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Portada de la novela El Último Aliento del Amor Perdido

El Último Aliento del Amor Perdido

Después de ocho años casada con el magnate Ricardo, Sofía decide divorciarse al confirmar que él le es infiel con su secretaria. Mientras él pretende usar lujos para silenciarla, ella confiesa un doloroso secreto: perdió a su segundo hijo en soledad mientras él la engañaba. La indiferencia de Ricardo ante la tragedia destruye su relación. Ahora, Sofía huye de su control, decidida a retomar su carrera y sanar lejos de su sombra.
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Capítulo 2

El aire dentro del auto de lujo se sentía pesado, cargado con el perfume caro de los invitados y el eco de las risas falsas de la gala benéfica de la empresa de Ricardo.

Llevábamos ocho años casados, y yo, Sofía, había perfeccionado el arte de sonreír mientras mi interior se desmoronaba.

Él conducía, con una mano en el volante y la otra ya revisando mensajes en su celular, completamente ajeno a la tormenta que estaba a punto de desatarse en el silencio de nuestro coche.

"Estuvo bien la noche, ¿no crees? Cerramos el trato con los inversionistas asiáticos", dijo él, sin apartar la vista de la pantalla brillante.

No respondí de inmediato, dejé que el silencio se extendiera unos segundos más, un pequeño acto de rebelión. Mis manos, quietas sobre mi regazo, no temblaban. Mi corazón, por primera vez en mucho tiempo, no latía con ansiedad, sino con una calma gélida y decidida.

"Ricardo".

Mi voz sonó extraña, firme, desprovista de la sumisión que él tanto esperaba. Levantó la vista del celular, frunciendo ligeramente el ceño, más por la interrupción que por mi tono.

"Quiero el divorcio".

El coche siguió avanzando. Por un momento, creí que no me había escuchado. Luego, soltó una risa corta y seca, una risa que conocía bien, la que usaba cuando yo decía alguna "tontería".

"Sofía, por favor. Estoy cansado. Ha sido un día larguísimo, no empieces con tus dramas".

"No es un drama, Ricardo. Es una decisión".

Me miró, ahora sí, con total atención. La incredulidad en su rostro era casi cómica. Él, Ricardo, el exitoso empresario al que nadie le decía que no, estaba siendo desafiado por la mujer que había considerado una extensión de su patrimonio.

Justo en ese momento, su teléfono empezó a sonar de nuevo. No era una llamada, era la vibración insistente de mensajes. Pero entonces, una llamada entró, y el nombre en la pantalla del coche lo iluminó todo: "Paloma".

Ricardo titubeó, mirándome de reojo, y contestó, poniendo el altavoz casi por accidente en su nerviosismo.

La voz que salió por los altavoces era joven, temblorosa y llena de lágrimas.

"Ricardo, mi amor, lo siento tanto... No quería que Sofía se enterara así... ¿Está muy enojada? Por favor, contéstame, estoy muy asustada".

La voz de su secretaria, Paloma, llenó el coche. Una disculpa que no era disculpa, sino una estaca más en el corazón de nuestro matrimonio. La miré a los ojos, sin expresión, mientras él, torpemente, quitaba el altavoz.

El silencio que siguió fue denso, casi se podía masticar. Pude escuchar sus susurros apresurados y tranquilizadores hacia el teléfono.

"Tranquila, nena, no pasa nada. Yo lo arreglo. Mañana hablamos, duérmete".

Colgó y se aclaró la garganta, como si eso pudiera borrar lo que acabábamos de escuchar. Evitó mi mirada, concentrándose en la carretera.

"Sofía, yo..."

"No digas nada", lo interrumpí, mi voz seguía siendo un témpano de hielo. "No quiero tus excusas".

Llegamos a casa. La enorme mansión que él había comprado se sentía más fría y vacía que nunca. Mientras yo subía la escalera, él me detuvo.

"Espera. Tengo algo para ti".

Sacó una pequeña caja de terciopelo azul de su saco. La abrió y dentro había un collar de diamantes, ostentoso, frío, sin alma. Un intento patético de comprar mi silencio, mi perdón.

"Es para compensar... ya sabes. Para que veas que sí pienso en ti".

Miré el collar y luego a él. No sentí nada. Ni rabia, ni dolor. Solo un vacío inmenso, la confirmación final de que el hombre con el que me casé ya no existía, si es que alguna vez lo hizo.

"No lo quiero", dije, y seguí subiendo.

Más tarde, en nuestra habitación, la discusión inevitable estalló. Él ya no intentaba ser sutil.

"¿Qué es lo que quieres, Sofía? ¿Más dinero? ¿Otra casa? Todo esto del divorcio es por Paloma, ¿verdad? Es una niña, no significa nada".

"Significa que me traicionaste. Que rompiste tus promesas".

"¿Promesas? ¡Por favor! Te he dado todo. Una vida que ni en tus sueños más locos habrías tenido. ¿Y Mateo? ¿Has pensado en nuestro hijo? Últimamente está muy raro, muy introvertido. Es tu culpa, por no prestarle suficiente atención, por estar siempre con tus humores".

La mención de nuestro hijo, Mateo, fue un golpe bajo. Sabía que su familia, especialmente su madre, llevaba tiempo manipulando al niño, susurrándole cosas en mi contra.

"No te atrevas a usar a Mateo", le advertí, mi calma empezaba a resquebrajarse.

"¿O qué? ¿Te vas a ir? ¿A dónde? No tienes a nadie. Tu carrera de arquitecta la dejaste tirada por ser mi esposa. Paloma, al menos, entiende mi mundo, me apoya".

La mención de mi carrera, el sacrificio que hice por nuestra familia, fue la última gota. Me detuve frente a él, lo miré directamente a los ojos, y dejé caer la bomba que había guardado, el secreto que me había estado consumiendo por dentro durante las últimas tres semanas.

"Tienes razón, Ricardo. He estado distraída. He estado de mal humor".

Hice una pausa, disfrutando de la confusión en su rostro.

"Hace tres semanas tuve un aborto espontáneo".

Su cara se transformó. La arrogancia se desvaneció, reemplazada por un shock puro y sin adulterar.

"Estaba sola en el hospital, mientras tú estabas en un 'viaje de negocios' con ella. Así que sí, he estado un poco ocupada perdiendo a nuestro segundo hijo. Sola".

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