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Portada de la novela EL Retorno de la Heredera dorada

EL Retorno de la Heredera dorada

La privilegiada vida de Aurelia Valmont se quiebra tras una traición de su propia familia. Despojada de su herencia y presionada hacia un matrimonio forzado, la joven decide escapar con Eloi, un hombre que le ofrece una existencia libre y artística. Sin embargo, al refugiarse en una ciudad extraña, Aurelia se enfrenta a la vulnerabilidad absoluta. Ahora debe descubrir si su acompañante es un aliado genuino o una amenaza oculta en su lucha por sobrevivir.
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Capítulo 2

Diez años antes

La gala anual de Aurora Mineral brillaba como si alguien hubiese derramado oro líquido sobre el salón entero. Lámparas de cristal, esculturas metálicas con centros dorados, pinturas famosas, vajilla de oro... y, en medio de todo, Aurelia Valmont: la heredera dorada. Aurelia resplandecía bajo las miradas; su elegancia innata, sus gráciles movimientos y su encantadora sonrisa cautivaban a todo aquel que tenía el privilegio de conocerla.

El resto de la familia Valmont había llegado hacía algún tiempo; como anfitriones de la fiesta, tenían el deber de recibir a sus invitados. Pero todos sabían que este tipo de reglas no se aplicaban a la princesa Valmont, la heredera dorada.

Aurelia atravesó la sala con una sonrisa calmada, intercambiando saludos y algún que otro elogio fugaz a su paso. Finalmente alcanzó la mesa de los anfitriones, donde sus padres, Magnus e Isolde Valmont, presidían el festejo. Su madre la examinó de arriba abajo y, luego de un leve asentimiento de cabeza, le preguntó:

—¿Era muy difícil para ti llegar a una hora apropiada? Espero que tu retraso no tuviese nada que ver con alguna comida grasienta y asquerosa.

—Necesitaba dejar listo un último asunto en el trabajo. Me atrasé demasiado con la preparación de la gala y los exámenes en la universidad -su madre bufó.

Con tan solo 18 años Aurelia estaba cursando su segunda carrera universitaria al mismo tiempo que comenzaba sus prácticas en la empresa familiar. Sin embargo, su familia no estaba satisfecha con su segunda elección académica y consideraban que la chica simplemente estaba perdiendo el tiempo.

—Sabes bien que no puedes incumplir con tus deberes para con la empresa y la familia, o de lo contrario no terminarás jamás con esa estúpida pérdida de tiempo que llamas carrera.

Aurelia suspiró. Conocía bien la opinión de sus padres respecto a su licenciatura en Bellas Artes; sin embargo, le había costado mucho convencerlos de que la dejaran estudiarla como algo secundario y no pensaba rendirse por los comentarios de su madre.

—No te preocupes, madre. No estoy descuidando mis obligaciones. Como puedes ver, la gala está siendo un éxito gracias a mi planificación. De igual manera, la nueva mina ya está comenzando a producir, y estoy segura de que en menos de dos años habremos recuperado la inversión.

Al escuchar sus palabras, su padre decidió por fin intervenir; siempre que había alusión al dinero, era el momento justo para que él lo hiciera.

—Cariño, no seas tan dura con la pequeña Aurelia. Está haciendo un buen trabajo.

Su madre bufó otra vez.

—¿Pequeña? Debería bajar unos cuantos kilos para poder ser considerada pequeña. Es más, Aurelia, ve a buscar a tu hermana. Le pedí que preparara algunas fajas para ti porque sabía que te presentarías con todas esas masas fuera.

El calor subió por el cuello de Aurelia hasta llegar al rostro. Estaba acostumbrada a los comentarios hirientes de su madre, pero no comprendía por qué seguían afectándole después de tanto tiempo. No importaba lo mucho que se esforzara en la escuela o en la empresa, para su madre nunca era suficiente y siempre tenía que sacar el tema de su peso.

Pero ese día estaba tan cansada que no sintió fuerzas para hacer entrar en razón a su madre. No tenía sentido decirle que había probado cientos de dietas, que iba al gimnasio con regularidad, que no importaba lo poco que comiera no conseguía bajar de peso, y que su cuerpo era así: caderas anchas, muslos gruesos. Se cuidaba lo suficiente para mantener el abdomen plano, pero jamás llegaría a la talla XS de su hermana menor. Era genética. Pero ninguna de esas explicaciones era suficiente para Isolde.

Decidida a escapar de los constantes ataques de su madre, Aurelia emprendió la ardua tarea de encontrar a su hermana menor, Cassandra. Donde Aurelia era elegante, refinada y madura, su hermana era alegre, espontánea, carismática y leal. Su vista recorrió la habitación buscando aquellos rizos dorados que tanto amaba, pero no logró verla entre más de quinientos invitados. Supuso que andaría correteando con alguno de sus amigos.

Cassandra solo era dos años menor que Aurelia, pero al no cargar con el peso de la empresa sobre sus hombros, había podido llevar una vida desocupada y libre. Las hermanas solían llevarse bien; tan bien como podían llevarse dos seres tan diferentes. Aurelia anhelaba la vida sin compromisos de su hermana, mientras que esta envidiaba el propósito de Aurelia y ansiaba ser más relevante para sus padres. Por eso siempre intentaba llamar su atención y tendía a ser bastante sumisa.

