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Portada de la novela EL VICIO DE GRECO

EL VICIO DE GRECO

Greco Leone, sucesor de un potente dominio delictivo europeo, combina su porte sofisticado con una naturaleza implacable. Su existencia, marcada por traumas previos, da un giro tras conocer a Arianna, una misteriosa bailarina, en un evento secreto. A pesar de su inocencia ante el crimen organizado, ella termina envuelta en una espiral de deseo y riesgo. Entre lujos, engaños y conflictos de mando, su conexión deriva en una peligrosa obsesión de consecuencias inciertas.
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Capítulo 1

✨ Nota de la autora ✨

La historia de El vicio de Greco puede llegar a sentirse un poco confusa en algunos capítulos, ya que en ciertos momentos se presenta un efecto de déjà vu, donde algunas situaciones o emociones pueden parecer repetidas.

Esto ocurre solo en una ocasión puntual dentro de la narrativa.

Ofrezco una sincera disculpa si esto llega a generar confusión durante la lectura. Agradezco profundamente su comprensión y el tiempo que dedican a sumergirse en la historia de Greco. 🤍

Gracias por acompañarme en este viaje.

— Camila Ceballos

***

El despacho de Greco Leone no tenía ventanas. Las vistas eran un lujo para los hombres que soñaban con escapar. Él no soñaba. Planeaba. Calculaba. Gobernaba.

Las paredes estaban cubiertas de madera oscura, casi negra, y en una vitrina de cristal, junto al escritorio, descansaba una colección de relojes antiguos que marcaban zonas horarias que ya no importaban. El tiempo, para Greco, era solo una herramienta para medir la lealtad. Sentado tras el escritorio, Greco hojeaba un expediente con la calma de quien ya había decidido el destino del hombre al que pertenecía. No leía por necesidad, sino por cortesía.

-Sabes ¿cuál fue su error? -preguntó sin levantar la vista.

Dante Moretti, de pie frente a él, con los brazos cruzados y la mirada de un lobo enjaulado, respondió sin dudar:

-Creer que podía hacer negocios con los rusos sin que nosotros nos enterráramos.

Greco ascendió, cerrando el expediente.

-Exacto. Y cuando un perro muerde la mano que le da de comer...

-Se le arranca la mandíbula -completó Dante.

Ambos sonrieron. Un humor oscuro, seco. El único tipo de risa que no era una debilidad.

Dante Moretti era más que un brazo ejecutor. Era la sombra detrás del trono, el susurro antes del disparo. Un hombre nacido en Nápoles, criado entre ruinas y pólvora. Su presencia llenaba la habitación con la gravedad de una tormenta. Su fidelidad a Greco no venía del miedo, sino de un código que ambos entendían sin palabras. Greco se puso de pie. La camisa de seda negra se abría ligeramente sobre los tatuajes de los leones, ahora tensos bajo la piel como si también olieran la traición.

-Llévalo al muelle. Que vea el mar por última vez. -Pausó, pensativo-. Pero no lo compañeros todavía. Quiero saber a quién más le vendió información.

Dante ascendió y se dio media vuelta, pero Greco lo detuvo.

-Y Dante...

-¿Sí, capo?

-Hazlo hablar. Como solo tú sabes.

Cuando Dante salió, Greco se quedó solo, mirando el cristal de la vitrina donde su reflejo aparecía fragmentado por las esferas de los relojes. A veces se preguntaba quién era realmente: el joven que una vez tuvo miedo, o el hombre al que el miedo ahora obedecía.

--

La vida de Greco no comenzó con poder. Comenzó con sangre. Su padre, Vincenzo Leone, había sido un capo menor en Palermo, asesinado a plena luz del día en una barbería para negarse a traicionar a su familia. Greco, con apenas quince años, limpió la sangre de su padre con las manos desnudas. No lloró. Solo memorizó los rostros de los que miraban sin hacer nada.

A los diecisiete, ya había matado por primera vez. A los veintitrés, tomó el control del puerto de Salerno. A los treinta, las cinco familias le temían más de lo que lo respetaban.

-Tu problema -le dijo una vez un viejo capo romano- es que no haces aliados. Haces cementerios.

Greco no respondió. Porque tenía razón.

---

Horas después, Dante regresó al despacho. La chaqueta estaba salpicada con algo que no era vino. Llevaba los nudillos marcados, como de costumbre.

-Habló -dijo, dejando una grabadora sobre el escritorio. Greco la encendió. La voz que emergía era temblorosa, quebrada, como una campana rota."...dije lo que querían oír... solo querían nombres... les dije lo de Tomasso, lo de Gianni... te juro que no hablé de tu hermano, Greco..."

Pausa. Un sonido húmedo. Un grito. Greco apretó los dientes.

-¿Gianni también?

-Si. Él filtra rutas marítimas hace un mes. Estaban armando algo grande con los albaneses. Quizás para quitarte Civitavecchia.

El silencio fue peso como el humo de un cigarro.

-Mátalos a todos -ordenó Greco, sin cambiar el tono.

-¿Incluido Gianni?

-Especialmente a Gianni.

Dante ascendió. Sabía que los vínculos de sangre eran secundarios cuando la traición se cruzaba con el negocio.

-Quiero una limpia total. Nada de mensajes ambiguos. Que cada cuerpo que flote lleva una marca clara: la cabeza envuelta en la bandera blanca de rendición.

-¿Y la policía?

Greco sonrió.

-El comisario D'Amico vendió su silencio hace años. Solo necesita que le recordemos cuántos ceros tenía su último sobre.

