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Portada de la novela El Vientre Robado

El Vientre Robado

Tras cinco años casada con Mateo Vargas, Isabela Rojas descubre una verdad devastadora: su marido permitió que le extirparan el útero mediante engaños para dárselo a Valeria Montes, quien gestará a sus herederos. Sometida a maltratos y peligros constantes, Isabela decide transformar su sufrimiento en una venganza letal. Con grabaciones y evidencias sólidas, iniciará una batalla implacable para hundir a Mateo y recuperar su honor frente a la traición.
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Capítulo 2

Isabela y Mateo llevaban cinco años de casados.

Tenían un acuerdo: no tendrían hijos.

Mateo le había mostrado a Isabela un documental sobre los peligros del parto.

Él dijo que estaba traumatizado. Isabela le creyó.

Vivían en una lujosa casa en La Calera, a las afueras de Bogotá.

Una tarde, Mateo llegó a casa con dos niños.

Eran gemelos, un niño y una niña, de unos cinco años. Leo y Luna.

"Los he adoptado," anunció Mateo, su voz llena de una falsa solemnidad.

"Sus padres murieron trágicamente. Eran amigos míos."

Isabela lo miró, confundida.

"Quiero que los críes como si fueran tuyos, Isabela. Serán los herederos del imperio Vargas."

Isabela sintió un torbellino de emociones.

Sorpresa. Confusión. Una extraña punzada de esperanza.

Quizás Mateo había cambiado de opinión sobre tener hijos.

Quizás esto era una señal.

Pensó que, si Mateo ahora aceptaba niños en casa, tal vez aceptaría intentar tener hijos biológicos.

Movida por esta idea, Isabela pidió una cita en una prestigiosa clínica de fertilidad en Bogotá.

Quería saber si aún estaba a tiempo.

Unos días después, estaba sentada frente al ginecólogo, un hombre mayor de aspecto amable.

El médico revisaba su historial con el ceño fruncido.

"Señora Rojas," dijo el ginecólogo, su voz teñida de incredulidad.

"Según estos informes, su útero fue extirpado hace cinco años."

Isabela sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

"¿Qué?" logró susurrar.

"Sí," continuó el médico, mostrándole unos papeles. "Fue durante una intervención menor para tratar unos quistes ováricos benignos. Aquí dice que su esposo, el señor Vargas, dio el consentimiento y solicitó anestesia general para usted."

El médico la miró con compasión.

"Dijo que usted le temía mucho al dolor."

Isabela se quedó helada.

Recordó esa cirugía. Unos supuestos quistes.

Mateo había insistido en la anestesia general.

"No quiero que sufras, mi amor," le había dicho con ternura.

Ella había confiado en él. Ciegamente.

Ahora, las palabras del médico resonaban en su cabeza como un martillo.

"Útero extirpado."

Salió de la clínica como una autómata.

El mundo a su alrededor parecía borroso, irreal.

Llegó a casa. La casa se sentía fría, vacía, a pesar de la presencia de los niños y las niñeras que Mateo había contratado.

Esa noche, no pudo dormir.

Las palabras del médico, los recuerdos de la cirugía, la llegada de los niños... todo se mezclaba en una pesadilla.

Se levantó y caminó por la casa oscura.

Oyó voces provenientes del estudio de Mateo.

Se acercó con sigilo.

Era Mateo, hablando con su hermana Carmen.

"Isabela no debe saber la verdad completa," decía Mateo en voz baja pero firme.

"¿La verdad completa?" pensó Isabela, con el corazón encogido.

"Entiende, Carmen, tenía que hacerlo," continuó Mateo. "Isabela le temía demasiado al parto. Le evité ese sufrimiento."

Isabela sintió náuseas.

"Y Valeria... Valeria necesitaba un útero. Era la hija de un socio de papá, le debía un favor enorme. Además, ella supuestamente padece una enfermedad terminal y quería ser madre antes de morir."

Valeria. ¿Quién era Valeria?

"Así que tu útero, el de Isabela, fue trasplantado a Valeria Montes," explicó Carmen, con un tono de voz que revelaba su incomodidad y remordimiento. "Los niños, Leo y Luna, son hijos tuyos y de Valeria."

Isabela se apoyó contra la pared, sintiendo que las piernas le fallaban.

Su útero. Trasplantado.

Sus hijos. No, los hijos de Mateo y otra mujer.

Criados con su útero.

La justificación de Mateo la golpeó con la fuerza de un tren.

"Valeria necesitaba un útero para darme herederos. Herederos para el imperio Vargas."

Isabela escuchó a Mateo continuar, su voz desprovista de cualquier emoción que no fuera un frío cálculo.

"Isabela es una buena mujer. Criará bien a los niños. Pensará que son adoptados. Y cuando Valeria muera, porque su enfermedad es terminal, los niños ya estarán integrados. Nadie sospechará nada."

Isabela sintió una oleada de ira y dolor tan intensa que casi la ahoga.

Se tapó la boca para no gritar.

Regresó a su habitación, o lo que antes consideraba su habitación.

Ahora se sentía como una prisión.

Miró a su alrededor. Las fotografías de sus viajes con Mateo. Cartagena, San Andrés, el Cañón del Chicamocha.

Sus sonrisas. Sus abrazos.

Todo era una farsa. Una mentira monstruosa.

Abrió la chimenea.

Comenzó a arrojar las fotografías al fuego.

Los recuerdos, las promesas, los besos.

Todo se convertía en cenizas.

Igual que su amor. Igual que su vida.

Al día siguiente, Mateo actuó con una normalidad escalofriante.

"Isabela, mi amor," dijo con una sonrisa encantadora. "Hoy vendrá Valeria Montes a instalarse con nosotros por un tiempo. Ya sabes, la hija del socio de papá. Está muy enferma y necesita cuidados. Además, así podrá estar cerca de los niños, a quienes les tiene mucho cariño."

Isabela lo miró, sus ojos vacíos de cualquier emoción.

Valeria Montes. La mujer que llevaba su útero. La madre de los hijos de Mateo.

La invasión había comenzado.

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