
El Secreto Mortal de Mi Esposo Mafioso
Capítulo 3
POV de Sofía:
El centro neurálgico del imperio de Dante era el último piso de la Torre Montenegro, un espacio de cristal ahumado y acero negro que ofrecía una vista divina de la ciudad. Había venido a dejar los documentos firmados con Félix, pero primero encontré a Isabella.
Estaba recostada sobre el enorme escritorio de caoba de Dante como si fuera su trono, riéndose de algo que él había dicho. Su presencia aquí no era una visita social; era una jugada de poder, una declaración de su lugar en su vida, hecha justo en frente de sus hombres de mayor confianza.
Me vio y su sonrisa se tensó.
—Sofía. Sé buena niña y tráeme un café. Negro, dos de azúcar.
Era una prueba pública de dominio: una princesa de la mafia ordenándome a mí, la esposa del Don, como a una sirvienta. Los hombres de Dante observaban, sus rostros cuidadosamente en blanco. Dante solo me miraba, una orden silenciosa en sus ojos: obedece.
Mi amor por él había estado muriendo lentamente durante semanas. En ese momento, sentí que la última brasa se extinguía, dejando solo cenizas frías y duras.
—Por supuesto —dije, mi voz una máscara perfecta de calma y sumisión.
Fui a la pequeña cocineta y preparé el café, mis manos moviéndose con deliberada lentitud. Cuando regresé, caminé hacia el escritorio. Isabella se levantó en un solo movimiento fluido, girando justo cuando me acercaba. Su cuerpo se estrelló contra el mío.
El café hirviendo se derramó por el borde de la taza, directamente sobre mi mano derecha. La mano con la que pinto.
Un dolor agudo me recorrió el brazo. Jadeé, dejando caer la taza y el plato. Se hicieron añicos en el suelo de mármol.
—¡Ay, Dios mío, lo siento tanto! —gritó Isabella, pero sus ojos brillaban con triunfo—. ¡Qué torpe soy!
Dante se movió al instante, no hacia mí, sino hacia ella. Puso su brazo alrededor de ella, protegiéndola como si yo fuera la amenaza.
—¿Estás bien, Bella? —preguntó, su voz teñida de preocupación.
Ni siquiera me miró. No vio mi mano, ya roja y ampollándose.
Dirigió su mirada furiosa hacia mí, con el labio curvado en un gruñido.
—Mira este desastre. Límpialo. Y por el amor de Dios, fíjate por dónde caminas.
Su indiferencia no era negligencia; era un veredicto, pronunciado ante toda su corte. Su esposa era desechable. Un inconveniente.
La quemadura era insoportable, un fuego extendiéndose bajo mi piel. Pero no era nada comparado con la certeza fría y dura que se instaló en mi alma. Esto no fue un accidente. Fue un ataque dirigido, destinado a lisiar no solo mi mano, sino mi espíritu.
El amor se había ido. Todo.
En su lugar, algo nuevo y terrible estaba echando raíces. Una resolución silenciosa y escalofriante de retribución.
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