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Portada de la novela EL VICIO DE GRECO

EL VICIO DE GRECO

Greco Leone, sucesor de un potente dominio delictivo europeo, combina su porte sofisticado con una naturaleza implacable. Su existencia, marcada por traumas previos, da un giro tras conocer a Arianna, una misteriosa bailarina, en un evento secreto. A pesar de su inocencia ante el crimen organizado, ella termina envuelta en una espiral de deseo y riesgo. Entre lujos, engaños y conflictos de mando, su conexión deriva en una peligrosa obsesión de consecuencias inciertas.
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Capítulo 2

El Teatro di San Carlo ardía en elegancia, las lámparas de araña colgaban como joyas del techo, iluminando rostros maquillados, vestidos de diseñador y trajes que olían a poder viejo. El olor a perfume caro se mezclaba con el terciopelo de las butacas y el crujir discreto de las perlas ajustándose en cuellos tensos.Greco Leona no pertenecía ahí. Pero allí estaba, en el palco privado reservado a la familia Leone desde los años de Mussolini. Sentado con los codos sobre los brazos de cuero rojo, observaba el escenario como un juez invisible, junto a él, Dante Moretti vestía de gala. Negro impecable, barba recortada, y una mirada que no se distraía con arte. Observaba al público, no a los bailarines. Cazaba miradas peligrosas.

-¿Por qué estamos aquí, capo? -murmuró Dante, sin apartar la vista de un grupo de empresarios al fondo-. Esto no es lo nuestro.

Greco no respondió. La orquesta comenzó. Las luces bajaron.

Y entonces apareció ella, no tenía nombre aún para él. Forma en solitario. Movimiento. Presencia.

La bailarina principal emergió desde el centro del escenario, como si el suelo la empujara hacia la luz. Llevaba un tutú blanco, el cuello alargado, los brazos como alas congeladas. El rostro sin expresión. Pero sus ojos... sus ojos parecían hablar en otro idioma. Uno que él nunca había aprendido, pero al que su alma respondió sin permiso. Era etérea, sí. Pero no frágil. Había algo en la forma en que sostenía cada pose, en cómo se enfrentaba a la luz con el mentón levantado. Como si bailara para los dioses y desafiara a todos ellos. Greco no apartó la mirada. Ni cuando el telón bajó por primera vez. Ni cuando el aplauso llenó el teatro como un trueno.

¿Capo? -preguntó Dante-. ¿Estás bien?

Greco apenas murmuró:

-¿Quién es?

-¿Quién?

-La bailarina principal. La del cisne.

Dante revisó rápidamente el folleto del evento.

-Arianna Veltri. Romana. Veintisiete. Estudió en París. Vive sola. Sin vínculos conocidos. ¿La quieres?

Greco lo pensó. Luego negó con la cabeza.

-No. No todavía. Quiero conocerla... sin que sepa quién soy.

-¿Y cómo planeas eso?

-Como lo hacen los mortales, Dante.

El telón volvió a subir, Y Greco no volvió a mirar otra cosa esa noche.

---

Tres días después, el salón principal de la Villa Leone fue arreglado para una reunión formal.

Era una sala de mármol blanco y columnas toscanas, con frescos en el techo que contaban historias de guerras antiguas y pactos sellados con sangre. En el centro, una mesa redonda con vajilla de plata, vino añejo y una única silla que se eleva ligeramente por encima del resto. La de Greco. Dante estaba apostado junto a la pared, siempre a la sombra. Llegaron los Morelli.

Don Alfonso Morelli, patriarca con reputación de ser más astuto que cruel, caminaba con un bastón de nogal. A su lado, su esposa -una mujer silenciosa de mirada gélida- y su hija: Rubí. La joven Morelli era perfecta. Demasiado perfecto, vestía de azul marino, el cabello recogido con precisión, sin una joya de más. Era bella, sí, pero sin alma visible. Como una estatua tallada por orden de una dinastía.

-Don Greco -dijo Alfonso, con voz medida-gracias por recibirnos.

-La familia Morelli siempre es bienvenida -respondió Greco, estrechándole la mano sin emoción.

Se sentaron. La comida comenzó. Conversaciones educadas sobre comercio, rutas marítimas, tratados tácitos. Rubí no hablaba mucho. Solo respondía con frases exactas, medidas. Como si cada palabra fuera parte de un examen que debía aprobar.

