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Portada de la novela EL Retorno de la Heredera dorada

EL Retorno de la Heredera dorada

La privilegiada vida de Aurelia Valmont se quiebra tras una traición de su propia familia. Despojada de su herencia y presionada hacia un matrimonio forzado, la joven decide escapar con Eloi, un hombre que le ofrece una existencia libre y artística. Sin embargo, al refugiarse en una ciudad extraña, Aurelia se enfrenta a la vulnerabilidad absoluta. Ahora debe descubrir si su acompañante es un aliado genuino o una amenaza oculta en su lucha por sobrevivir.
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Capítulo 1

En el aeropuerto internacional de Solenne, entre la multitud de viajeros y trabajadores, la figura de una mujer robaba todas las miradas. Su porte elegante y su gracia al caminar la hacían parecer una superestrella, y con su hermoso rostro escondido detrás de unas gafas oscuras solo conseguía un aspecto aún más misterioso e interesante para los transeúntes.

Robando miradas y corazones a su paso, mientras sus largas piernas avanzaban con decisión, en una mano llevaba una cartera colgando y con la otra dirigía una pequeña maleta. Cuando pasó a la zona de espera, sus ojos se encontraron con un inmenso cartel con letras de neón que decía: "Bienvenida a casa, Lia". La mujer avanzó con pasos firmes mientras, detrás de los lentes, ponía los ojos en blanco y, durante tan solo un segundo, si alguien se hubiese fijado bien, podría haber advertido la ligera curva hacia arriba en sus labios. Pero fue tan fugaz que pasó desapercibido para todos los presentes.

Detrás del inmenso mar de personas que recibían a los viajeros recién llegados, una pequeña chica sujetaba el enorme cartel. Era menuda y su cuerpo parecía el de una adolescente; su pequeño rostro redondo le confería un aspecto aún más juvenil y, si en lugar del traje de dos piezas que vestía su atuendo fuera más informal, bien podría haberse hecho pasar por una universitaria.

La recién llegada avanzó siguiendo el cartel de neón, ya que, debido a su metro cincuenta, la chica no se veía entre tanta gente. Finalmente, ambas mujeres quedaron frente a frente. La radiante sonrisa de la chica desapareció; soltó el cartel al suelo, se pasó la mano por el traje para asegurarse de que no tenía arrugas y, cambiando la sonrisa por un tono más profesional, saludó:

—Bienvenida de vuelta a casa, señorita Armont.

La recién llegada subió sus gafas a la cabeza, mostrando por fin su rostro, y con una mirada nada discreta inspeccionó a la chica frente a ella de arriba abajo. Su respuesta fue un simple asentimiento de cabeza, pero aquello fue suficiente. En cuestión de segundos, el porte profesional de la chica desapareció tan rápido como había llegado y una amplia sonrisa adornó su rostro al tiempo que acortaba la corta distancia entre ambas y se lanzaba a los brazos de la recién llegada.

—Oh, Lia, qué bueno que finalmente llegas. Te extrañé muchísimo, esto ha sido muy difícil sin ti.

La recién llegada, que respondía al nombre de Lia, le devolvió el abrazo, estrechándola contra ella y apoyando su barbilla sobre la cabeza de la chica, respondió:

—Tonta, solo hace tres días que no nos vemos. Lo haces ver como si fuese una eternidad.

—¡Pero para mí es una eternidad! -la chica se separó haciendo pucheros-. ¿Sabes lo difícil que es fingir ser profesional todo el tiempo y no tener a nadie que soporte mis arrebatos infantiles? Lia, estos tres días han sido un infierno para mí.

—Mae, ya te dije lo absurdo que me parece esa idea tuya de fingir ser alguien que no eres. No tienes que usar traje ni mantenerte seria todo el tiempo; eres única, y tu personalidad alegre y fresca es lo que te hace distintiva -la reprendió Lia en un tono serio, pero sin ser demasiado duro.

—Lo sé, lo sé, pero estoy cansada de que nadie me tome en serio por mi aspecto infantil. Si parezco una niña y me comporto como una niña, me seguirán tratando como una niña, y ya estoy harta.

Lia quería seguir discutiéndole; quería decirle que por ser alegre y optimista no era una niña, quería decirle que siempre había envidiado su personalidad abierta y sin filtros, pero guardó silencio. Conocía perfectamente los complejos de su amiga, así como también el motivo por el cual últimamente estaba siendo más dura consigo misma. No tenía sentido insistir en ese momento; no la haría cambiar de opinión de la noche a la mañana. La autoestima de Maelis había sufrido un duro golpe y Lia tenía un largo plan para, poco a poco, hacerla ganar confianza. Así que, cambiando de tema, agregó:

—¿Y bien? ¿Ya todo está listo?

Maelis retomó su porte profesional, se paró recta y, con un tono más serio, respondió:

—Sí. El local de la nueva exposición ha sido asegurado, la mayoría de los artistas han llegado en el transcurso de la semana y todo está listo para la apertura mañana. Los proveedores y el catering han sido confirmados y no tenemos ningún contratiempo. Las invitaciones fueron enviadas tal y como ordenaste y todos los invitados confirmaron su presencia.

La mirada de Lia se volvió más aguda.

—¿Todos?

Su amiga asintió.

—Bien. Por fin ha llegado el momento de reencontrarme con mi adorada familia. Veremos qué tanto me han extrañado estos diez años. Tenemos muchas cuentas pendientes que aclarar.

—Lia, ¿estás segura de que quieres hacer esto? Aún estás a tiempo de regresar a Lyra y olvidarte de Solenne y de toda la gente de este país.

—No puedo, Mae. No podré seguir adelante hasta que cierre este capítulo de mi vida. Llevo diez largos años preparándome para este momento. Estoy aquí para destruir a los Valmont y nada va a impedírmelo.

Maelis asintió. Comprendía mejor que nadie el rencor que su amiga ocultaba en su corazón. Sabía todo por lo que había pasado y lo que había hecho para llegar hasta allí.

—Vamos, el chofer nos está esperando afuera.

Lia asintió y retomó la marcha. Justo en ese momento, su teléfono vibró anunciando la llegada de un nuevo mensaje.

"Espero que tuvieras un buen viaje. Descansa hoy, los próximos días serán agitados. Te desearía suerte, pero sé que no la necesitas. Además, me tienes a mí y soy más que suficiente."

Lia sonrió y guardó el teléfono en su bolso. Cubrió su rostro con las gafas una vez más y siguió a su amiga hasta el coche. Finalmente estaba de vuelta. Finalmente les haría pagar por todo el daño que le causaron.

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