Portada de la novela El Cerezo y la Katana

El Cerezo y la Katana

9.0 / 10.0
En El Cerezo y la Katana, el samurai Hirotaro enfrenta un destino letal en este fantasy de acción. Dividido entre su lealtad al Emperador y su amor prohibido por la princesa Sakura, deberá sobrevivir a las intrigas del periodo Edo. Lee esta fiction fantasy romance y descubre su aventura.
Resumen de El Cerezo y la Katana
Durante la convulsa era Edo, el samurái Hirotaro lucha por su nación mientras sirve con honor al Emperador. Su vida cambia al sucumbir ante un amor imposible por Sakura, la hija del soberano, cuyo destino ya está sellado por un matrimonio político. Esta pasión desafía las normas sociales y el deber militar del guerrero. En un Japón devastado por la guerra, la pareja enfrentará una encrucijada mortal entre la obediencia sagrada y sus propios sentimientos.
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El Cerezo y la Katana Capítulo 1

A mi padre, que me enseñó a no desfallecer ante mi enemigo.

A mi madre, por transmitirme su amor hacia la cultura japonesa.

A mi hermano, por hacer de mí una guerrera.

A la vida, por todo lo que tengo.

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¿Una flor caída

volviendo a la rama?

Era una mariposa

---

Me enlistaron en el ejército japonés a la tierna edad de diez años. Mi madre y padre, incapaces de seguir manteniéndonos a mí y mi hermana, nos vendieron. Mi hermana fue a parar a una okiya(1), y yo... a servir al emperador.

En aquel entonces no era más que un simple muchacho de campo, había pasado mi vida cosechando el arroz, cuidando de las gallinas, ayudando a mi padre con la pequeña huerta que teníamos. No hacía nada más que jugar y trabajar; no sabía leer ni escribir y apenas si sabía montar a caballo. La noche en la que nos separaron a mí y a mi hermana fue la última vez que vi a mis padres.

Unos samurais me levantaron en andas de mi cama, mientras otros sujetos se llevaban a mi hermana a una carreta diferente de la mía. La llamaba a gritos, llamaba a mis padres, pidiendo socorro, pero nadie acudió. Me arrojaron dentro de la carreta y emprendimos el viaje hacia la ciudad de Edo.

Con el bamboleo de la carreta, iba llorando y limpiando mi rostro con mi sucia manga, el samurai que estaba frente de mí se quitó el casco. Era un hombre de edad madura, y una cicatriz le cruzaba la cara, tenía un parche en el ojo por lo que supuse que le faltaba dicho órgano.

¬—¿Cómo te llamas? —me preguntó, dirigiendo su único ojo hacía mí.

—Koichi —le dije, mirando mis manos entrelazadas—. Me llamo Koichi.

-Koichi-kun(2) —repitió mientras se rascaba su quijada, pensativo—. Mi nombre es Nobunaga, soy uno de los servidores del emperador.

—Es un honor conocerle, Nobunaga-sama —susurré con suimisión, al mismo tiempo que inclinaba mi cabeza, en señal de respeto.

¬—¿Cuántos años tienes, Koichi? —preguntó mientras me miraba fijamente.

¬—Diez inviernos, señor. Soy el hijo menor de una humilde familia de campesinos —respondí.

El samurai desvió la mirada de mí y la posó en una humilde choza que quedaba a poca distancia; allí la carreta se detuvo y descendieron otros dos samurais. Luego de unos minutos, regresaron a la carreta trayendo en andas a dos muchachos de más o menos mí misma edad, llorando, gritando y llamando a sus padres que los observaban desde la entrada del hogar. Los subieron en la carreta, donde estábamos Nobunaga-sama y yo, nos miraron con el rostro lleno de lágrimas y resentimiento.

—¿Cómo te llamas? —dijo Nobunaga-sama, formulando la misma pregunta que me había hecho a mí, pero esta vez dirigió su horrible ojo al muchacho que parecía de edad más avanzada.

—Mi nombre es Souta —respondió el niño—, éste es mi hermano menor, Yuki.

