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Portada de la novela El Vientre Plano: Un Corazón Roto

El Vientre Plano: Un Corazón Roto

Después de años de sacrificios y costosos tratamientos para ser padre, mi mundo se hizo añicos en un instante. Al llegar al hospital para el parto, descubrí que mi esposa Sofía ya no estaba embarazada y se encontraba con Javier, su antiguo amor. Ella admitió haber abortado por una superstición para salvarlo a él. En medio de un millonario fraude bancario y la traición, inicio un divorcio buscando justicia contra la mujer que destruyó mis sueños.
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Capítulo 3

Conducir de regreso a casa fue como moverse a través de un sueño pesado y oscuro. Ricardo no recordaba el camino, solo el movimiento autómata de sus manos en el volante y el peso insoportable en su pecho. Cada calle, cada edificio, parecía burlarse de él, recordándole la vida feliz que tenía apenas unas horas antes.

Abrió la puerta de su casa y el silencio lo golpeó. Un silencio que antes era paz y ahora era ausencia. Sus ojos se dirigieron inmediatamente al pequeño cuarto al final del pasillo. La puerta estaba abierta. Entró como un sonámbulo.

Ahí estaba todo. La cuna con el móvil de mariachis. La pared azul cielo. La pequeña cómoda con ropita de bebé doblada, tan pequeña que parecía de juguete. Un osito de peluche con un sombrero charro que su madre le había regalado al bebé. Todo esperaba a alguien que ya nunca llegaría.

Ricardo se acercó a la cuna y tocó una de las guitarritas de madera. El móvil giró lentamente, sin música, en el silencio opresivo del cuarto. Se derrumbó. Cayó de rodillas y el llanto que había contenido en el hospital brotó con una violencia que le sacudió todo el cuerpo. Era un llanto animal, un aullido de pura pérdida.

No supo cuánto tiempo estuvo así, arrodillado en el suelo del cuarto vacío, hasta que sintió una mano en su hombro. Era su madre. Había entrado sin que él la sintiera.

"Hijo, ¿qué pasa? Te llamé y no contestabas. Vine a ver si todo estaba bien".

La cara de su madre era un mapa de preocupación. Ricardo se levantó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. No sabía cómo decirlo. ¿Cómo se le dice a una abuela ilusionada que su nieto ya no existe?

"Mamá..."

Su voz era un hilo.

La mirada de la mujer pasó de la cara de su hijo al cuarto. Vio la cuna, la ropa, y luego miró a Ricardo de nuevo, buscando a Sofía.

"¿Y Sofía? ¿Dónde está? ¿Pasó algo con el embarazo? ¿Por eso lloras?"

Ella pensó lo peor, una complicación, una pérdida trágica e inevitable. En cierto modo, era más fácil de aceptar.

Ricardo no pudo mentirle. No a ella. Pero tampoco pudo decir la verdad completa. Era demasiado monstruosa.

"El bebé... ya no está, mamá".

El rostro de su madre se descompuso. Se llevó una mano al pecho, buscando aire.

"Ay, Dios mío. ¿Pero cómo? ¿Qué pasó, mi hijito? ¿Sofía está bien?"

"Ella está bien. Está... en el hospital".

"¿Pero qué le pasó al niño? ¿Fue un accidente?"

Ricardo tragó saliva. El peso de la verdad lo aplastaba. Proteger a Sofía era un instinto, el último vestigio del hombre que había sido esa misma mañana.

"Sí, mamá. Hubo... complicaciones. Los doctores no pudieron hacer nada".

Era una mentira a medias, pero se sentía como una traición a su propio dolor.

Su madre lo abrazó fuerte, llorando con él. Era un consuelo amargo, porque él sabía que el dolor de ella se basaba en una mentira. Estaban de luto por una tragedia, pero él estaba de luto, además, por una traición incomprensible.

Más tarde esa noche, Sofía llegó a casa. Entró como si nada, como si volviera de hacer las compras. Vio a la madre de Ricardo sentada en el sofá, con los ojos hinchados.

"Buenas noches, suegra".

La madre de Ricardo se levantó lentamente. Su dolor se había transformado en una furia fría.

"¿Cómo te atreves a entrar a esta casa? ¿Cómo te atreves a mirarme a los ojos?"

Sofía pareció sorprendida.

"No sé de qué habla".

"Ricardo me lo contó todo", mintió la madre, su voz temblando de rabia. "Sé lo que hiciste. Sé que no fue un accidente. Tú lo decidiste".

Sofía miró a Ricardo, acusándolo con los ojos.

"Le contaste".

"No le conté la razón", dijo Ricardo, sintiéndose atrapado entre las dos.

"¡No necesito saber la razón!", gritó su madre. "¡Sacaste a mi nieto de tu cuerpo! ¡Lo tiraste a la basura! ¡O te vas tú de esta casa o se va mi hijo contigo, pero no voy a permitir que sigas aquí, profanando el recuerdo de ese angelito!"

Era un ultimátum. Ricardo miró a Sofía, esperando una reacción, una disculpa, algo. Pero ella solo lo miró con resentimiento.

"Tu madre está haciendo un drama".

Esa noche, mientras su madre dormía en el cuarto de huéspedes, Ricardo se sentó en la sala a oscuras. Pensó en todos los años con Sofía. En cómo él siempre cedía. Él pagó la boda que los padres de ella querían y no podían costear. Él renunció a una oferta de trabajo en el extranjero porque ella no quería mudarse. Él pagó los tres carísimos tratamientos de FIV porque el sueño de ella era ser madre, o eso le había hecho creer.

Y ahora se daba cuenta. Quizás el sueño no era ser madre. Quizás todo había sido una fachada. Él siempre había sido el proveedor, el que resolvía, el que amaba por los dos. Se había cegado a sí mismo, construyendo una fantasía de amor recíproco.

De repente, lo entendió con una claridad dolorosa. No había sido un sacrificio por una superstición. Eso era solo una excusa absurda. La verdad era mucho más simple y mucho más cruel. Para Sofía, Javier siempre había sido más importante. Más importante que él. Más importante, incluso, que el hijo que llevaba en su vientre. La ilusión se había roto para siempre.

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