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Portada de la novela EL SECRETO DEL ALFA. Doble vida con la humana curvy

EL SECRETO DEL ALFA. Doble vida con la humana curvy

Selina, una joven de curvas pronunciadas y voluntad inquebrantable, cruza su camino con el implacable Ares. Él es un Alfa dominante que encabeza a un grupo de licántropos con un odio visceral hacia los humanos. Pese a que ella desconoce el mundo sobrenatural, surge una pasión prohibida que rompe cualquier regla establecida. Atrapados en una red de secretos y peligros, ambos deben enfrentar una colisión de mundos que pondrá a prueba sus convicciones.
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Capítulo 1

- ¡Estúpida! - Resonó el grito de Magnus King.

El importante CEO de las empresas King, se levantó de golpe, sofocado, al tiempo que soltó un manotazo sobre el escritorio.

Selina, la asistente, se estremeció, bajando la cabeza.

- ¡Cuántas veces voy a tener que soportar tus idioteces! ¡¿Eh?! ¡Te pedí un informe completo y detallado y tú me traes, esta basura llena de errores!

Magnus lanzó la carpeta, golpeándola contra el pecho de su asistente, quien solo gimió, aguantando el nudo en la garganta, ella se agachó para recoger la carpeta y el reguero de papeles.

- ¡Estoy harto de tu negligencia! ¡Todos en esta empresa son unos idiotas! ¡Si no fuera por mí, todos los que trabajan aquí estarían comiendo basura...! ¡Cuerda de inútiles! - Escupió Magnus, exasperado, sintiendo como repentinamente perdía el aliento por un instante.

- Yo... Lo lamento mucho, señor King... - Balbuceó Selina, nerviosa. - Lo arreglaré de inmediato, no volverá a suceder, se lo prometo...

- ¡Idiota! - Gruñó Magnus, sosteniéndose del borde del escritorio, con ambas manos temblorosas. - ¡Más te vale que lo arregles...! O si no... ¡Estarás despedida! ¡Ya no te toleraré más!

- Señor... - Gimió Selina, con el corazón temeroso, abrazando la carpeta. - Por favor...

- ¡A mí no me vengas con tus estúpidas súplicas, ni con lloriqueos, sabes que los odio, muestra lo débil que eres, das lástima...! ¡Vas a trabajar todo el maldito día, sin pausas, si es necesario, y vas a tener esta mierda arreglada esta misma tarde si no quieres perder el trabajo! ¡Mira que ya me tienes harto con tu estupidez y negligencia! - Amenazó Magnus, con autoridad, soltando un manotazo más. Selina solo pudo asentir, hipando. - ¡Ahora vete! ¡Largo de mi oficina! ¡No quiero ver tu gordo trasero! - Concluyó lanzando una porta lápices contra la pared que pasó peligrosamente a un lado de Selina, quien se sobresaltó al escuchar el golpe.

- Si... Sí, señor...

Selina salió a la carrera de esa oficina, su propio infierno personal.

Pero, ¿qué más podía hacer ella cuando no había logrado conseguir otro trabajo? No podía morirse de hambre, ¿no es así? Ya ella había intentado trasladarse a otro departamento en la empresa, pero nadie era tan estúpido como para aceptar el puesto de asistente de presidencia y tener que soportar al viejo Magnus.

Un anciano amargado, frío, grosero y prepotente, que se cree superior a los demás, con el derecho de humillar a cualquier alma que se le atravesara en el camino solo por ser el presidente de una empresa y tener dinero.

¿Encontrar trabajo en otra empresa? Parecía una travesía todavía más imposible cuando la economía se encontraba en recesión y las empresas eran cada vez más exigentes con sus nuevos empleados.

Graduados, bilingües, con diferentes cursos, máster y llenos de muchas cualidades, además ahora las empresas querían asistentes con excelente presencia, es decir, mujeres que parecían modelos, mientras que Selina era una simple chica regordeta con algunos cursillos.

Solo porque nadie quería trabajar con el señor King, fue que ella consiguió esta oportunidad de trabajo en un puesto bien pagado.

Ya ella había intentado irse para otras empresas y había sido rechazada en muchas oportunidades.

Y Selina no podía darse el lujo de perder este trabajo, cuando tenía tantas responsabilidades que atender.

Selina volvió a tomar asiento en su lugar, en su pequeño escritorio acomodado afuera de la oficina, a un costado de la entrada de presidencia, ella levantó el rostro e inhaló profundo contando hasta diez para intentar calmar sus nervios.

- No sé cómo soportas al viejo Magnus... - Susurró Mabel, una compañera del trabajo, que pasaba por el lugar para entregar unos informes y escuchó todos los gritos.