El viejo Samurai se presentó a sí mismo y preguntó la edad de los niños, Souta tenía once inviernos y Yuki tan sólo siete.

Durante el viaje hacia la ciudad de Edo se habló poco y nada, dormíamos a la luz de las estrellas y la luna, comíamos lo que nos daban nuestros acompañantes, y rara vez pedíamos que se detengan para hacer nuestras necesidades naturales.

Entablé lazos con Yuki y Souta, necesitaría de amigos dentro del enorme palacio imperial; al cuarto día de nuestro viaje, llegamos a las afueras de Edo. Las edificaciones se veían a lo lejos, para muchachos de campo, como nosotros, aquel mundo civilizado era algo que escapaba a nuestra imaginación, ni siquiera en nuestras fantasías más locas nos hubiéramos imaginado el conocer algún día la capital del imperio. Conforme nos acercábamos, divisábamos a lo lejos el imponente palacio del emperador; se erigía orgulloso, poniendo en la sombra tanto a edificios menores como a las personas que por allí pasaban.

Las murallas protegían al palacio de la mirada de los indeseados, a cada costado de la entrada había dos guardias, los cuales nos abrieron la pesada puerta para dejarnos entrar, pudiendo así, apreciar más de cerca el palacio. Nos alejamos de las edificaciones principales para ir a las caballerizas y cuarteles; donde teníamos nuestro sitio.

Nos llevaron al interior de los cuarteles, donde estaban las habitaciones de los pupilos y discípulos; Yuki, Souta y yo compartíamos una diminuta habitación en el segundo piso, apenas había luz y una pequeña ventana que daba a una parte del palacio. Armamos los futones3 y nos miramos desconcertados, mientras Yuki lloraba en el regazo de su hermano mayor, yo miraba el atardecer desde la ventana. Nobunaga-sama entró y nos dejó ropas limpias, tabis(4), guetas(5) y zoris(6); nos miró y nos recomendó que descansáramos, pues mañana empezaba nuestro entrenamiento.

—¿Para qué, Nobunaga-sama? —pregunté.

—Para ser un samurai.

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ACLARACIONES DE AYUDA AL LECTOR

1 Albergue que da alojamiento a una maiko o geisha mientras dura su nenki, o contrato.

2 El sufijo –kun es sufijo honorífico, una demostración de respeto de un mayor hacia un menor, depende de la edad se utiliza –san (personas de misma edad o de un menor hacia un mayor) –chan (entre muchachas jóvenes o hacia una persona a la que se le tiene mucha confianza o a los niños pequeños) y –sama (versión más respetuosa y formal de san. Suele usarse en el ámbito profesional para dirigirse a los clientes, (llamándoles o-kyaku-sama, señor cliente) o a personas de mayor categoría que el hablante, aunque también puede usarse para referirse a alguien que uno admira profundamente. Cuando se utiliza para referirse a uno mismo, sama expresa arrogancia extrema o la intención de reírse de uno mismo, como en el caso de ore-sama) y -dono (sufijo arcaico extremadamente formal. En la época de los samuráis se utilizaba para denotar un gran respeto hacia el interlocutor pero en condición de igualdad. Tiene un significado similar al del "Don" o "Doña" español, aunque no indica procedencia noble.)

3 Cama tradicional japonesa consistente en un colchón y una funda unidas y suficientemente plegables como para poder ser almacenado durante el día y permitir otros usos en la habitación, además de como dormitorio.

4 Calcetines tradicionales japoneses que utilizaban indistintamente hombres y mujeres

5 Sandalias japonesas hechas de madera que se usan encima de los tabis, poseen suelas de madera haciendo que el calzado se eleve a unos centímetros del suelo.

6 Sandalia asiática de paja de arroz.

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Tabla de contenidos de El Cerezo y la Katana

Ch. 1 Ch. 2 Ch. 3
Ch. 4
Ch. 5
Ch. 6
Ch. 7
Ch. 8
Ch. 9
Ch. 10
Ch. 11
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