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Portada de la novela EL Retorno de la Heredera dorada

EL Retorno de la Heredera dorada

La privilegiada vida de Aurelia Valmont se quiebra tras una traición de su propia familia. Despojada de su herencia y presionada hacia un matrimonio forzado, la joven decide escapar con Eloi, un hombre que le ofrece una existencia libre y artística. Sin embargo, al refugiarse en una ciudad extraña, Aurelia se enfrenta a la vulnerabilidad absoluta. Ahora debe descubrir si su acompañante es un aliado genuino o una amenaza oculta en su lucha por sobrevivir.
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Capítulo 3

El sol comenzaba a asomarse y la ciudad de Solenne despertaba lentamente, mientras que, en las oficinas generales de Aurora Mineral, Aurelia revisaba documento tras documento. No había pegado ojo en toda la noche. Estaba exhausta física y mentalmente, pero el cansancio no la detendría: necesitaba llegar hasta el final de su investigación.

Había pasado horas revisando informes, contratos y archivos internos, aferrándose a la esperanza de que las palabras escuchadas en el baño no fueran más que rumores infundados. Sin embargo, cuanto más escarbaba, más suciedad salía a la luz. La empresa familiar en la que había depositado todas sus esperanzas no era más que un pozo sin fondo de inmundicia.

Sobornos.

Manipulación de informes científicos.

Desaparición de fondos.

Contaminación ambiental.

Aurelia tenía miedo de seguir buscando. Temía lo que aún podría encontrar, temía descubrir pruebas que vincularan directamente a sus padres.

—No —se dijo en voz baja—. No hay manera de que mis padres sepan todo esto. Nunca lo permitirían.

Repitió esas palabras una y otra vez mientras guardaba los documentos en su bolso, tomaba las llaves de su auto y conducía hacia la villa familiar.

Magnus e Isolde Valmont eran buenas personas. Trabajadoras. Tal vez demasiado ocupadas para criar a dos niñas que necesitaban atención, pero Aurelia siempre había creído que eso no los hacía malos padres, solo ausentes. Ella y Cassandra habían crecido entre niñeras e instructores, sí, pero aun así... Aurelia quería creer. Necesitaba creer.

Sin embargo, una voz insistente en su mente no dejaba de cuestionarla.

—¿Estás segura de que los conoces? Apenas los veías unos pocos días al año mientras crecías. ¿Cómo puedes estar tan segura?

Aurelia se negó a escucharla. Esa voz mentía. Tenía que hacerlo.

Cuando finalmente llegó a la villa, no se permitió perder tiempo. No dedicó una sola mirada al jardín donde había jugado de niña, ni a los cuadros que había comprado en su adolescencia y decoraban el rellano. Ni siquiera se detuvo a saludar a Henry, el mayordomo que había sido como un padre para ella y su hermana.

Subió directamente al segundo piso y se dirigió a la habitación de sus padres.

Apenas amanecía, pero ambos ya estaban despiertos. Magnus leía el periódico sentado en un sillón, con una taza de café sobre la mesa; Isolde se maquillaba frente al espejo. Estaban completamente vestidos, listos para salir.

Aurelia abrió la puerta y entró sin llamar.

Su padre levantó la vista del periódico al mismo tiempo que su madre la observaba a través del espejo. Ambos fruncieron el ceño.

—¿Ha sucedido algo, querida? —preguntó Magnus—. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Necesito hablar con ustedes.

—¿Y no podías esperar al desayuno o a vernos en la empresa? —replicó Isolde con severidad—. ¿Qué formas son esas de entrar en la habitación de tus padres? ¿Acaso no te educamos bien?

Aurelia estuvo a punto de recordarle que ellos no la habían educado, que sus modales eran mérito de sus instructores. Pero sabía que ese no era el momento.

—No, madre. Es un asunto urgente y no podía esperar.

Hizo una pausa. El nudo en su garganta le impedía hablar. Finalmente, Isolde dejó el maquillaje y se giró hacia ella con impaciencia, exigiendo una explicación.

Aurelia respiró hondo y soltó aquello que la consumía por dentro.

—Anoche, en la fiesta, escuché algunas cosas que no me parecieron bien y decidí investigar. Al parecer, la empresa ha estado sobornando funcionarios y estamos involucrados en asuntos muy turbios.

