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Portada de la novela El Toque Del Alquimista

El Toque Del Alquimista

Josselyn, heredera de una estirpe proscrita, se infiltra en la corte con una medicina prohibida para salvar a la soberana. En su nuevo rol, cautiva al implacable príncipe Killian y a cuatro influyentes nobles que intentan dominarla. Sin embargo, tras su fachada de sanadora, late un ansia de venganza por el asesinato de sus progenitores. Entre intrigas palaciegas y pasiones prohibidas, ella decidirá si entregarse al afecto o cumplir su letal plan contra la corona.
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Capítulo 3

Unos golpes apresurados resonaron al otro lado de la puerta de su habitación. Una sirvienta estaba allí, con el rostro pálido.

-Señorita Josselyn... la Reina no puede dormir. Su cuerpo está empapado en sudor y tiene fuertes retortijones -dijo la sirvienta.

El cuerpo de Josselyn se tensó. El destello de la espada de Killian cruzó su mente.

Sin perder tiempo, salió de su habitación.

-Vamos.

El eco de sus pasos resonó por el corredor del Ala de la Reina. Murmuraba en su interior.

'Por favor, salva a la Reina, Dios. Si no... mi cabeza será el precio', rezó.

Al llegar frente a la puerta de la habitación de la Reina, Yorick apareció desde el otro lado del pasillo. Su cabello estaba desordenado y aún llevaba su ropa de dormir. Se miraron por un instante, y Yorick asintió.

El guardia abrió de inmediato la puerta.

-Su Majestad, ¿se encuentra bien? -preguntó Josselyn, acercándose.

La Reina estaba sentada, con el rostro pálido. Gotas de sudor del tamaño de granos de maíz cubrían su frente. La parte trasera de su vestido estaba húmeda.

-Es la tercera vez que Su Majestad va y viene al baño, señorita Josselyn -informó una de las sirvientas.

Josselyn asintió. Ayudó a la Reina a recostarse nuevamente. Tomó una toalla y limpió el sudor de su frente.

Miró al médico, como preguntando si todo estaba bien.

Yorick tomó el pulso de la Reina.

-La poción está funcionando -dijo brevemente-. El veneno está saliendo.

Sus palabras hicieron que Josselyn respirara con alivio.

-Prepararé manzanilla y una papilla caliente. Tú prepara una compresa tibia para su cuello -ordenó Yorick.

Josselyn asintió. Esa noche, con ayuda de las sirvientas, cuidó de la Reina hasta que finalmente volvió a dormir.

~

-¿De verdad tengo que asistir?

Josselyn se detuvo frente al pequeño espejo de su habitación. El día había cambiado. Observaba el vestido azul pálido que las sirvientas del palacio le habían entregado.

-Es una orden de Su Majestad la Reina. Desea que la señorita Josselyn la acompañe durante toda la celebración -respondió la sirvienta, inclinándose levemente antes de retirarse.

Cuando Josselyn se aseguró de que se había ido, una sonrisa se extendió en su rostro frente al espejo, como si hubiera ganado el premio mayor.

-No era mi plan... pero la diosa Fortuna está de mi lado -murmuró, haciendo girar la falda de su vestido.

-Te gusta.

Una voz surgió desde la puerta. Josselyn dio un salto, sobresaltada.

-Su Alteza -se inclinó rápidamente.

Killian avanzó hacia ella. Sus ojos recorrieron su figura desde los pies hasta la cabeza, para finalmente fijarse en los de Josselyn.

-Solo vine a advertirte. Has sido invitada al banquete para vigilar la salud de la Reina. No como invitada.

Josselyn respiró hondo, maldiciendo en silencio. 'Lo sé.'

Pero solo inclinó la cabeza.

-Sí, Su Alteza. Lo tendré presente.

~

El gran salón del palacio se transformó en un mar de luz. La música fluía, los vestidos brillaban y las risas se mezclaban en el aire.

Josselyn permanecía ligeramente detrás de la Reina. Sus dedos entrelazados, sus ojos recorrían la sala, evaluando el ambiente.

'Las damas nobles realmente se han arreglado para llamar la atención de Killian', pensó.

Como el propósito del banquete era encontrarle esposa al Príncipe Heredero, no solo asistían nobles del reino, sino también de otros territorios. Eso significaba que su competencia era aún mayor: no solo belleza, sino también linaje.

-No te quedes como una prisionera esperando sentencia -susurró Yorick a su lado.

Josselyn esbozó una leve sonrisa. Seguramente Yorick pensaba que estaba incómoda en medio de tanta gente, cuando en realidad ella estaba calculando sus posibilidades.

-No imaginé que sería tan concurrido -respondió sin mirarlo.

-Eso es bueno, ¿no? Nadie nos prestará atención. ¿Ves esa mesa en la esquina?

Josselyn siguió la dirección de su mirada.

-Está llena de dulces. Ve y toma algunos. Te relajará.

-¿Y la Reina...?

-Déjamela a mí. No tardarás tanto en comer algo, ¿verdad? -Yorick le guiñó un ojo.

Josselyn sonrió ampliamente. Esa mañana no había desayunado por la inesperada visita de Killian.