- No es tan malo... Todo el tiempo. - Selina exhaló, botando todo el aire de sus pulmones. - No tengo otra opción, ¿No? Mi mamá ha empeorado su salud y mi hermanita... No puedo permitir que ella abandone la universidad y termine como yo... - Susurró Selina, acomodando las carpetas sobre el escritorio, en un esfuerzo por simular que no había ocurrido nada. - Ellas dependen de mí.

- Ay, Selina... - Mabel la miró con lástima. - De verdad espero que valga la pena todo el esfuerzo que haces...

Durante todo el resto del día, Selina se dedicó a revisar y verificar cifra por cifra el dichoso informe, al mismo tiempo que atendía las necesidades del señor Magnus, un café, recordarle de una reunión, recibir los informes de otras áreas para entregárselos.

El cansancio era brutal, la espalda y las rodillas dolían cada vez más, no solo por el sobrepeso, sino por andar en tacones todo el día, caminando por todo el edificio para ocuparse de todo, pues al señor Magnus no le gustaba ser molestado al menos que fuera realmente necesario.

- Hay que ver qué tienes fuerza de voluntad... Y fuerza en esos kilos de más. - Vanessa, una asistente de otro departamento, se atravesó en el camino de Selina justo cuando ella volvía con un montón de carpetas en los brazos.

- Se llama trabajo, deberías intentarlo en vez de andar chismeando en lo que hacen los demás... - Replicó Selina, arrugando el entrecejo, para luego intentar rodear a Vanessa y seguir su camino, las personas alrededor sonrieron ante la respuesta de Selina.

¿Qué se creía esa gorda inútil? Pensó Vanessa al sentirse el centro de burlas de parte de sus compañeros, todo por culpa de esa gorda que ni siquiera debía trabajar en ese prestigioso lugar y solo arruinaba la presentación de la empresa.

Con ese veneno en su mente, Vanessa actuó casi instintivamente y de un rápido movimiento manoteo las carpetas que Selina llevaba en las manos, tirándolas todas, creando una reguera en el pasillo.

Selina se quedó pasmada.

- ¿Ves? Un trabajo que tú no necesitas y por eso lo haces mal... Deberían botarte, es preferible que aguantes el hambre... - Murmuró Vanessa cruzándose de brazos al tiempo que se inflaba frente a todos. - Bien que te hace falta la dieta...

Vanessa sonrió con cierta malicia, alejándose para dejar a Selina congelada, no era solo los insultos del señor Magnus King los que tenía que aguantar, sino también los menosprecios de muchos compañeros que se burlaban de ella.

Conteniendo las lágrimas, llena de rabia e impotencia y sintiéndose humillada, Selina se agachó llenándose de toda la dignidad que podía, ante la mirada de todos, para recoger los papeles.

Nadie se movió para ayudarla, nadie dijo nada, ella era solo una sombra frente a todos.

- ¡Selina! - Ella escuchó el grito del señor King, cuando ya volvía a su escritorio, así que dejó las carpetas en un rincón y entró apresurada en la oficina.

- ¡Sí, señor!

- ¡¿Dónde estabas, maldición!? ¡Llevo horas llamándote! - Se quejó Magnus, con su usual expresión severa mientras caminaba por la oficina.

- Señor, lo siento, yo estaba trayendo unos registros cuando...

- ¡Cállate! ¡No me interesan tus excusas! - La interrumpió Magnus, acercándose erguido, con ese aire imponente que hacía a Selina estremecer de miedo. - ¡Ya está por terminar la tarde! ¡¿Arreglaste el informe?! ¡Tráelo inmediatamente!

Selina se tensó de inmediato, aún no lo había terminado y el tiempo que le tomó recoger los papeles de los registros que tenía que revisar, la había atrasado muchísimo.

- Señor, yo... - Musitó Selina, nerviosa, cerrando los ojos con fuerza mientras se tomaba un minuto de Silencio para llenarse de valor y aguantar los gritos que le esperaban, rogando mentalmente por qué no la despidieran.

- ¡¿Qué!? ¡Habla de una maldita vez!

- Lo siento, aún no lo he terminado, pero si usted me da unos minutos más, yo puedo... - Intento explicar Selina rápidamente, notando como el viejo Magnus se ponía rojo de la rabia, al tiempo que las venas le brotaban en la frente.

- ¡¿Qué?! ¡Eres una inútil! ¡¿Cómo es posible que no hayas hecho nada!? ¡No puedes hacer una maldita cosa bien! ¡Me tienes harto! - Comenzó a gritar Magnus a todo pulmón, como no había gritado nunca antes, soltando muchos improperios. - ¡ESTÁS DESPEDIDA!

