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Portada de la novela El susurro de tu voz

El susurro de tu voz

Unidos por la traición de quienes amaban, Marcos y Sabrina se refugian en un vínculo prohibido que desafía cualquier juicio. Él es un hombre de presencia madura; ella, una bajista vibrante que despierta su pasión. Lo que comenzó como un alivio ante el dolor se transforma en una atracción indomable, donde cada encuentro íntimo desdibuja la culpa. Entre verdades compartidas y un deseo creciente, ambos exploran una conexión profunda que parece dictada por el destino.
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Capítulo 3

Hablar con esa mujer me partió la cabeza. Recién cuando llegué a mi casa me di cuenta de lo que había hecho: comportarme como un infeliz y arrastrar a alguien conmigo.

Lo busqué, averigüé quién era. Nada difícil con toda la gente que conocía. Me dijeron que tenía una hermana, dónde vivía, de qué trabajaba. A ella nunca la mencionaron y yo ni siquiera me acordaba de su nombre. Ni la escuché.

Matías Mendoza, 29 años, soltero, técnico electricista. Trabajaba en obras grandes, con contratistas. Sin padres, una hermana de 25. Pensé que era ella, no sé por qué. Nunca se me ocurrió pensar si estaba casado o tenía pareja. Fui un hijo de puta.

Me miraba parada en la puerta, en pijama, como si yo fuera un loco. Y a lo mejor en ese momento estaba loco.

—¿Acá vive Matías Mendoza? —le pregunté mientras se fregaba los ojos, queriendo sacarse el sueño.

—¿Usted quién es?

—Marcos Romero. Me gustaría hablar con él.

—Matías está trabajando —me dijo—. Vuelve más tarde. ¿Para qué lo necesita?

—Tengo que hablar con él de un problema. ¿Usted es?

—Sabrina.

—Ah, la hermana.

¿La hermana? No puedo creer lo ciego que fui. Lo trastornado que estaba para ni siquiera darme cuenta.

—¿De qué problema quiere hablar con él?

Tendría que haberme cerrado la puerta en la cara.

—Mire… —dudé—. ¿Puedo pasar? No quiero hablarlo en el pasillo.

Y me dejó pasar. A un desconocido que solo debe haberle dado buena impresión porque estaba bien vestido y porque parecía que se me había muerto alguien.

Miré todo con las manos en los bolsillos. La miré a ella: pelo enmarañado, cara de dormida, toda la confusión del mundo en esos ojos verdes. Bonita, sencilla, todo lo que Vera no era.

Algo me dejo quieto, solo observándola. De a poco comenzaba a ponerse nerviosa, a moverse de un pie al otro, a agarrarse el borde del pijama con las manos. En cualquier momento llamaba a la policía.

—Entonces, ¿qué pasa con Matías? —me preguntó después de cerrar la puerta.

—Su hermano duerme con mi esposa —lo solté, así, sin rodeos.

—¿Perdón?

—Su hermano es el amante de mi mujer.

Se quedó helada. Petrificada.

—No entiendo —sacudió la cabeza.

—Su hermano se acuesta con mi mujer.

Que estúpido, se lo repetí otra vez, despacio, como si ella fuera tonta.

—Mire, creo que...

—Vera. Se llama Vera —la corté.

—No conozco a ninguna Vera, jamás escuché su nombre.

Era confuso, irreal, como si estuviera queriendo decir algo y hubiera mucho ruido de fondo que me distraía.

—Los martes y los viernes, son los días que se ven —seguí—. En el mismo hotel, a la misma hora.

—Me parece que se equivocó de persona —sí, después yo también deseé haberme equivocado de persona—. Debería…

—Mire —la interrumpí, mostrándome el teléfono—. ¿Es él, no?

Agarró el aparato y miró. Y sí, era él. Parado en una recepción con una mujer rubia, igual de elegante, la mía. Por la manera en que se iba abriendo los ojos de la sorpresa, supe que no estaba equivocado.

Igual, estaba esperando que me lo confirmara. Pasé el dedo por la pantalla y le mostré más fotos, se quedó un rato largo observando esa en la que Matías la agarraba del trasero.

—Sí, es Matías… ¿Cuánto hace que pasa esto?

—No lo sé.

—¿Y para qué lo vino a buscar?

—Tampoco sé. Para verlo de cerca, para hablar con él. Para que su hermano me explique qué hago con 15 años de matrimonio.

Se sentó en un sillón, se cayó sobre él. Me miró a la cara y se puso a llorar, así nomás.

—No es mi hermano —me dijo.

—¿Cómo que no es su hermano?

—No —lloró más fuerte—. Es mi prometido, es mi novio. Hace 3 años que estamos juntos.

—Mierda.

Me quedé inmóvil. Le temblaban las manos mientras se sacaba la cara. Pobre mujer. Debía tener la misma edad que él. Se le notaba lo joven que era y yo había golpeado a su puerta para romperle las ilusiones. Tenía un anillo sencillo en el dedo, una alianza de plata quizá, nada costoso.

—Mejor me voy —le dije, no sabía dónde meterme.

—¿Ahora se va a ir después de que me cagó la existencia?

—Mire, yo no sabía…

—¡Yo tampoco sabía! — gritó—. Viene a mi casa a decirme que mi pareja se acuesta con la suya como si nada.

—¿Le parece que para mí es fácil? —levanté la voz—. Hoy cumplimos quince años de casados y la muy puta me va a esperar con lencería de encaje, como hace todos los años.

Qué patético, quejándome de una infidelidad como si fuera una nena a la que le habían sacado la muñeca. Era esa mierda que me presionaba el pecho, esa voz en mi cabeza que me gritaba que era un imbécil.

—Si le va a romper la cara, llega como en una hora —se puso de pie con las mejillas rojas.

—No le voy a romper la cara.

—¿Y entonces? ¿Vino para conocerlo, para sentarse a hablar de cómo se acuestan con la misma mujer? —me preguntó con toda la bronca del mundo. Ya que estaba y le había ido con la "noticia", que me comiera la mierda.

—Le dije que no sé…

—¿Qué no sabe? ¿No vio las fotos? ¿No acaba de decirme los días que se ven y dónde?

Me puse peor, por qué tenía razón. Por qué lo lógico hubiera sido molerlo a golpes y sin embargo, ni eso quería.

—No me puedo dar el lujo de darle una paliza a una porquería y terminar preso porque mi mujer resultó ser una puta —la voz me salió espesa, con rabia.

Esa cara me revolvió el estómago. Estiré la mano y le di mi pañuelo. Éramos dos estúpidos, dos cornudos, mirándonos las caras. Había perdido el control por algo que ni siquiera sabía si todavía me importaba.

Yo en traje, ella en pijama y en dos minutos perdimos todo.

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