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Portada de la novela El Silencio Que Grita

El Silencio Que Grita

Después de siete años dedicados a forjar la fortuna de Ricardo, una fotografía revela su engaño: él cocina con ternura para su asistente, un gesto que jamás tuvo conmigo. Tras encararlo, su respuesta es la humillación; me despide y utiliza su poder para dejarme sin nada en un divorcio injusto. Ante tal crueldad, decido marcharme de la Ciudad de México hacia Oaxaca. Allí, entre las sombras de su traición, empezaré de cero para crear mi propio imperio.
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Capítulo 2

El silencio del apartamento era denso, casi se podía tocar, roto solo por el zumbido del refrigerador y el suave roce de mi pulgar sobre la pantalla del teléfono, era una noche como cualquier otra, o eso parecía, Ricardo estaba de viaje de trabajo, como tantas otras veces, y yo estaba en casa, esperándolo, o al menos, eso era lo que se suponía que hacía.

Fue entonces cuando la vi, una nueva publicación en su Instagram, Ricardo casi nunca publicaba nada personal, su perfil era una cuidada galería de sus creaciones culinarias, platos que parecían obras de arte, pero esta foto era diferente, no era un plato, era él, Ricardo, con una sonrisa que yo no le había visto en años, estaba en una cocina rústica, de adobe y madera, con una cazuela de barro sobre el fuego, sus manos, esas manos que yo conocía tan bien, estaban cubiertas de masa para tortillas, el texto que acompañaba la foto era corto pero devastador: "Nada como el mole poblano hecho en casa, en el rancho, con la mejor compañía. #Tradición #Amor".

Al fondo de la foto, desenfocada pero inconfundible, estaba Ximena, su asistente, sonriendo, mirándolo con una adoración que me revolvió el estómago.

Mi mente se quedó en blanco por un segundo.

Ricardo odiaba cocinar en casa, durante siete años, le rogué que me preparara algo, cualquier cosa, su excusa era siempre la misma: "Mi amor, la cocina es mi trabajo, en casa quiero descansar", yo, como una tonta, lo entendía, lo apoyaba, le preparaba la cena cada noche para que él pudiera relajarse después de un día agotador en la empresa de catering que habíamos construido juntos, con mi dinero y su talento.

Ese mole, ese puto mole, era la prueba, la traición servida en un plato que él nunca quiso cocinar para mí, la descripción, "Amor", resonaba en el silencio del apartamento como un grito, y el rancho, ese rancho que yo no conocía, era el de la familia de Ximena.

Sentí una calma extraña, una claridad helada que se asentaba en mi pecho, no hubo lágrimas, no hubo gritos, solo una certeza absoluta, con el pulgar temblando apenas un poco, me deslicé sobre la pantalla y presioné el ícono del corazón.

"Me Gusta".

Sabía que ese pequeño acto, ese simple clic, era una declaración de guerra, el final de todo, era mi forma de decirle: "Te veo, sé lo que estás haciendo", era el punto final de nuestra historia, escrito con la tinta digital de su propia traición.

Dejé el teléfono sobre la mesa de centro, el brillo de la pantalla iluminando la foto de nuestra boda que descansaba en la repisa, dos personas sonrientes que ya no existían.

El teléfono de la casa empezó a sonar casi de inmediato, era él, por supuesto.

Lo dejé sonar un par de veces antes de contestar, mi voz salió tranquila, demasiado tranquila.

"Hola".

"¿Se puede saber qué chingados te pasa, Sofía?", su voz era un gruñido, cansado e irritado, como si yo fuera una molestia.

"¿De qué hablas, Ricardo?".

"¡No te hagas la pendeja! ¿Por qué le diste 'Me Gusta' a mi foto? ¿Estás tratando de provocarme? ¿De empezar un drama?".

"Solo me gustó la foto", dije, mi voz plana, sin emoción, "Se ven felices".

"¡Sabes perfectamente lo que haces!", gritó, y pude escuchar la voz de Ximena de fondo, susurrándole algo, "Estoy en un viaje de negocios, trabajando, y tú te pones a hacer estas niñerías".

"¿Haciendo mole en el rancho de tu asistente? ¿Eso es trabajo ahora?".

"Ella me está ayudando con un nuevo concepto, algo tradicional, algo que tú nunca entenderías con tus ideas de diseñadora de modas", escupió las palabras, cada una diseñada para herir, para menospreciarme.

Siete años, pensé, siete años en los que sacrifiqué mi sueño de abrir mi propia boutique para ser la administradora, la contadora y la gerente de su sueño, usando mis ahorros, mi herencia, para que él pudiera brillar.

"Mañana a primera hora quiero que vayas a la oficina", su tono se volvió autoritario, el del jefe que me había convertido, "Tenemos que hablar de tu actitud, esto no puede seguir así".

"Está bien, Ricardo".

"Y Sofía", su voz se suavizó un poco, un truco que ya conocía muy bien, "Ya sabes que todo esto es para nuestro futuro, para que por fin podamos tener la vida que queremos".

La misma promesa vacía de siempre, la zanahoria que colgaba frente a mí para que siguiera caminando.

Pero esta vez, yo ya no tenía hambre.

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