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El Último Adiós

Tras la muerte de su madre, una joven se enfrenta a una verdad devastadora: su familia la abandona y su esposo revela que su unión fue un engaño orquestado por su suegra. Destrozada por la traición y la falta de afecto, ella elige firmar el divorcio para buscar un nuevo comienzo lejos de tanto dolor. Sin embargo, una vez que ella se marcha, él descubre con amargura que el vacío dejado por su ausencia es algo que no podrá llenar jamás.
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Capítulo 2

"Está borracho. Baja y hazle una sopa para la resaca, yo me encargo de lo demás", ordenó Gracie con frialdad luego de arrodillarse junto al hombre y poner manos a la obra.

Como Janessa estaba en pánico, se dio la vuelta y fue a la cocina como esta le acababa de decir.

A Rayan nunca le había gustado que se le acercaran extraños, de modo que no había ni un solo sirviente presente en la villa.

Fue una suerte que le hubiera dado el número de teléfono de su médica privada unos días atrás, pues llamar a una ambulancia a esas horas de la noche alertaría a los medios de comunicación y las consecuencias serían inimaginables.

La mera idea de ello hizo que las manos y los pies de su esposa se congelaran de miedo.

El chisporroteo de la sopa derramándose sobre las llamas la devolvió a sus sentidos, por lo que enseguida retiró la olla, llenó un tazón y lo llevó arriba.

En el momento en que estaba a punto de entrar al baño escuchó un repentino golpe en el dormitorio, lo cual era inquietante en la villa vacía.

Ante eso, se mordió el labio y se dirigió de puntillas a la habitación principal sin soltar el cuenco cuando de repente una voz fría y aguda se escuchó por una rendija de la puerta.

"¿Qué estás haciendo aquí?". Si bien se escuchaba débil, la dura exigencia de la pregunta fue firme.

Ella avanzó dos pasos y estaba por dar su explicación cuando una voz aún más enojada resonó y casi le rompió los tímpanos.

"Te estoy preguntando qué haces aquí. ¡Di algo! ¿Por qué no hablas?".

Eso le provocó un escalofrío mientras la expresión furiosa de su esposo parpadeaba en su mente, haciéndola detenerse en seco.

"Janessa me dijo que viniera a vendar tu herida", respondió la doctora, quien a pesar de sonar muy estable, la sensación de asfixia detrás de sus palabras era difícil de ignorar.

"¿Janessa? ¡Janessa! ¿Sabes quién es ella ahora? Es mi esposa, ¡la señora Lu! ¡De hecho tengo que agradecerte por todo esto! ¿Estás feliz? ¡Debes estarlo!".

Con los dientes apretados y los ojos enrojecidos, él le dio a la mujer una mirada furiosa.

Esta apretó los labios con fuerza y unas pocas lágrimas se asomaron hacia sus mejillas hasta caer en el dorso de su mano.

Él nunca había sentido tanta pena por ella, e inconscientemente, aflojó su agarre.

"Pensé que estarías bien después de que rompimos. Tu madre dijo que ustedes dos procedían de familias de igual rango social y que algún día tendrían hijos. Además... No te merezco".

Tan pronto como Gracie se arrojó a sus brazos a llorar, la puerta se abrió, por lo que ella se soltó a toda prisa, agachó la cabeza y se limpió la cara.

En la entrada, Janessa sostenía el plato de sopa, sudó frío y los nudillos se le pusieron blancos con lo fuerte que estaba agarrando la bandeja.

Sus pensamientos se arremolinaban salvajemente en su cabeza al tiempo que el pánico la embargaba. Ella siempre creyó que la familia Lu quería que le diera un hijo a Rayan, no que la habían usado para separar al hombre de Gracie.

De hecho había sido la otra sin saberlo.

Sin embargo, ella no habría podido querer menos ese "honor".

En ese momento sintió un golpe en el corazón, y bajo la presión de actuar como la esposa de Rayan, se burló y miró con frialdad a las dos personas en la cama.