Concluyó, cuando repentinamente el hombre anciano se tensó, quedándose tieso, como si le faltara el aire, y un momento después, su rostro se deformó con una mueca de dolor.

- Agr... - Se quejó Magnus, agarrándose un brazo con fuerza.

- ¡Señor! ¡Señor! ¡¿Qué le sucede?! ¡¿Puedo ayudarlo?! - Selina intentó acercarse, pero se cohibió de tocarle.

Esa era una de las reglas más importantes de su jefe, nada de contacto físico, nadie debía tocarlo, y entonces, se escuchó el estruendo de un fuerte golpe.

El imponente cuerpo del anciano, cayó tendido de largo a largo en medio de la oficina.

- ¡Señor! - Gritó Selina aterrada. - ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Alguien ayúdeme!

Ella salió corriendo mientras gritaba desesperadamente, su corazón latía acelerado.

Por culpa de ella, el señor Magnus, ¿Había muerto?

...

Tres días habían pasado desde la repentina muerte del gran señor Magnus King.

En el edificio entero de las empresas King se respiraba un aire miedo, todos los empleados andaban en zozobra cada vez que se pronunciaba el nombre del nuevo presidente.

Ares King.

El hijo mayor de Magnus, un hombre sumamente reservado que nunca aparecía en los eventos sociales de la empresa.

Algunos lo describían como un genio en los negocios, otros, como un hombre amargado, con un carácter de hielo, tal como su padre, incapaz de sentir, pero nadie lo conocía realmente, nadie lo había visto jamás, todos eran puros rumores.

Selina apenas había dormido los últimos días, ella aún veía en pesadillas el cuerpo del anciano Magnus desplomarse frente a ella, la culpa la atormentaba.

Aunque el viejo Magnus hubiera sido cruel con ella, lo último que Selina hubiera querido era verlo morir de esa forma y por su culpa.

Pero ahora, con la llegada del nuevo presidente, lo que más la aterraba a Selina era la gran posibilidad de perder su empleo.

Desde que se anunció la llegada del nuevo presidente, todos hablaban de una reestructuración, "El nuevo jefe traerá a su propio equipo", decían algunos; "El nuevo presidente despedirá a la mitad de los empleados", murmuraban otros.

Y Selina sabía que, siendo la torpe asistente del antiguo presidente, su destino estaba sellado.

A las nueve en punto, un lujoso auto se detuvo en la entrada principal de la empresa, reporteros esperaban a los costados de un camino acordonado, el chófer abrió la puerta de atrás y el nuevo presidente hizo acto de presencia.

El silencio se hizo total, todos contuvieron el aliento ante la presencia del hombre que se bajó, el nuevo jefe, Ares King.

Un hombre alto, de traje negro perfectamente entallado, camisa blanca y una presencia tan imponente que bastó para llenar el lugar.

- ¡Cielos! ¿Viste lo atractivo que es? - Comentó Vanessa a otra compañera que parecía absorta.

Ares, camino en dirección a la empresa, los reporteros intentaban hacerle preguntas, tomaban fotos, él ni se inmutó en voltear.

Selina esperaba en su puesto usual tras el pequeño escritorio acomodado junto a la puerta de presidencia, nerviosa, con un nudo en la garganta.

¿Qué era lo que le esperaba? ¿Qué sería de ella si la despedían? ¿Y de su madre, y su hermana? Seguro su nuevo jefe, el hijo de Magnus la odiaría por hacer enfurecer a su padre hasta causarle un infarto.

Seguro que la insultaría y la correría apenas la viera, sopesaba Selina mientras se estrechaba sus manos entrelazadas al frente, con ansiedad.

El sonido metálico del ascensor presidencial la hizo tensarse, el nuevo jefe había llegado, ella se irguió al tiempo que tragaba grueso.

De las puertas de acero emergió Ares, su paso era firme, el mentón elevado, y sus ojos grises, profundos, con un brillo oscuro, se fijaron en ella y en ese instante, el tiempo se detuvo.

Selina sintió un escalofrío recorrerla, el aire se le atoró en los pulmones, ella nunca en su vida había visto a un hombre así, tan imponente, tan grande, tan perfecto.

Ares se mantuvo por un momento en el mismo lugar, tenso ante la presencia de Selina, ¿Será por lo del infarto de su padre que la miraba así? Seguro que él la odiaba, concluyó ella en sus pensamientos.

Ares se mantenía serio, su expresión era fría, severa, tensa, con un aire salvaje, como si estuviera pensando en atacarle, en insultarla o gritarle, había algo en él que pareciera que no pertenecía a este mundo.

Selina intentó bajar la mirada por un segundo, por uno solo, sus mejillas se ruborizaron al sentir algo hipnótico y atrayente en ese hombre, como un imán.

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