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Portada de la novela El Vientre Plano: Un Corazón Roto

El Vientre Plano: Un Corazón Roto

Después de años de sacrificios y costosos tratamientos para ser padre, mi mundo se hizo añicos en un instante. Al llegar al hospital para el parto, descubrí que mi esposa Sofía ya no estaba embarazada y se encontraba con Javier, su antiguo amor. Ella admitió haber abortado por una superstición para salvarlo a él. En medio de un millonario fraude bancario y la traición, inicio un divorcio buscando justicia contra la mujer que destruyó mis sueños.
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Capítulo 2

El teléfono sonó justo cuando Ricardo Mendoza terminaba de revisar los últimos planos del día. En su mente, ya no estaba en la oficina de arquitectura, sino en el cuarto que con tanto esmero había preparado. Las paredes pintadas de un azul cielo, la pequeña cuna de madera con un móvil de guitarritas y sombreros de mariachi. Su "bebé mariachi", así lo llamaban todos en la familia. Una cosita que había tardado años en llegar, tres rondas de Fecundación In Vitro que los dejaron agotados y casi sin ahorros, pero que al final les había dado la mayor alegría de sus vidas.

Sofía, su esposa, ya tenía seis meses de embarazo. Seis meses de felicidad pura, de ver su vientre crecer, de sentir las primeras pataditas. La sonrisa de Ricardo era permanente.

Contestó el teléfono, esperando la voz de Sofía para decirle qué quería de cenar.

"¿Bueno?"

Pero no era ella. Era la voz de una amiga de Sofía, sonaba agitada, casi sin aliento.

"Ricardo, soy yo, Valeria. Tienes que venir al hospital Ángeles. Es Sofía".

El mundo de Ricardo se detuvo. Los planos sobre su escritorio se volvieron borrosos.

"¿Qué pasó? ¿Está bien? ¿El bebé está bien?"

Hubo un silencio al otro lado de la línea que se sintió como una eternidad helada.

"Solo ven, Ricardo. Rápido".

Colgaron. Ricardo no recogió nada. Salió corriendo de la oficina, empujando a un colega sin disculparse, sin escuchar las preguntas que le lanzaban a su espalda. El trayecto al hospital fue una tortura. Cada semáforo en rojo era un golpe en el pecho. En su mente, solo había una pregunta repetida mil veces: ¿Qué pasó? No podía ser nada malo. No después de tanto esfuerzo, de tanta esperanza. Se negaba a aceptarlo. Era un malentendido, una falsa alarma. Sofía probablemente se sintió mal, un mareo, nada más.

Llegó al hospital y corrió a la recepción. Le dijeron el número del cuarto. Subió por las escaleras, de dos en dos, ignorando el elevador. Su corazón latía con una fuerza brutal en sus oídos.

Encontró el cuarto. La puerta estaba entreabierta. Empujó y entró.

La imagen lo congeló en el umbral.

Sofía estaba sentada en la cama. Estaba vestida con su ropa normal, no con una bata de hospital. Su vientre, que esa mañana era un bulto redondo y firme lleno de vida, ahora estaba plano. Vacío.

Y al lado de la cama de Sofía, en otra cama, estaba un hombre. Un hombre que Ricardo reconoció al instante con una punzada de viejo resentimiento. Javier. El exnovio de la universidad de Sofía. Tenía una pierna enyesada y varios raspones en la cara.

Ricardo miró a Sofía, luego a su vientre plano, y de nuevo a Sofía. No entendía. No quería entender.

"Sofía... ¿dónde está el bebé?"

Su voz salió como un susurro roto.

Sofía levantó la vista. No había lágrimas en sus ojos. Su expresión era extrañamente serena, casi fría.

"Tuve que interrumpir el embarazo".

Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se apoyó en el marco de la puerta para no caer.

"¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Hubo una complicación? ¿El doctor dijo...?"

"No hubo ninguna complicación médica, Ricardo".

Lo interrumpió ella, su voz cortante. Se levantó de la cama y se acercó a Javier para ajustarle la almohada. Ricardo observó la escena, incrédulo. Ella le daba la espalda, atendiendo al otro hombre.

"No entiendo, Sofía. Explícame".

Ella se giró finalmente para mirarlo, y su mirada era de fastidio.

"Javier tuvo un accidente. Se cayó de una escalera. Si yo seguía con el embarazo, el bebé le iba a traer mala suerte. Iba a empeorar su situación".

Ricardo parpadeó. Escuchó las palabras, pero su cerebro no podía procesarlas. Sonaba a locura. A una broma cruel y sin sentido.

"¿Mala suerte? Sofía, ¿qué estás diciendo? ¡Es nuestro hijo! ¡Nuestro bebé mariachi!"

Su voz se quebró al pronunciar el apodo que con tanto amor le habían puesto.

"No hagas un escándalo aquí, Ricardo", dijo ella en voz baja pero firme, señalando con la cabeza a Javier, quien dormitaba. "Lo vas a despertar. Ya bastante ha sufrido".

La frialdad de sus palabras fue peor que un golpe. Ricardo sintió una oleada de ira y dolor tan intensa que lo dejó temblando. Se acercó a ella, sin importarle ya Javier ni nada más.

"¿Un escándalo? ¡Acabas de matar a nuestro hijo por una superstición estúpida sobre tu exnovio! ¿Y te preocupa que yo haga un escándalo?"

"No lo maté. Simplemente no era su momento. El universo me dio una señal".

"¡No fue el universo, Sofía! ¡Fuiste tú! ¡Tú tomaste la decisión!"

La miró, buscando un rastro de la mujer que amaba, un atisbo de arrepentimiento, de dolor. No encontró nada. Solo una determinación fría y una devoción incomprensible hacia el hombre que yacía en la otra cama. Se sintió como un extraño, un intruso en una historia que no era la suya. El cuarto de hospital, con su olor a antiséptico, se convirtió en la tumba de todos sus sueños. El amor que sentía por ella se hizo añicos, dejando solo un vacío helado y una pregunta que le quemaba el alma: ¿quién era realmente la mujer con la que se había casado?

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