-Mi hija es disciplinada -dijo Alfonso en cierto momento-. Habla tres idiomas. Estudio de historia del arte. Y está dispuesta a formar una familia sólida.

La abuela de Greco, sentada al lado, acomodándose con satisfacción. Era el escenario que había esperado.

Greco observó a Rubí. Luego dijo:

-Dime, Rubí. ¿Qué harías si supieras que tu futuro esposo ha matado con sus propias manos?

La sala se congeló, Pero ella, sin pestañear, respondió:

-Me aseguraría de que lo hizo por razones estratégicas. No por impulso.

Dante no pudo evitar sonreír, Greco también. Pero su sonrisa era distinta.

-Una respuesta impecable -dijo-. Aunque quizás demasiado perfecto.

-¿Eso es malo?

-Lo es si busco algo que me recuerde que sigo vivo.

La abuela lo fulminó con la mirada, Pero Alfonso no se molestó. Solo inclinó la cabeza.

-No todos los hombres de poder buscan estabilidad. Algunos... buscan redención.

-Y otros, simplemente... una razón para quemarlo todo -añadió Greco.

El resto del almuerzo se desarrolló con cortesía. Pero la decisión ya estaba tomada. Cuando los Morelli se marcharon, la abuela lo encaró en privado.

-¿Qué fue eso, Greco?

-Una conversación.

-¡Una oportunidad!

-No quiero una alianza vacía. No quiero a alguien que me mire como si yo fuera un banco armado.

-¿Y qué quieres, entonces?

Greco no respondió.

-¡No quiero una mujer, que solo no sirva ser una cara bonita, el poder es lo que más necesito y lo he dejado claro!

Luego caminó hacia su estudio, subió un cigarro y volvió a mirar la fotografía sobre el escritorio, Pero esta vez, abrió el buscador de su teléfono. Y escribió: "Arianna Veltri. Ballet". donde la información se empezó a desplazar en su pantalla, junto a una fotografía de Arianna en galas, fiestas de donaciones y en teatros de algunas partes del mundo, como un león acechando, conservaba cada detalle de la información, guardando lo más importante de ella.

*Después del aplauso*

El telón había caído hacía apenas cinco minutos, pero el camerino aún vibraba con los restos de adrenalina. El aire olía a maquillaje, sudor seco y flores recién entregadas. El espejo de Arianna estaba cubierto de tarjetas, peonías blancas y envoltorios dorados. La música seguía sonando en su cuerpo como si no hubiera terminado el último compás.

-¡Ariana! ¡Estabas... sublime! -exclamó Chiara, aún con los pies vendados y el tutú a medio quitar-. Cuando hiciste el arabesco en la escena del lago... juro que el público dejó de respirar.

-Mentira -dijo Martina, quitándose las pestañas postizas-. Algunos sí respiraban. Como ese tipo del palco privado. No paraba de mirarla. Alto, moreno, mirada de mafioso italiano de película vieja.

-¡Si! Yo también lo vi -agregó Chiara, riendo-. Me dio escalofríos. El tipo no aplaudió en todo el acto, solo la observaba como si fuera un león viendo a su presa.

Arianna sonriente, tímida. Se recogió el cabello en un moño flojo, dejando caer algunos mechones sobre la nuca.

-¿Y si era un crítico importante? -preguntó, sin mostrar demasiado interés-. O solo alguien con una fijación rara por el ballet.

-¿Criticó? No. Ese no era un periodista. Era otra cosa -dijo Martina, bajando la voz-. Tenía guardaespaldas. Y no era policía.

-Quizá era alguien aburrido -dijo Arianna, levantándose-. Como Pablo.

Las chicas rieron, pero luego se miraron con cautela, Pablo el nombre cayó como una piedra en un charco.

-Viene por ti? -preguntó Chiara, en tono neutro.

-Sí. Está afuera.

-Y tú... ¿estás bien con eso?

Arianna no respondió. Guardó su ropa con movimientos automáticos. Plegó con precisión su falda de ensayo, metió los zapatos en la bolsa de tela, cerró la cremallera del neceser. El camerino, tan cálido hace unos minutos, de pronto se le antojó una jaula.

-Solo es un poco temperamental -dijo, finalmente.

Martina la miró directo a los ojos.

-Te vimos con él la semana pasada. En el café. Te sujetó el brazo, Ari.

