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Portada de la novela EL SECRETO DE LA ASISTENTE DEL CEO

EL SECRETO DE LA ASISTENTE DEL CEO

La vida de la heredera Andreina Bravo se desmorona cuando su prima Ana la traiciona para robarle su prometido. Tras una noche forzada con el misterioso Pablo Montenegro, ella huye para regresar cinco años después como empleada de su propia empresa. Al descubrir que su nuevo jefe es aquel hombre, Andreina lucha por ocultar su identidad y la existencia del hijo que comparten. En un entorno de intrigas, ¿podrá el amor superar el peso de sus secretos?
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Capítulo 3

Juan se encontraba frente a la casa del señor Maximiliano, la casa que alguna vez imaginó como el escenario de su futuro con Andreina. La mañana estaba cargada de una humedad densa que parecía intensificar el peso de su decisión. Con un último respiro para calmar sus nervios, tocó el timbre, el sonido metálico de la campanilla resonó en el aire matutino, anunciando su llegada.

El señor Maximiliano apareció en la puerta con una sonrisa cálida, una expresión que parecía casi inadecuada para el tipo de conversación que Juan estaba a punto de tener.

-Buenos días, señor Maximiliano -dijo Juan, tratando de mantener la voz firme a pesar del nudo en su garganta.

El señor Maximiliano, vestido con una camisa de lino y pantalones bien planchados, se sorprendió al ver a Juan tan temprano. Su sonrisa se desvaneció lentamente mientras evaluaba la expresión en el rostro de Juan, una mezcla de determinación y tristeza.

-Muchacho, ¿qué haces aquí tan temprano? -preguntó el señor Maximiliano, su tono cargado de una curiosidad amistosa.

-Vengo a cancelar mi compromiso con su hija Andreina -respondió Juan, sin apartar la mirada de los ojos del señor Maximiliano.

El rostro del señor Maximiliano cambió abruptamente. La sorpresa y la preocupación se hicieron evidentes mientras se levantaba de su silla en el comedor, la inquietud palpable en cada uno de sus movimientos.

-¿Por qué? ¿Qué pasó? -preguntó el señor Maximiliano, su voz ahora cargada de una mezcla de alarma y confusión.

Juan sabía que la verdad sería difícil de aceptar, pero era necesario. Sin vacilar, sacó un pequeño sobre su maletín y lo deslizó sobre la mesa del comedor. Las fotos se esparcieron, mostrando imágenes claras de Andreina besándose con un hombre desconocido en la salida de un bar.

-Lo lamento -dijo Juan, su voz tensa-. Pero no me voy a casar con alguien que me ha traicionado con otro hombre. Y si no me cree, aquí están las pruebas.

El señor Maximiliano se acercó a la mesa, con sus manos temblorosas recogiendo las fotos. Observó cada imagen, su rostro mostrando una creciente incredulidad mientras sus ojos pasaban de una foto a otra. Las imágenes no mentían, y el dolor en sus ojos se volvía más pronunciado con cada segundo que pasaba.

-Esto no puede ser, Juan -murmuró el señor Maximiliano, su voz quebrándose bajo el peso de la decepción-. Mi hija no pudo hacer esto.

La atmósfera en la habitación se volvió densa, cargada de una tensión palpable. Juan se mantuvo en silencio, sintiendo cómo la tristeza y el remordimiento se entrelazaban con su determinación. Sabía que el impacto de la traición era profundo y que el señor Maximiliano estaba lidiando con una realidad devastadora.

-Lo lamento, Juan -dijo el señor Maximiliano finalmente, su tono de voz sombrío y lleno de pesar-. Me da pena con tu familia todo este lío que ha ocasionado Andreina. Pero el contrato ya está listo para que se casen.

El comentario de don Maximiliano solo hizo que la situación se volviera aún más dolorosa para Juan. La idea de que el contrato estaba listo, mientras su propia relación se rompió, era una ironía cruel.

-No me voy a casar con su hija -dijo Juan, repitiendo su decisión con firmeza-. Anoche hablé con mis padres y llegamos a la conclusión de reemplazar a la novia. Así que me casaré con su sobrina Ana. Está aprobado por mis padres. Falta que usted lo apruebe, señor.

Don Maximiliano se quedó mirando a Juan con una mezcla de rabia y desesperación. La noticia de que Juan quería reemplazar a Andreina con Ana era un golpe adicional a la ya dura realidad que enfrentaba. La idea de que el plan de boda que había preparado con tanto cuidado se rompa por completo lo enfurecía.

-¿Ana? -preguntó el señor Maximiliano, su voz cargada de incredulidad-. ¿Así que planeas casarte con Ana?

-Sí, señor -confirmó Juan, su tono tranquilo contrastando con la intensidad de la situación-. Si aprueba el cambio, todo estará arreglado.

El señor Maximiliano lo miró con una expresión que era una mezcla de enfado y decepción. Finalmente, con un movimiento brusco y cargado de frustración, se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta principal.

-Lo siento, pero necesito tiempo para pensar -dijo, su voz una mezcla de enojo y dolor mientras salía de la casa.

Juan se quedó solo en la casa, sintiendo el peso de la decisión que había tomado. La tristeza por el impacto en las vidas involucradas era palpable, pero sabía que había tomado la decisión correcta por el bien de su propio futuro. La angustia de enfrentar al señor Maximiliano y la tensión de la situación lo habían dejado exhausto.

Mientras don Maximiliano salía de la casa, su enojo y frustración eran evidentes. Cada paso que daba estaba lleno de una intensidad casi palpable, y el tiempo parecía alargarse mientras se dirigía hacia el apartamento de su hija. La mañana gris se había convertido en un símbolo de su malestar, reflejando el conflicto que se estaba desarrollando.

Al llegar frente a la puerta del apartamento de Andreina, el señor Maximiliano sintió una mezcla de furia, tristeza y determinación. La situación era más complicada de lo que había imaginado, y sabía que tenía que enfrentarse a su hija, con todas las emociones a flor de piel.

Se detuvo frente a la puerta, respirando profundamente antes de golpear con fuerza. El sonido de sus golpes resonó en el pasillo, un eco de su desesperación y enojo. Esperó en el silencio, su mente llena de las revelaciones recientes y de las decisiones que debía tomar.

-Andreina -llamó con voz firme, golpeando nuevamente la puerta-. ¡Abre la puerta! Necesitamos hablar.

El eco de su llamada en el pasillo parecía intensificar la tensión del momento. Don Maximiliano esperaba con una mezcla de ansiedad y determinación, preparado para enfrentar la verdad que su hija tenía que contar. La confrontación era inevitable, y el futuro de la familia estaba en juego mientras él permanecía allí, frente a la puerta, esperando que Andreina apareciera para enfrentar la difícil conversación que estaba a punto de tener ...

Continuara...

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