---

Esa noche, Greco se encerró en su apartamento privado sobre el casino "Il Leone Nero". Solo Dante tenía acceso sin tocar la puerta. Se sirvió un whisky y caminó hacia el balcón.

Desde allí, podía ver el golfo de Nápoles, con las luces parpadeando como fuegos fatuos sobre las aguas negras. El mundo dormía. Pero él no.

El vicio de Greco no era el poder, ni el dinero, ni siquiera la sangre.

Era el control.

Sobre su entorno, sobre sus enemigos, sobre sus propias emociones. Había aprendido a reprimir el miedo, el deseo, incluso el amor. Todo era negociable. Todo tenia precio.

---

Dante regresó a la madrugada, cubierto por una gabardina y un cansancio que no era físico.

-Está hecho -informó, sin necesidad de detalles.

Greco lo miró. Lo conocí demasiado bien.

-¿Cuántos?

-Siete. Pero Gianni suplicó más que los demás. Eso me jodió un poco.

Greco no respondió. Solo ascendiendo, tragándose el dolor como otro trago de whisky barato.

-Quiero que esta noche todos hablen de esto, Dante. Quiero que cada mesa, cada callejón, cada iglesia sepa que ser hermano mío no es salvación si se traiciona la lealtad.

-Así será, capo.

---

Al amanecer, el cuerpo de Gianni flotaba cerca del puerto. Tenía una flor blanca en la boca. Una vieja costumbre que Greco había rescatado del folclore siciliano. Significaba que la muerte había sido justa.

Y Greco Leone siempre se aseguraba de que la justicia tuviera su firma.

*AL DÍA SIGUIENTE*

La cocina de la abuela estaba intacta desde 1957.

Los azulejos blancos con flores azules, los manteles de encaje, las cacerolas colgadas con precisión matemática en la pared. Olía a café fuerte, a albahaca ya nostalgia.

Greco se quitó el abrigo empapado por la lluvia y lo colgó junto a la puerta sin que nadie se lo pidiera. Dante se quedó en el coche. Nadie más que Greco tenía permiso para estar presente cuando ella hablaba.

-Te ves cansado, picciriddu -dijo la anciana sin volverse. Removía lentamente una salsa espesa en una olla de cobre-. Como tu padre la noche antes de morir.

Greco apretó los dientes. No era fácil intimidarlo. Excepto ella.

-La noche antes de morir, papá estaba confiado.

-Y por eso murió.

La abuela se giró. Llevaba el cabello recogido en un moño estricto, una blusa negra y una cruz de oro que había sobrevivido a tres generaciones de sangre. Su espalda estaba encorvada, pero su mirada era firme como granito.

-Tienes enemigos en cada esquina, Greco. Y lo peor... no tienes raíces. Solo miedo y fuego.

-Lo que tengo es control -respondió él, tomando asiento en silencio.

Ella sirvió dos cafés y se sentó frente a él. Ninguna palabra más hasta que ambos dieron un sorbo. Vieja regla de la casa: la familia se sella con café.

-Esta semana hay una gala en el Teatro di San Carlo -dijo la abuela, sin rodeos-. Un ballet. "El lago de los cisnes". La nueva baletista Arianna estará en escena, es muy buena en lo que hace

El griego arqueó una ceja.

-¿A esto me trajiste?

-Te traje para recordarte que eres un hombre, no un dios.

-Y los hombres como yo no van al ballet.

-Los hombres como tú terminan muertos en sillas de cuero si no escuchan a las mujeres que los criaron.

Greco no contestó. Sabía que discutir con su abuela era perder tiempo y dignidad.

-La ciudad habla, figlio mío. Dicen que no tienes sucesor, que no hay esposa, ni hijos, ni siquiera una promesa. Que si mañana cae, todo lo que construye se lo reparten como buitres.

Greco dejó la taza sobre el plato con firmeza.

-El poder no se hereda con sangre. Se gana con miedo.

-Y se pierde con soledad.

La abuela sacó una fotografía arrugada de su bolso y la deslizó sobre la mesa. En ella, Greco tenía diez años, su madre sonreía desde un banco del parque, y su padre llevaba un abrigo largo y un cigarro en la mano.

-Tu padre pensó igual. Y yo lo enterré con mis propias manos.

Greco miró la imagen. Quiso devolvérsela, pero no lo hizo.

-Hay una joven de la familia Morelli. Se llama Rubí. Hermosa, educada, fuerte. Y virgen, aunque eso te importa poco. Su padre me pidió una reunión formal. Le respondí que solo irías si quieres conservar tu trono.

-Me estás amenazando, nonna?

-Te estoy diciendo la verdad. El mundo que construye necesita una reina. O te devorará.

Greco se levantó. Por un instante pareció que diría algo. Pero solo guardó la foto en su chaqueta.

-No iré al ballet. Pero tal vez... acepto la reunión.

La abuela se puso de pie también. Más baja, más frágil... pero con un peso invisible que hacía que incluso los fantasmas retrocedieran.

-Una última cosa, Greco.

-¿Si?

-No confundas respeto con temor. El primero se queda cuando envejeces. El segundo desaparece en cuantas sangras.

Greco ascendió y salió bajo la lluvia.

Esa noche, en su departamento, no bebió. No llamadas prostitutas. No se ordenaron ejecuciones.

Solo abrió la fotografía y la dejó sobre el escritorio.

Y por primera vez en mucho tiempo, Greco Leone no durmió con un arma bajo la almohada.

Durmió con una duda.

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