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Portada de la novela El Último Aliento del Amor Perdido

El Último Aliento del Amor Perdido

Después de ocho años casada con el magnate Ricardo, Sofía decide divorciarse al confirmar que él le es infiel con su secretaria. Mientras él pretende usar lujos para silenciarla, ella confiesa un doloroso secreto: perdió a su segundo hijo en soledad mientras él la engañaba. La indiferencia de Ricardo ante la tragedia destruye su relación. Ahora, Sofía huye de su control, decidida a retomar su carrera y sanar lejos de su sombra.
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Capítulo 3

El recuerdo de ese día en el hospital era una película en blanco y negro que se repetía en mi mente. El dolor agudo en mi vientre, la llamada frenética a Ricardo que se fue directo a buzón. Conduje yo misma a la clínica, con las manos temblando sobre el volante y lágrimas nublando mi visión.

La sala de espera era fría, impersonal. Llené los papeles con letra temblorosa, y cuando la enfermera preguntó por el padre, simplemente negué con la cabeza. Estaba sola. Completamente sola.

Después de que el médico me confirmó lo peor, que el pequeño latido que apenas había empezado a amar se había detenido, me senté en la cama de la habitación, mirando la pared blanca. Intenté llamar a Ricardo de nuevo. Esta vez contestó, su voz impaciente y lejana, con el ruido de olas y risas de fondo.

"¿Qué pasa ahora, Sofía? Estoy en medio de una reunión importante en la playa".

"Ricardo...", mi voz se rompió. "Perdí al bebé".

Hubo un silencio al otro lado de la línea. No fue un silencio de shock o de dolor. Fue un silencio de cálculo.

"Bueno", dijo finalmente, su tono práctico y cruel. "Quizás sea lo mejor. Con Mateo tan difícil últimamente, otro problema ahora no nos conviene. Ya hablaremos cuando vuelva".

Y colgó.

En ese preciso instante, algo dentro de mí murió para siempre. No fue solo nuestro hijo no nato. Fue la última chispa de esperanza, la última pizca de amor que aún albergaba por él. Me di cuenta de que no había nada que salvar.

No había nada que perdonar. Simplemente, se había acabado. Ya no buscaría la paz, ni intentaría arreglar las cosas. Mi corazón se cerró, como una puerta de acero.

Y mientras yacía allí, en la cama estéril del hospital, mi mente, en un extraño acto de autodefensa, viajó muy lejos en el tiempo. A un lugar y un momento que se sentían de otra vida.

La primera vez que vi a Ricardo fue en la biblioteca de la universidad. Yo era la estudiante estrella de arquitectura, siempre rodeada de planos y libros. Él era... todo lo contrario. Se decía que era de una familia rica, pero actuaba como un chico malo de barrio, siempre metido en problemas, con una reputación que lo precedía.

Entró en la biblioteca como si fuera el dueño, ruidoso, con dos amigos a cuestas. Se sentaron en la mesa de al lado, hablando en voz alta, riendo. Yo les lancé una mirada de fastidio, pidiendo silencio con un gesto. Sus amigos se callaron, pero él no. Me miró fijamente, con una sonrisa arrogante y desafiante.

"¿Te molesto, princesa?", dijo, su voz con un tono burlón.

"Sí. Esto es una biblioteca. Es para estudiar, no para graznar como guacamayos", respondí, sin apartar la vista de mi libro, aunque ya no podía concentrarme.

Ese fue el comienzo. A partir de ese día, Ricardo se convirtió en mi sombra. Era una persecución en toda regla. Aparecía en la cafetería con un café para mí, que yo rechazaba. Dejaba una rosa en mi casillero, que yo tiraba a la basura.

Me esperaba a la salida de mis clases, ofreciéndose a llevarme en su coche deportivo, oferta que yo ignoraba mientras caminaba hacia la parada del autobús.

Era una dinámica extraña. Él, con su insistencia casi infantil; yo, con mi resistencia fría y estudiosa. Mis amigas, Mariana y Carmen, no lo entendían.

"Sofía, el tipo está loco por ti. Y no está nada mal, además de que tiene lana", decía Carmen.

"No es mi tipo", respondía yo, aunque una parte de mí, una muy pequeña y secreta, se sentía halagada por esa atención tan implacable.

La muralla que había construido a mi alrededor se vino abajo una noche. Era la semana de exámenes finales. Había pasado tres días sin apenas dormir, sobreviviendo a base de café y la presión de mantener mi beca. Salí de la biblioteca pasadas las dos de la madrugada, agotada, sintiendo que el mundo me daba vueltas.

Mientras caminaba por el campus desierto, dos sombras salieron de detrás de unos arbustos. Me rodearon, pidiéndome la cartera y el celular. Estaba tan cansada y asustada que apenas pude reaccionar. Me quedé paralizada.

Y entonces, de la nada, apareció Ricardo. No sé si me estaba siguiendo, como de costumbre, o si fue pura casualidad. No dijo nada. Simplemente se paró entre los asaltantes y yo. Hubo un forcejeo, gritos, el sonido de un golpe. Cuando todo terminó, los dos tipos habían huido y Ricardo estaba de pie, con el labio partido y respirando con dificultad.

Me miró, y por primera vez, no vi arrogancia en sus ojos. Vi preocupación. Pura y genuina preocupación.

"¿Estás bien?", preguntó, su voz ronca.

Yo no pude responder. El agotamiento, el miedo y ahora el alivio, todo se mezcló y mis piernas cedieron. Me derrumbé, llorando, no tanto por el susto, sino por el peso de todo. Él se arrodilló a mi lado, torpemente me puso su chaqueta sobre los hombros. No intentó besarme ni aprovecharse del momento. Simplemente se quedó ahí, una presencia sólida en mi caos.

"Tranquila", dijo en voz baja. "Yo te cuido. No voy a dejar que nada te pase".

Y en ese momento, en mi estado más vulnerable, le creí. Mi corazón, que se había mantenido cerrado con tanto celo, se abrió de par en par para él. Sentí que bajo esa fachada de chico malo había alguien que, a su manera, se preocupaba de verdad.

Ese fue el momento en que nuestra historia de amor, tan improbable, comenzó. Una historia que ahora, recordada desde la cama de un hospital, se sentía como una trágica ironía.

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