El hombre se paró frente a la médica, como protegiéndola de su mirada con una expresión amenazante.

No obstante, ella avanzó tranquilamente con la bandeja en la mano, tratando de reprimir la creciente ira.

"No sabía que tú y ella tenían tanta historia juntos, pero eso ya pasó. Yo no los obligué a romper. Señorita Mo, no es necesario que te aferres demasiado al pasado, por favor".

A pesar de su sonrisa agradable, su corazón estaba temblando mientras que los ojos penetrantes de su esposo le daban a entender que si las miradas pudieran matar, ella ya estaría hecha pedazos en el suelo.

"Eso no es de tu incumbencia. ¡Vete!", exclamó él de forma despiadada, con severidad, y sin perder su postura protectora frente a la otra.

Si bien Janessa nunca se habría rebajado tanto como para pelear con ninguna mujer por un hombre que no la amaba, ahora ni siquiera lo pensó dos veces.

"Esta es mi casa. ¿Por qué debería irme? Rayan Lu, sé que todavía no aceptas las cosas, pero eso no cambiará el hecho de que estamos casados y yo soy tu esposa. Si quieres protegerla a ella, habla del problema con tu madre, quien a fin de cuentas fue la primera en estar en desacuerdo". Sus palabras tenían un tono indiferente, pero cada una de ellas eran como agujas que les atravesaban el corazón.

"Señorita Mo, ya sabes qué hacer si no quieres avergonzarlo". Apenas se volteó hacia Gracie, el color desapareció del rostro de esta, quien la miró con ojos heridos, bajó la cabeza y salió corriendo de la habitación tapándose la boca.

En ese punto era demasiado tarde para que Janessa esquivara el tazón que se volcó encima suya con una sopa extremadamente caliente.

Sin aliento por el dolor de la quemadura, de repente se quedó sin aire porque su esposo la empujó contra la pared con una mano alrededor de su cuello.

"¡Si algo le pasa, no te perdonaré!".

Su tibio aliento golpeó su rostro con esas palabras llenas de odio y a ella le dolió el corazón.

Aun con sus lágrimas brotando sin control, lo provocó. "Mi vida es mucho más valiosa que la de ella. Si no me crees, puedes preguntarle a tu madre".

"¡¿Cómo te atreves a amenazarme?!", espetó su esposo al tiempo que apretaba la mano alrededor de su cuello, haciéndola jadear desesperada por aire. Ella podía sentir el lento bombeo de su sangre en sus venas y sus sienes latiendo.

Cuanto más se comportaba él cual salvaje, más grande se volvía la terrorífica sonrisa en su rostro.

"Si no te vas ahora, no podrás alcanzarla", le sugirió entonces con una voz exageradamente amable, como si no fuese ella quien hablara.

La ira en su rostro la había llenado de satisfacción.

Con eso, lo que le impedía respirar se fue, la mujer se deslizó por la pared mirando hacia arriba, donde se encontró la advertencia en los ojos fríos de su esposo.

La ruidosa habitación ahora era sofocante y silenciosa, e incluso su feroz tos ocasional se volvió ensordecedora.

Llevándose la mano quemada al pecho, sacó el teléfono para llamar a Gordon Shen, y mientras esperaba que atendiera, la euforia en ella se fue disipando hasta dejarla agotada.

"Ya es muy tarde. ¿Por qué no te has acostado todavía?", preguntó la voz suave al otro lado de la línea. Si bien era tranquilizadora, le despertó un fuego inexplicable.

"¿No trabajaste en el mismo hospital con Gracie? ¿Sabías sobre la relación entre ella y Rayan?".

Janessa se esforzó por mantener la voz tranquila, no obstante, Gordon sentía que algo andaba mal, así que guardó silencio durante unos segundos y luego cambió sutilmente de tema. "¿Por qué de la nada preguntas al respecto? ¿Peleaste con él?".

Ella solo sintió una oleada de ira acompañada de una opresión en el cuero cabelludo, mareos y ni siquiera podía respirar del todo bien.

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