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Portada de la novela El ultimo baile

El ultimo baile

Sofía Vargas, bailaora de Santiago, descubre que su romance con el magnate Alejandro Montoya fue una farsa para vengarse de su primo Mateo. Tras soportar el desprecio de la prometida de su amante y sobrevivir a un turbio accidente, ella decide actuar. En la exclusiva Gala del Vino, Sofía transformará su sufrimiento en determinación, buscando desmantelar la humillación pública que Montoya planeó, revelando la verdad tras su traición y ambición.
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Capítulo 2

Sofía Vargas vivía una doble vida en Santiago.

Para su familia en Valparaíso, era la joven dulce y talentosa que estudiaba flamenco en una academia prestigiosa, persiguiendo su sueño.

Para Alejandro Montoya, el heredero de los vastos Viñedos Montoya, era su amante secreta, la mujer que encontraba en la penumbra de su auto lujoso o en apartamentos discretos.

Alejandro era el enemigo declarado de Mateo Vargas, el primo de Sofía, casi un hermano para ella.

Una vieja rencilla familiar y disputas por el control de las rutas de exportación de vino los habían convertido en adversarios acérrimos.

Sofía no sabía la profundidad de ese odio, solo que Mateo desaprobaba cualquier cosa relacionada con los Montoya.

Aquella noche, el mirador San Cristóbal envolvía Santiago en un manto de luces.

Dentro del auto de Alejandro, el aire era denso.

Él sonreía, con esa sonrisa que a Sofía le había parecido encantadora al principio.

Sacó su móvil.

"Sonríe, mi amor."

Empezó a tomarle fotos, luego videos cortos.

Ella se sintió incómoda, intentó cubrirse.

"Alejandro, por favor, no."

Su voz era un susurro.

"¿Qué pasa, preciosa? Eres hermosa, quiero recordarte así."

La besó, un beso que sabía a vino caro y a promesas vacías.

"No te preocupes, estas son solo para mí."

Ella, ingenua, confió. Él siempre sabía qué decir.

Él la dejó cerca de su pensión, como siempre, evitando ser vistos juntos públicamente.

"Te llamo mañana, mi vida. Tengo una sorpresa para ti pronto."

Una caricia rápida en la mejilla, y se fue.

Sofía suspiró, el corazón aún acelerado por su cercanía y por la vaga inquietud que las fotos le habían dejado.

Pero el embrujo de Alejandro era fuerte, llevaba tres años tejiéndose.

Al día siguiente, mientras recogía sus cosas para la academia, Sofía se dio cuenta.

Su mantón de Manila, una herencia de su abuela, no estaba.

Lo había olvidado en el auto de Alejandro.

Era una pieza valiosa, no solo por su costo, sino por su significado.

Decidió ir a las oficinas de Viñedos Montoya. Era arriesgado, pero necesitaba recuperarlo.

Quizás podría dárselo discretamente.

Las oficinas de Viñedos Montoya eran imponentes, un reflejo del poder de la familia.

Preguntó por Alejandro, una secretaria de mirada fría le indicó que estaba en una reunión.

Sofía, con el corazón latiéndole fuerte, caminó por un pasillo lujoso, buscando una excusa para esperar.

Una puerta entreabierta llamó su atención, la de la cava personal de Alejandro, un lugar del que él le había hablado con orgullo.

Escuchó risas, la voz de Alejandro.

Se acercó, con la intención de esperar a que saliera.

"Esa Sofía es tan ingenua, se traga todo."

Era la voz de Javier, uno de los amigos inseparables de Alejandro.

"Una joyita de Valparaíso, ¿eh? Cayó redondita," añadió "El Turco", otro de su círculo.

El estómago de Sofía se encogió.

Entonces escuchó a Alejandro.

"La tengo justo donde quiero. En la Gala Anual del Vino Chileno, cuando le den el premio a ese imbécil de Mateo Vargas, voy a filtrar unas cositas de su primita."

Risas de nuevo.

"Imaginen la cara de Mateo, el gran defensor de la moral, cuando vea a su Sofía en todo su esplendor. Y ella, con su numerito de flamenco… será épico."

Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

¿Imágenes? ¿Sus imágenes?

"Y pensar que se creyó lo del robo en Lastarria, ¡qué buena actuación de mis muchachos! Y el 'acosador' en la fiesta, otro actor de primera."

Alejandro se jactaba, su voz destilaba crueldad.

"La humillación será doble. Para ella, por ingenua. Para él, por ser un Vargas."

Sofía se apoyó contra la pared, las piernas le temblaban.

Las palabras de Alejandro eran como cuchillos.

La Gala del Vino. Su solo de flamenco. El premio de Mateo. Todo era una trampa.

Una trampa cruel y meticulosamente planeada.

Su mente se negaba a aceptarlo, pero la evidencia era aplastante.

Él no la amaba. Nunca la había amado.

Ella era solo un instrumento en su guerra contra Mateo.

Sintió una náusea profunda. Quería gritar, correr, pero estaba paralizada.

No entró a la cava. No podía enfrentarlo. No todavía.

Dio media vuelta, como una autómata, y salió de ese edificio que de repente se sentía como una tumba.

El dolor era físico, le oprimía el pecho, le dificultaba respirar.

Cada palabra escuchada se repetía en su mente, cada risa era una burla directa a su corazón destrozado.

Recordó su llegada a Santiago, llena de sueños.

Estudiar flamenco, ser independiente, encontrar el amor.

Conoció a Alejandro en una cata de vinos organizada por su academia.

Él era el heredero de Viñedos Montoya, pero se presentó como un simple aficionado al vino y al arte.

Fue encantador, atento, la hizo sentir especial.

Recordó el supuesto intento de robo en el Barrio Lastarria. Ella caminaba sola por la noche, dos hombres la abordaron. Alejandro apareció "de la nada", los ahuyentó. Ella lo vio como un héroe.

Recordó la fiesta exclusiva, un hombre la incomodaba con comentarios lascivos. Alejandro intervino, la "protegió", la hizo sentir segura.

Todo había sido una farsa.

Sus "rescates heroicos" eran parte del guion.

Su amor, una actuación.

Su teléfono sonó, sacándola de su estupor. Era Mateo.

"Sofi, ¿cómo estás? Te noto rara últimamente."

La voz de Mateo, siempre cálida, siempre preocupada.

"Estoy bien, primo. Solo cansada." Mintió.

"Escucha, el Centro Cultural en Valparaíso ya casi está listo. Y quiero que seas la figura principal, la bailaora estrella. ¿Qué me dices?"

Valparaíso. Su hogar. Lejos de Santiago, lejos de Alejandro.

"Y... tengo un excelente partido que presentarte. Un buen hombre, de familia, te gustaría."

Sofía cerró los ojos. Las lágrimas finalmente corrieron por sus mejillas.

Un nuevo comienzo. Una vía de escape.

"Sí, Mateo. Acepto. Quiero volver a Valparaíso."

Su voz se quebró al final.

"¿Estás segura, Sofi? ¿Qué pasó con...?"

"Terminé con él, Mateo. Se acabó."

No podía decirle la verdad. No todavía. El dolor y la vergüenza eran demasiado grandes.

Colgó, sintiendo un pequeño alivio mezclado con una tristeza infinita.

Santiago, la ciudad de sus sueños, se había convertido en su pesadilla.

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