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Portada de la novela El Vientre Robado

El Vientre Robado

Tras cinco años casada con Mateo Vargas, Isabela Rojas descubre una verdad devastadora: su marido permitió que le extirparan el útero mediante engaños para dárselo a Valeria Montes, quien gestará a sus herederos. Sometida a maltratos y peligros constantes, Isabela decide transformar su sufrimiento en una venganza letal. Con grabaciones y evidencias sólidas, iniciará una batalla implacable para hundir a Mateo y recuperar su honor frente a la traición.
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Capítulo 3

Valeria Montes llegó esa misma tarde, acompañada de una enfermera y un séquito de maletas.

Era alta, esbelta, con una belleza frágil que parecía acentuada por su supuesta enfermedad.

Los niños, Leo y Luna, corrieron hacia ella en cuanto la vieron.

"¡Mamá!" gritaron al unísono, abrazándose a sus piernas.

Valeria les sonrió con dulzura, una dulzura que a Isabela le pareció artificial y calculada.

Mateo observaba la escena con una expresión de satisfacción mal disimulada.

"Isabela, querida, parece que los niños ya le han tomado mucho cariño a Valeria," comentó, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Isabela no dijo nada.

Se sentía como una extraña en su propia casa.

Los días siguientes fueron una tortura.

Valeria se movía por la casa con la autoridad de una dueña.

Daba órdenes a los empleados, reorganizaba los muebles, elegía los menús.

Isabela se retiró a su estudio de arquitectura, un pequeño espacio que había acondicionado en el segundo piso.

Era su único refugio.

Una mañana, durante el desayuno, Luna, la gemela, miró a Isabela con unos ojos llenos de una malicia impropia de su edad.

"Quiero mangostanes," exigió, señalando un frutero. "Y quiero que tú me los peles."

Los mangostanes eran frutas exóticas, deliciosas pero difíciles de pelar sin mancharse las manos con su jugo morado.

Isabela la miró, sorprendida por el tono imperativo de la niña.

Antes de que pudiera responder, Mateo intervino.

"No, no, mi princesita," dijo, acariciando el cabello de Luna. "Isabela tiene manos muy delicadas, son manos de arquitecta. No podemos permitir que se manche. Yo te los pelaré."

Mateo tomó un mangostán y lo peló con destreza, ofreciéndoselo a Luna.

Valeria observaba la escena con una sonrisa apenas perceptible, pero sus ojos lanzaban dagas de odio disimulado hacia Isabela.

Isabela sintió una punzada de humillación.

Mateo la estaba tratando como a una muñeca inútil, mientras elevaba a Valeria y a sus hijos.

Más tarde ese día, Isabela estaba en su estudio cuando Valeria entró sin llamar.

Llevaba puesto uno de los vestidos de seda favoritos de Isabela.

"Este vestido te queda un poco grande, ¿no crees?" dijo Valeria, mirándose en un espejo. "A mí me sienta perfecto."

Isabela apretó los puños.

"¿Qué quieres, Valeria?"

Valeria se paseó por el estudio, tocando los planos, los libros.

Sus ojos se posaron en una pequeña caja de terciopelo sobre el escritorio de Isabela.

"¿Qué es esto?" preguntó, tomándola.

Antes de que Isabela pudiera detenerla, Valeria abrió la caja.

Dentro había un rosario de filigrana de Mompox.

Era un objeto muy preciado para Isabela. Lo había comprado en una peregrinación años atrás, antes de conocer a Mateo.

Representaba su fe, sus tradiciones, una parte íntima de su ser.

Mateo lo sabía. A veces, él mismo lo tomaba y lo llevaba consigo, diciendo que le traía paz.

"Qué bonito," dijo Valeria, con un tono de voz que a Isabela le pareció burlón. "¿Es tuyo?"

"Sí," respondió Isabela, conteniendo la rabia. "Devuélvemelo."

Valeria sonrió. "Mateo solía llevarlo, ¿verdad? Decía que era como llevar un pedacito de ti con él."

Isabela sintió un escalofrío.

El rosario había desaparecido de su joyero hacía unas semanas.

Lo había buscado por todas partes, sin éxito.

Ahora entendía.

Valeria jugueteó con el rosario entre sus dedos, mirándolo con una expresión lasciva.

Luego, se lo guardó en el bolsillo del vestido.

"Creo que me lo quedaré un tiempo," dijo, con una sonrisa triunfante. "A Mateo le gustará verme con él."

Esa noche, Isabela no pudo soportarlo más.

Vio a Mateo y Valeria subir juntos a la que había sido su habitación matrimonial.

Escuchó sus risas, sus susurros.

Sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.

Más tarde, cuando la casa estaba en silencio, Isabela caminó por el pasillo.

Algo en el suelo, cerca de la puerta de su antiguo dormitorio, llamó su atención.

Era su rosario de filigrana.

Estaba tirado, como un objeto sin valor.

Isabela lo recogió.

Estaba manchado. Manchado con fluidos corporales.

Un olor nauseabundo emanaba de él.

Isabela sintió una oleada de asco y furia.

Corrió al baño y vomitó.

Lavó el rosario una y otra vez, pero la mancha, la profanación, seguía allí, imborrable en su mente.

Ese fue el punto de quiebre.

La traición de Mateo era total. La humillación de Valeria, insoportable.

Ya no había amor. Solo cenizas.

Y un deseo creciente de justicia.

Al día siguiente, Isabela tomó una decisión.

Contactó en secreto al Dr. Ramírez, un abogado famoso por su astucia y eficiencia.

Le contó todo. La histerectomía sin su consentimiento. El trasplante de su útero. Los hijos de Mateo y Valeria. Las humillaciones.

El Dr. Ramírez la escuchó con atención, su rostro impasible.

"Señora Rojas," dijo al final, "esto es más que un divorcio. Esto es un crimen."

Isabela asintió.

"Quiero el divorcio," dijo, su voz firme. "Quiero recuperar mis bienes. Y quiero desaparecer de la vida de Mateo Vargas para siempre."

El Dr. Ramírez sonrió levemente.

"Será un placer ayudarla, señora Rojas."

Isabela también contactó a una firma de seguridad y contrainteligencia.

Necesitaba protección. Necesitaba pruebas.

La guerra había comenzado.

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