-Porque estábamos discutiendo. Nada tumba.

-No tienes que explicarte -dijo Chiara-. Pero si algún día necesitas algo... sabes que no tienes que volver sola.

Arianna ascendió, agradecida pero incómoda. Sabía que sus amigas sospechaban más de lo que decían. Y sabía que ella no estaba lista para hablar. Guardó su abrigo, colgó la bolsa de danza al hombro y salió por la puerta trasera del teatro, donde la noche la recibió con una brisa helada, Paolo estaba ahí apoyado en su Alfa Romeo negro, con una bufanda gris mal anudada y la chaqueta de cuero abierta. Fumaba un cigarrillo con gesto distraído. Cuando la vio, lo apagó en el suelo con el zapato.

-Tardaste -dijo, sin saludarla.

-Tuve que recoger mis cosas.

- ¿No podías hacerlo más rápido? ¿Siempre haces que te esperen así?

Arianna sintió cómo su estómago se contraía. Respir hondo y respondí con voz suave:

-Fueron solo diez minutos, Paolo.

-Diez minutos con tus amiguitas de mierda, seguramente hablando mal de mí.

-No estaban hablando de ti.

-Claro que no. ¿Por qué hablarían de mí? Soy solo el tipo que viene a buscarte siempre, el que paga el taxi cuando llueve, el que escucha tus ensayos cuando me aburren hasta las lágrimas...

-No tenías que venir si no querías.

Él la miró. Una chispa peligrosa en los ojos.

-Eso ¿quieres ahora? ¿Que no vengas más? ¿Te crees tan especial por un par de aplausos y flores baratas?

Arianna tragó saliva. Notó que algunos técnicos salían por otra puerta lateral. Se obligó a mantener la voz serena.

-No quiero pelear, Paolo. Fue una buena noche. Solo eso.

Él dio un paso hacia ella. No la tocó, pero el gesto fue suficiente para que Arianna retrocediera un poco. Arianna frunció el ceño.

-Estás imaginando cosas.

-Ah, ¿sí? Pues mira, bella, te aviso. No tengo tiempo para jugar. Si estás con alguien más, dímelo de frente. No voy a hacer el ridículo como un imbécil.

-No estoy con nadie -replicó Arianna, ahora con más fuerza.

-Entonces entra al coche.

-No.

Paolo la miró como si no entendiera.

-¿Qué dijiste?

-Dije núm. Esta noche quiero ir a casa sola.

Un silencio eléctrico cayó entre ambos. La ciudad seguía sonando a lo lejos -autos, motos, risas-, pero entre ellos solo había el latido tenso del desacuerdo.

Paolo dio un paso más cerca. Esta vez sí la tomó del brazo.

-No me dejes como un estúpido frente al teatro, Arianna.

Ella lo miró. Sus ojos no mostraban miedo. Solo un dolor antiguo, de esos que se heredan en silencio.

-Déjame -dijo, en voz baja pero firme.

Él la soltó. Con fuerza, como si quemara.

-Estás loca.

-Quizá.

-No vas a encontrar a alguien como yo.

Arianna sonriendo, con una mezcla de ironía y tristeza.

-Eso espero.

Paolo escupió una maldición y se subió al coche. Aceleró de forma violenta, rugiendo contra el pavimento, dejando tras de sí olor a gasolina ya fracaso. Arianna quedó sola frente al teatro. Unos segundos más. Luego empezó a caminar. Sin rumbo exacto. Sin prisa. Solo necesitaba aire. Distancia pasó junto al café cerrado donde los músicos a veces iban después de las funciones. Sus pasos la llevaron por calles viejas, con balcones de hierro forjado y farolas temblorosas. En una esquina, un violinista tocaba algo lento. Arianna se detuvo. Lo escuche. Cerró los ojos por un instante, volvió a estar en el escenario. En el lago. Lejos del mundo.

Cuando los abrió, vio una sombra observarla desde el otro lado de la calle era un hombre vestía oscuro, perfectamente cortado. Alto, Inmóvil. Con una mirada que la hizo sentirse desnuda, aunque iba completamente vestida. No supo por qué, pero no sintió miedo solo una vibración extraña el hombre se giró y se alejó sin decir nada; Arianna se quedó de pie. Sin saber que acababa de ver, por segunda vez, a Greco Leone y que su vida jamás volvería a ser la misma.

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