Miguel, quien se encuentra acostado a la cama.

—Hola.

—Hola Ale.

—¿Tienes hambre? —pregunta él.

—Si.

—Entonces ven a ayudarme.

Miguel arquea la ceja, al asentir, los dos se encuentran bajando las escaleras, yendo a la cocina van hablando de todo.

—Entonces piensas presentar examen.

—No, estoy exento.

—Felicidades Miguel.

—Gracias y que prepararas para comer.

—Prepararemos unas sabrosas albóndigas con espagueti.

—Está bien.

Ambos empiezan a preparar, no era la primera vez que lo hacían, desde que se conocieron hicieron una buena mancuerna, al ser que a él lo conoció cuando comenzó a trabajar de mesero del restaurante en el que Alejandro trabajaba de chef, y repostero.

—Entonces hablaste con tu mamá.

—Si un poco, me dijo sobre lo que le dijiste.

—Es tu mamá, debía saberlo, ya te decidiste.

Niega con la cabeza.

—Debo cuidar el jardín, y desde que murió mi padre y mi mamá volvió a casarse, yo quise encargarme de la tienda.

—Te has quedado en Leima por mucho, dejando de ser el chef y repostero famoso, si hacemos cuentas casi tienes cinco años aquí, ya estas viejo.

Medio sonríe Alejandro, al recordar que sí, su vida fue agobiante en la que debía él mismo salvarse de la mejor forma, volviendo a su hogar donde creció, algo que agradece demasiado a su madre.

—Me dices viejo.

Los dos se molestan por un rato en lo que comen, en eso Miguel dice:

—Y Olivia, es la prima que te gustaba.

Escuchar esas palabras, lo hace sentir tímido al solo pensarlo.

—Aja.

—Piensas irla a ver de nuevo, o ignoraras que ella este aquí.

—Tal vez, no lo sé, estaré ocupado en la tienda.

Miguel conoce bien a su amigo y sabe bien que eso es un pretexto.

—Porque no solo le preparas una deliciosa pasta, tú me contaste que de niños la pasta le encantaba.

—No lo sé.

—Llévale lo que sobra del espagueti.

Alejandro lo mira negando con la cabeza. En eso terminan de comer, levantan la mesa y miran algo de televisión, al ser que el día de mañana que era viernes, muy temprano debían despertar ambos.

—Javier, lleven esto a los estantes de arriba. —ordena Alejandro.

Continúo trabajando en la tienda, esta vez Miguel por la mañana le comento que no llegaría a casa, al ser que sus amigos y él planearon ir al cine, esto lo hizo pensar en preparar aquella pasta de la que hablo su amigo.

Ahora se encuentra Alejandro frente a la puerta, ha tocado el timbre y escucha:

—¡Ya voy! —grita ella.

En eso la ve con un short y su sostén deportivo, ella se sorprende de verlo y que huela el aroma del espagueti con pequeñas albóndigas.

¡Sigue viendo!
¡La historia se está poniendo intensa! Cambia a la App para seguir leyendo
Desbloquear todos los episodios
Abrir el sitio web oficial