-Está bien, iré un momento. Cuide de la Reina, ¿sí? -dijo con ánimo.

Se deslizó hacia la esquina del salón. Sus ojos brillaron al ver la variedad de pasteles coloridos y de formas curiosas.

-Ah, quiero probarlos todos... -murmuró, conteniendo casi un grito de felicidad.

Tomó un pastel rojo.

-El Príncipe Heredero -murmuró alguien.

El ambiente cambió. La música continuaba, pero todas las miradas se dirigieron hacia un punto.

Killian había entrado.

Frío. Erguido. Su mirada recorría el salón como si contara enemigos, no buscara pareja.

Josselyn, masticando, murmuró:

-Parece molesto...

Tomó otro pastel.

-Aunque siempre luce así.

No le importaba. Killian seguramente ni la vería. Ahora solo necesitaba comer para no desmayarse.

Mientras todos estaban distraídos, un noble anciano se acercó. Sus ojos la evaluaron de arriba abajo.

-Así que no me equivoqué. La hija de Althea -dijo sin cortesía, elevando la voz para llamar la atención.

Algunos se giraron hacia ellos.

-¿Cómo llegaste aquí? ¿Te colaste? -añadió con una sonrisa despectiva.

Bajo las miradas de otros nobles, Josselyn bebió un vaso de agua con calma. Luego lo miró con serenidad.

-Trabajo como asistente del médico real.

El anciano alzó una ceja.

-¿Asistente? No digas tonterías.

-Estoy aquí por orden del Rey y la Reina.

El noble soltó una risa burlona.

-Alguien con sangre de traidores no debería mostrar su rostro en el palacio.

La mandíbula de Josselyn se tensó.

Respondió sin sonrisa.

-¿Y cómo debería ser? ¿Alguien que sabe adular como usted? -su voz bajó, fría.

El rostro del hombre se enrojeció. De inmediato, le dio una fuerte bofetada. El golpe la hizo tambalear.

-El Rey es demasiado generoso -dijo el noble-. O demasiado paciente.

Se limpió la mano con disgusto.

-Permitir que la hija de un traidor deambule libremente donde ejecutaron a su padre.

Josselyn se tensó. No giró la cabeza, pero cada palabra se clavaba en sus oídos.

-¿No es peligroso? He oído que la Reina no está bien.

Los murmullos comenzaron.

-¿Y si intenta envenenarla por venganza?

El noble sonrió, como si recibiera apoyo.

-No, mientras siga siendo útil.

Su mirada recorrió el cuerpo de Josselyn.

-A la Reina le gustan sus pociones. Al Rey le gusta ver a su esposa respirar un poco más.

Soltó una risa baja.

-¿Y cuando deje de ser útil?

Su tono se volvió más frío.

-Entonces la espada será más rápida que cualquier juicio.

Las voces se hicieron más intensas. Algunos asentían, otros la miraban con lástima. La garganta de Josselyn se secó.

-Solo podemos esperar que el Rey y la Reina reaccionen antes de que esta chica deje de respirar.

Sus ojos se posaron en el tubo que Josselyn llevaba.

-¿Esa es la poción? Tal vez ya la envenenó.

El cuerpo de Josselyn tembló. La multitud crecía. Entre ellos, vio a Yorick acercarse... demasiado tarde.

Un destello de acero.

Demasiado rápido.

La hoja rozó el cuello del anciano. La sangre manó sobre su collar.

El salón quedó en silencio.

Josselyn giró la cabeza.

-Su Alteza...

Era Killian.

Su espada estaba apoyada en el cuello del noble.

-Repítelo -dijo en voz baja-. No lo escuché bien.

Josselyn se quedó helada. Sus manos temblaban.

-¡Su Alteza! -exclamó el jefe del consejo, alarmado-. ¡Esto es un banquete!

-Y él lo arruinó -respondió Killian.

El anciano tragó saliva.

-Yo... lo siento.

Killian retiró la espada y la guardó.

-Vete.

El noble retrocedió apresurado, casi corriendo fuera del salón. Los murmullos lo siguieron.

Las piernas de Josselyn temblaron. Los rumores eran ciertos: el Príncipe Heredero blandía la espada sin dudar.

-Está loco... -murmuró sin darse cuenta.

-No -respondió una voz a su lado-. Simplemente no le importa.

Josselyn giró.

Dos hombres estaban allí.

El primero sonreía con aire despreocupado, su cabello plateado atado sin cuidado, sus ojos llenos de curiosidad.

El segundo tenía un rostro inexpresivo, cabello castaño ordenado, mirada calculadora.

-Soy Howarth -dijo el primero-. Y él es mi hermano, Sebastian.

-Venimos de Edevane, el reino vecino -añadió Sebastian.

-Un gusto conocerte, chica protegida por el Príncipe Heredero -la mirada de Howarth se detuvo en los ojos de Josselyn.

Josselyn tragó saliva. Sus miradas eran frías, afiladas, amenazantes.

Comprendió entonces algo.

Esto... apenas era el comienzo.

Un caos mucho más grande y peligroso que su propia venganza la estaba esperando.

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