Guardó silencio para permitirles reaccionar. Sus padres se miraron entre ellos antes de volver la vista hacia ella. Aurelia sintió la bilis subirle a la garganta.

—Ustedes no tienen nada que ver, ¿cierto? —preguntó con voz temblorosa—. No estaban al tanto. El culpable debe ser algún director o alguien a quien le cedieron su confianza.

Magnus dejó el periódico y se puso de pie. Se acercó a ella con pasos lentos, medidos, como si temiera asustarla.

—Oh, cariño... sentimos que te enteraras así —dijo—. Pensábamos hablarlo contigo más adelante, cuando estuvieras preparada para hacerte cargo de la empresa. Hemos tenido que tomar algunas decisiones cuestionables por el bien de la familia, pero no es tan grave.

—¿Que no es grave? —exclamó Aurelia—. La extracción de minerales de la última mina ha comprometido el arroyo del pueblo más cercano. Hemos contaminado su fuente de agua potable. Hay cientos de intoxicados, puede que incluso muertos. ¿Cómo puedes decir que no es grave?

—Por eso no queríamos decirte nada —intervino Isolde-— Aún eres demasiado blanda e inmadura. No estás preparada para dirigir la empresa. Necesitas endurecerte.

—¿Y cómo pensaban hacerlo? —replicó Aurelia—. ¿Haciéndome responsable de la muerte de cientos de personas por un proyecto que yo dirigía? Yo ordené un informe científico para asegurarme de no dañar a la comunidad, y el resultado que llegó a mis manos estaba limpio. Todo estaba en orden... y ahora descubro que ustedes falsificaron ese informe. ¿Querían cargar esas muertes sobre mi conciencia? ¿Eso quieren para su hija? ¿Convertirme en una asesina?

—¡Ya basta, Aurelia! —tronó Magnus—. No te atrevas a alzarle la voz a tu madre. Hicimos lo necesario para sacar adelante la empresa y a nuestra familia. Si no estás de acuerdo con nuestros métodos, presenta tu renuncia hoy mismo.

—Eso pienso hacer —respondió ella con firmeza—. No voy a ser parte de esta suciedad. Y preparen a sus abogados, porque pienso hablar con los medios y contar todo lo que sé.

Isolde soltó una risa burlona.

—¿Y de verdad crees que vas a salir limpia de esto? Tu nombre figura en todos los documentos del proyecto. Eres la principal responsable. ¿De verdad crees que alguien va a creerte? Qué ilusa.

—Escúchame bien, Aurelia -añadió Magnus-. Somos tus padres y te queremos, pero no permitiré que destruyas todo lo que hemos construido. Tengo el contrato que firmaste cuando te entregamos el proyecto, donde afirmabas estar al tanto de todo y asumir la responsabilidad de cualquier consecuencia. Si abres la boca, tú serás el chivo expiatorio.

—¿Cómo pueden hacerme esto? -susurró Aurelia-. Soy su hija.

—Eres una niña mimada que ha vivido rodeada de privilegios —respondió Isolde con frialdad— Disfrutaste del dinero que ganamos y ahora, al enterarte de cómo lo conseguimos, te haces la indignada. Invertimos demasiado en tu educación para que fueras nuestro relevo y ahora lo tiras todo por la borda. Muy bien, que así sea.

Hizo una pausa antes de sentenciar:

—A partir de hoy, quedas fuera de la empresa. Te retiraremos los cargos, revocaremos tus accesos y quedarás apartada de todos los proyectos. Olvídate de Aurora Mineral. Comenzaremos a preparar a tu hermana como heredera... y tú ocuparás su lugar.

—¿Ocupar su lugar? —preguntó Aurelia, con un nudo helado en el estómago.

Sabía perfectamente a qué se refería.

—Tu padre y yo habíamos encontrado un esposo para Cassandra —continuó Isolde—. Queríamos entrar al mercado del litio, pero ha sido complicado, así que acordamos una alianza con el principal exportador. El compromiso será anunciado en unas semanas. Ahora tú ocuparás su lugar. De alguna forma, debes pagar todo lo que hemos invertido en ti.

Aurelia quiso gritar, pero no tenía voz. Se sentía humillada, traicionada, destrozada. En cuestión de horas había pasado de ser la heredera dorada a una pieza de intercambio, degradada dentro de su propia familia.

El castillo de oro en el que había vivido perdió su brillo. Ya no era oro: era una fantasía que comenzaba a ennegrecerse.

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