También te puede gustar

Portada de la novela A Plena Luz
7.9
Alma Serrano ha consolidado a Seré como un referente en la moda, ignorando que la mayor amenaza contra su imperio está en su propio hogar. Su esposo Tomás, aparentemente abnegado, es en realidad Leonel Duarte, el estratega de Theia Corp. Aunque se infiltró para destruir a su rival, el espionaje derivó en un sentimiento genuino que ahora lo atormenta. Mientras Alma intenta identificar al enemigo que busca hundirla, ignora que comparte su vida con él.
Portada de la novela Amo Al Hombre Sin Sangre
9.6
La vida perfecta de la protagonista se desmorona al descubrir que Ricardo y su hermanastra, Elena, conspiran para encerrarla en un psiquiátrico y arrebatarle a su bebé. Tras conocer que Elena también causó su aborto pasado, la ira la impulsa a huir de su cautiverio con apoyo externo. Ahora, con una ubicación clave y sed de venganza, inicia una peligrosa misión para rescatar a su hijo y aniquilar a quienes traicionaron su confianza de forma tan cruel.
Portada de la novela Amor Después de la Tormenta
8.5
Las cenizas de mi abuela estaban esparcidas por el lodo. La urna rota. El lugar profanado. La lluvia fría lavaba mi rabia, pero no la apagaba. Sabía quién lo había ordenado: Damián. Él solo quería controlarme, usar a los muertos para manipular a los vivos. Mi teléfono vibró con su nombre. "¿Ya lo viste, León?" Mateo, su hombre de confianza, sonaba tenso. Apenas pude susurrar: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué mi abuela?" Él respondió: "Damián dice que tienes que volver." Me reí, una risa horrible. "¿Y así me lo pide?" Me amenazó: si no volvía "por las buenas" , mi abuela nunca tendría un entierro digno. Tuve que aceptarlo. Subí al auto negro que me envió su abogado. Mi regreso, sin embargo, llegó demasiado tarde. En el coche, una enfermera me dio la noticia: "Tu abuela… no lo logró." Damián estaba esperándome, impaciente. Le dije con la voz hueca: "Mi abuela… acaba de morir." Su respuesta me heló la sangre: "Era de esperarse. Si te hubieras portado bien, habrías estado con ella." La furia me cegó. Lo encaré, gritándole que él me había chantajeado. Me arrastró a la casa, me encerró en mi habitación. Entonces, Isabela, su amante, apareció, vestida de blanco. "Pobre Leoncito," dijo con voz empalagosa. "Damián dice que te mantuvo cerca porque tus ojos se parecen a los míos. Eres mi copia barata." Luego añadió: "Y lo de tu abuela… Damián dice que es una bendición. Ahora puedes concentrarte en él. O bueno, en nosotros." Enloquecí. Me lancé sobre ella. Damián entró furioso, me arrojó contra la pared. "¡No te atrevas a tocarla!" rugió, antes de golpearme brutalmente. Me dejó allí, sangrando, mientras consolaba a Isabela. Desperté golpeado, solo. Damián me obligó a acompañarlo a una gala, a fingir que todo estaba bien. Allí, vi a Isabela con la pulsera de turquesas de mi abuela. Fue la gota que derramó el vaso. Me desplomé, avergonzado y humillado. Cuando volví en mí, fui a donde Isabela dormía y vi la pulsera en su mesita de noche. Traté de recuperarla, pero Damián apareció. Me arrebató la pulsera. "¡Ya no tienes nada, León! Todo lo que eres, me pertenece." Me arrastró hasta el balcón sobre el acantilado. Lanzó la pulsera al abismo. "¡Te la daré, entonces!" Sin pensarlo, salté. El impacto fue brutal. Lo último que vi fue a Damián volviéndose hacia Isabela, la puerta del balcón cerrándose. Me había abandonado a morir. Pero no morí. Fui hallado por Ángel, un guardián de las tierras de mi abuela, y por su joven primo, Javier. Ellos me salvaron, me cuidaron, y juntos forjamos una nueva verdad. Con la ayuda de Javier, engañamos a Damián para que creyera que yo estaba muerto. Pusieron la llave del apartamento de mi abuela en un cuerpo no identificado, y Damián lo creyó. Él empezó su propio infierno. Su mundo se derrumbó. Comenzó a obsesionarse con la idea de que yo estaba vivo. Isabela, por su parte, empezó a enfermar, a consumirse misteriosamente. Un día, Mateo le reveló a Damián la verdad sobre Isabela: ella profanó la tumba de mi abuela, ella me provocó. Damián se dio cuenta de su ceguera, de su crueldad. Un año después, él me encontró. En el bosque, ante las flores de luna que señalaban mi presencia. Vino a pedir perdón, a implorar mi regreso. Pero ya era tarde. "No, no has cambiado," le dije. "Solo te quedaste sin juguetes y viniste a buscar el que rompiste." Cuando le dije que se fuera para siempre, Damián se arrodilló, destrozado. Pero la costumbre tiró más fuerte. Cuando Mateo lo llamó, diciéndole que Isabela estaba muriendo, Damián se marchó. Le di un frasco para Isabela. "No la curará," le dije, "pero detendrá la enfermedad. Su sufrimiento te mantiene atado a ella. Mi paz lo merece." Cerré la puerta. Esta vez, para siempre. Damián se fue. Intentó buscarme, enviarme regalos que siempre eran devueltos. Su imperio se desmoronó. Cinco años después, murió, solo, ahogado en su propio arrepentimiento. Yo construí una nueva vida con Ángel y Javier. Nos casamos, tuvimos una hija, Luna. Un día, Luna preguntó sobre una foto mía de joven que encontré en un viejo anuncio de "persona desaparecida" de Damián. "Nadie importante, mi amor," le dije. "Solo un viejo fantasma." El pasado estaba enterrado. El futuro, finalmente, era mío.
Portada de la novela Discapacidad Fingida Del Astuto
9.6
Pedro Rodríguez, conocido como El Astuto, simula una invalidez tras un accidente para supervisar El Imperio, su propia organización. La crisis estalla cuando su esposa Sofía y su amigo Ricardo declaran el control total del grupo. Al encararlos desde su silla de ruedas, Pedro revela una realidad devastadora: sus allegados sostienen un romance oculto y pretenden arrebatarle su legado. Ante tal deslealtad, debe afrontar la inminente destrucción de su mundo.
Portada de la novela El billonario que perdió su sol
8.5
La vida de la protagonista se desmorona en plenos preparativos de su compromiso. Salvador Moretti, su prometido, la engaña para viajar a Aspen con Sofía, cuyo perro hiere de gravedad a la madre de la joven. Ante la tragedia, Salvador elige consolar a su amante. Tras el deceso de su madre y la traición, ella recurre a su padre, el capo Don Mateo Costello. Su plan no es la violencia física, sino borrar su rastro y aniquilar socialmente a quien la humilló.
Portada de la novela El Fénix y Su Corazón Roto
8.8
La vida del joven apodado Fénix se desmorona cuando Laura Pérez lo acusa falsamente, arrebatándole su beca y provocando la muerte de su padre. Tras descubrir que Laura y Alejandro orquestaron la tragedia, sufre un ataque brutal que debería ser el final. No obstante, despierta misteriosamente en el pasado, justo al inicio del engaño. Con el conocimiento de su destino previo, buscará justicia y venganza contra quienes destruyeron su futuro y su familia.