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Portada de la novela El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

El Último Pago: Mi Verdadera Liberación

Mientras escapa de Madrid a Andalucía por una boda pactada, la protagonista recupera sus recuerdos tras años de abusos. Javier, el hombre que la maltrató y causó que perdiera a su hijo tras una agresión brutal, le exige con frialdad que se humille ante su amante. Al recordar su pasado, ella se arrodilla por última ocasión. Este acto no es sumisión, sino un pago simbólico para romper el vínculo con ese monstruo y comenzar una vida libre de su devoción.
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Capítulo 2

La maleta estaba casi llena sobre la cama de mi apartamento en Madrid. Solo quedaban unos pocos huecos por rellenar. Metí un par de jerséis de lana y un libro de bolsillo. En una semana, tomaría un avión de vuelta a Andalucía, a casa. Mis padres me habían llamado esa mañana desde la finca. Tenían un candidato perfecto para un matrimonio concertado. Acepté sin pensarlo.

El teléfono sonó. Era Valentina.

«Sofía, ¿estás segura de esto? ¿Volver a casa para un matrimonio que ni siquiera has elegido? ¿Qué pasa con Javier?»

Me detuve, con un vestido de verano en la mano.

«¿Javier? ¿Quién es Javier?»

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, lleno de confusión.

«Sofía... ¿no te acuerdas de nada? ¿Del accidente? ¿Del hospital?»

Recordaba el hospital. El olor a desinfectante y el pitido de las máquinas. Recordaba a mis padres llorando a mi lado. Pero no recordaba ningún accidente. Y definitivamente, no recordaba a ningún Javier.

«No sé de qué hablas, Valentina. Solo quiero volver a casa».

«Abre el cajón de tu mesita de noche. El de la derecha».

Seguí sus instrucciones. Dentro había un álbum de fotos de cuero blanco. Lo abrí. En cada página, estaba yo, sonriendo a un hombre alto y de aspecto arrogante. Él nunca me devolvía la mirada. Sus ojos siempre estaban en otro lugar, o en su teléfono. En muchas fotos, una mujer despampanante de pelo negro aparecía cerca, riendo con él. Yo parecía una sombra a su lado, una sombra feliz pero invisible.

«He pasado cinco años obsesionada con este hombre, ¿verdad?», pregunté, mi voz plana. No sentía nada. Ni amor, ni dolor. Solo un vacío.

«Sí», susurró Valentina. «Esa es Isabella, su ex. O su actual. Nunca estuvo claro».

Cerré el álbum y lo dejé caer al suelo.

«Pues ya no. No me importa. Quiero empezar de nuevo, lejos de aquí».

Justo en ese momento, la puerta del apartamento se abrió de golpe, estrellándose contra la pared. El hombre de las fotos, Javier, estaba en el umbral. Su rostro era una máscara de furia.

«Sofía, ¿qué coño estás haciendo?», gritó, su voz resonando en el pequeño espacio.

Valentina, al otro lado del teléfono, gritó mi nombre, pero yo ya estaba paralizada.

«¿Quién te crees que eres para desaparecer así?», avanzó hacia mí, sus pasos pesados y amenazantes.

Valentina intentó intervenir por el altavoz. «Javier, déjala en paz, no se encuentra bien...»

Él ni siquiera miró el teléfono. Su atención estaba fija en mí.

«¿Montando un numerito por lo del compromiso? ¿Un accidente de coche para llamar mi atención? Patético».

Se cernió sobre mí, su sombra cubriéndome por completo.

«Vas a deshacer esa maleta. Esta noche tenemos una gala benéfica. Tienes que venir conmigo».

Negué con la cabeza. «No voy a ir a ningún sitio contigo. No te conozco».

Una risa amarga y cruel escapó de sus labios.

«Ah, ¿ahora jugamos a la amnesia? Qué original. Me da igual. Eres mi prometida, mi tapadera. Necesito que estés allí sonriendo mientras yo me ocupo de mis asuntos».

«¿Tus asuntos?», repetí, confundida.

«Isabella estará allí. No quiero que la prensa empiece a cotillear».

Agarró mi brazo con fuerza, sus dedos clavándose en mi piel. El dolor fue agudo y repentino.

«Me estás haciendo daño», susurré, intentando liberarme.

«Entonces obedece», siseó.

En ese preciso instante, la puerta, que seguía abierta, reveló una nueva figura. Era la mujer de las fotos, Isabella. Se apoyaba en el marco de la puerta, con una mano en su vientre ligeramente abultado.

«Javi, cariño, me siento un poco mareada».

La transformación de Javier fue instantánea. Soltó mi brazo como si quemara y corrió al lado de Isabella, su rostro lleno de una preocupación que yo nunca había visto en las fotos.

«Bella, ¿estás bien? ¿Es el bebé?», la rodeó con sus brazos, su voz un murmullo tierno y protector.

Me empujó a un lado sin mirarme, como si yo fuera un mueble en su camino. Caí hacia atrás, golpeándome la cadera contra la esquina de la cama. El dolor me recorrió la pierna, pero fue el dolor sordo de su indiferencia lo que más me afectó.

Valentina, que había escuchado todo, gritó desde el teléfono: «¡Javier, eres un monstruo! ¡Mira lo que has hecho!».

Javier se giró, su rostro de nuevo contraído por la ira. Se acercó al teléfono, que había caído al suelo, y se lo arrebató a Valentina, que había llegado corriendo al apartamento mientras él atendía a Isabella.

«¡Tú! ¡Siempre metiendo cizaña!», le gritó a su prima.

Y entonces, su mano se movió a una velocidad cegadora.

El sonido de la bofetada resonó en la habitación, seco y brutal. La mejilla de Valentina se puso roja al instante.

«Esto es por crear problemas», dijo Javier, su voz helada. Luego se volvió hacia mí. «Te quiero en la gala a las ocho. Perfecta y sonriente. Si no apareces, me aseguraré de que tu familia en Andalucía sepa la clase de hija problemática que tienen».

Se dio la vuelta, tomó a Isabella suavemente por la cintura y salió del apartamento, dejándonos a Valentina y a mí en un silencio roto solo por sus sollozos.

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