Decidiendo tomarse un descanso, Aurelia se dirigió al baño para retocar su maquillaje. Se encerró en un cubículo con la esperanza de tener un minuto a solas y dejar de socializar. Unos minutos después, la puerta del baño se abrió y las voces de unas mujeres la alertaron de que no estaba sola.

—Ay, Amanda, me encanta tu gargantilla nueva. Se ve que el ministro te trata muy bien.

—La verdad, no tengo nada de qué quejarme. Desde que Patrick comenzó sus negocios con Aurora Mineral su cuenta bancaria ha subido unos cuantos dígitos, así que me consiente con cualquier capricho.

—Amiga, te entiendo completamente. Andrés recién comenzó a trabajar para Aurora y ya nos mudamos a un piso nuevo, el doble de grande del anterior. No tengo idea de qué trapos sucios estará barriendo bajo la alfombra, pero deben ser cosas bien gordas cuando le están pagando tanto por su silencio.

—A mí, la verdad, me da igual en lo que ande Patrick, mientras mantenga nuestro nivel de vida.

Las voces comenzaron a alejarse hasta que Aurelia dejó de comprender lo que decían. Un nudo pesado se formó en su estómago; un terrible presentimiento la puso en alerta y decidió investigar cuanto antes.

Dejando de lado sus sospechas momentáneamente, retomó la tarea de localizar a Cassandra. Esta vez no fue difícil encontrarla con su grupo de amigos, quienes comenzaban a estar ebrios. Sus voces se escuchaban por encima de la suave música clásica. Con pasos rápidos Aurelia se acercó a su hermana, quien al verla comenzó a aplaudir; sus amigos la imitaron.

—Y ante ustedes, la estrella de la noche, nada más y nada menos que la heredera dorada -el tono de Cassandra estaba cargado de veneno y rencor. Aurelia supo de inmediato que su hermana estaba pasada de copas.

—No es el momento, Cassi. Venga, salgamos de aquí antes de que hagan un desastre y padre se enoje.

Con la ayuda de algunos guardias, Aurelia consiguió habitaciones para todos los amigos de su hermana en el mismo hotel donde se celebraba la gala. Afortunadamente ella ya había previsto que algo así podía pasar y tenía algunas habitaciones reservadas para invitados que se pasaran con las copas y no pudieran conducir de regreso.

Ella misma se encargó de Cassandra. La llevó directo al baño y la metió en la bañera, como tantas otras veces en que regresaba borracha a casa y le tocaba a ella encubrirla.

—Estoy tan harta de oír cómo todos te elogian. Todos se acercan a mí solo con la intención de poder verte y hablarte. Solo me usan para llegar a la heredera dorada -las lágrimas corrían por el rostro de Cassandra mientras Aurelia le pasaba la esponja con delicadeza-. ¿Por qué no puedo ser como tú? ¿Por qué no resulto tan interesante?

—Claro que eres interesante, cariño -Aurelia la acunó contra su pecho, sin importarle que mojara su carísimo vestido-. Eres hermosa, inteligente y talentosa. Solo debes descubrir lo que te apasiona.

—Pero ya lo sé. Quiero ser tú. Quiero trabajar en la empresa, quiero ser perfecta y que todos me quieran, que madre y padre me presten atención y que me consideren algo más que un ganado que podrán vender más adelante para cerrar negocios y acuerdos. Porque eso es lo que me espera: me casarán con quien ellos escojan. Por eso debo disfrutar ahora, antes de que me lleven como cordero al matadero.

—No, cariño. Nadie es perfecto, y menos yo. Y trabajar en la empresa tampoco es algo fácil; es aburrido, monótono y nada simple. Justamente hoy comencé a sospechar de algunas cosas y creo que hay mucho más de lo que conocemos. Nada es sencillo, Cassi, pero debemos aprender a valorar lo que tenemos. Disfruta de tu libertad, hermanita. Al menos tú puedes.

—Sabía que no me entenderías. ¿Qué puedes saber tú, la heredera perfecta, sobre sentirse incompleta o incomprendida? Está bien, vete, déjame sola. Ahora mismo no quiero verte.

Aurelia salió del baño y se recostó contra la puerta mientras suspiraba. Claro que comprendía lo que era sentirse así; llevaba 18 años siendo incomprendida. Simplemente había aprendido a vivir con ello. Se había resignado a lo que le tocaba, pero al menos intentaría seguir este camino que no había elegido bajo sus propias reglas, y no pensaba consentir ilegalidades ni cosas turbias en el negocio familiar. Era hora de echarle un ojo a algunos documentos y verificar que todo estuviera bien.

Con eso en mente, Aurelia abandonó el hotel y se dirigió a la sede de Aurora Mineral. Lejos estaba de imaginar que, esa noche, el castillo de cristal donde vivía comenzaría a romperse, dejándole ver las grietas.

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