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Portada de la novela El Último Aliento de Selena

El Último Aliento de Selena

Un fiscal descubre el cadáver de Selena, su esposa, en una construcción. Durante años, él creyó las calumnias de su exnovia Amaya, pensando que Selena lo había dejado. Sin embargo, la autopsia revela que ella murió esperando un hijo suyo. Atormentado por haberla humillado y confiado en la mujer errónea, el dolor se torna en una furia implacable. Ahora, usará toda su influencia legal para destruir a Amaya y vengar la muerte de su familia.
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Capítulo 1

El hedor a muerte me golpeó en una obra abandonada. Como fiscal, mi deber era resolver el crimen, sin importar el horror.

Pero entre el lodo, encontré un relicario con una cuchara de madera. Pertenecía a mi esposa, Selena, la mujer que yo creía que me había abandonado y humillado.

Cegado por mi ambición y las mentiras de mi exnovia, Amaya, negué la verdad. La culpé en público, la llamé egoísta. Hasta que el informe forense me destrozó: no solo era Selena, sino que estaba embarazada de diez semanas. De mi hijo.

El mundo se derrumbó. El dolor y la culpa me ahogaron. Yo, el fiscal intachable, había empujado a mi propia esposa y a mi hijo a la muerte, todo por creerle a la mujer que la quería muerta.

Pero mi dolor se convirtió en una furia helada. Con las pruebas en mano, me dirigí al hospital donde Amaya fingía su enfermedad. Esta vez, la justicia no sería para un extraño. Sería mi venganza.

Capítulo 1

MARCO PERAL POV:

El hedor a muerte me golpeó antes de que mis ojos pudieran procesar el horror. Era una mezcla nauseabunda de putrefacción, tierra húmeda y algo metálico, dulzón y repugnante. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la madrugada en esa obra en construcción abandonada.

El oficial Flores me miró con los ojos muy abiertos, su rostro pálido por la luz intermitente de las sirenas. "Fiscal Peral", tartamudeó, su voz apenas un susurro. "Es... es terrible."

Asentí, forzándome a mantener la compostura. Había estado en medio de una cena importante, discutiendo un caso de alto perfil, cuando la llamada llegó. Dejé mi copa de vino a medio terminar y mi exnovia, Amaya, me miró con una mezcla de preocupación y molestia. "Ten cuidado, Marco", dijo con su voz melosa. "Tu trabajo es agotador." Me odiaba por tener que irme, pero mi deber era lo primero. O eso me decía a mí mismo.

El Comandante Velasco, un hombre con más años en esto que yo, se acercó, su rostro curtido era una máscara de seriedad. "Fiscal, por favor, mantenga la distancia. La escena está contaminada."

"Lo sé, Comandante", respondí, mi voz sonaba más firme de lo que me sentía. Mi reputación como fiscal intachable y eficiente era mi mayor activo. No podía permitirme flaquear.

Me acerqué, mis botas crujiendo sobre los escombros. El cuerpo yacía en una zanja, cubierto de tierra y ramas secas. El tiempo, la humedad y, probablemente, los animales, habían hecho su trabajo. La silueta era apenas reconocible como humana.

El rostro... no había rostro. Era una masa desfigurada, irreconocible. La ropa estaba desgarrada, manchada de sangre y lodo seco. Era evidente que la víctima había sufrido una violencia extrema. Los fragmentos óseos expuestos, la piel lacerada, el hedor que se intensificaba con cada paso. Mi estómago se revolvió. Tuve que tragar con fuerza para reprimir el impulso de vomitar.

"¿Alguna identificación?", pregunté, mi mirada buscando algo, cualquier cosa, que pudiera darle un nombre a esa pobre alma.

El forense, el doctor Hernández, se inclinó, un guante de látex rozando la tierra. "Nada visible, Fiscal. Las huellas dactilares serán un desafío. Y la dentadura..." Dejó la frase en el aire. No hacía falta que terminara.

Mis ojos se posaron en algo que brillaba débilmente entre la tierra endurecida, cerca del hombro del cuerpo. Un pequeño relicario de plata, manchado de sangre seca y barro, pero inconfundible. Tenía un diseño intrincado, grabado con una rosa de ocho pétalos.

Mi aliento se cortó. No podía ser.

Mis dedos, enguantados, temblaron ligeramente mientras lo recogía. Colgando del relicario, había un pequeño dije en forma de cuchara de madera, no más grande que mi pulgar. Una pequeña imperfección en la madera, una astilla en el borde, lo hacía único.

Un recuerdo fugaz, como un picotazo de dolor, atravesó mi mente. Selena. Mi esposa.

La había hecho ella misma, en un taller de artesanía al que asistía antes de que la conociera. Me la entregó una noche, con los ojos brillantes de orgullo. "Es para ti, Marco", dijo, su voz dulce y vacilante. "Para que siempre recuerdes que te prepararé el mejor café del mundo."

Sentí un amargo sabor en mi garganta. La cuchara de madera. El símbolo de su amor ingenuo. Amaya, un día, la había visto en mi escritorio. "Qué cursi, Marco", había dicho, con una sonrisa sarcástica. "Parece hecha por una niña de preescolar. ¿Y esa rosa? Más bien una espina."

Sus palabras, como veneno, se habían incrustado en mi mente. En ese momento, sentí vergüenza. Vergüenza de que Selena, con sus gustos sencillos y su arte "menor", pudiera avergonzarme frente a Amaya. Le tiré la cuchara a Selena, la vi caer al suelo, rodar bajo el sofá. "¡No necesito estas tonterías, Selena!", le grité. "¡Necesito una esposa que me apoye, no que me avergüence! ¡Necesito a alguien que entienda mi mundo, no que me ate a uno de fantasías!"

Marco, mi mente me gritaba, concéntrate. No era ella. No podía ser ella. Selena era un estorbo, sí, pero no esto.

El sudor frío me perlaba la frente. Apreté el relicario en mi mano, el metal frío contrastando con el calor de mi palma.

"¡Comandante!", grité, mi voz áspera. "Necesito que esta investigación sea impecable. ¡No quiero errores! ¡Quiero resultados! ¡Esta ciudad no puede permitirse que un crimen como este quede impune!"

Mi mirada volvió al relicario. No, no era ella. Selena era una artista, una soñadora. Yo era un fiscal ambicioso. No éramos compatibles. Ella solo me traía problemas, me arrastraba a un mundo que no era el mío.

Y ahora, con su desaparición, su ausencia, ¿no me estaba causando más problemas?

"¡Encuentren a los responsables!", volví a gritar, mi voz resonando en el frío de la madrugada. "¡Que sientan todo el peso de la ley! ¡No me importa quién sea, no me importa qué tan poderoso sea! ¡Quiero justicia!"

Apreté los dientes. La justicia… la justicia era para los fuertes, para los que la merecían.

"Y que nadie piense que esto me va a distraer de mis otros objetivos", murmuré para mí, mi mirada perdida en la oscuridad que rodeaba la escena del crimen. "Amaya me necesita. Haré lo que sea por ella."

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