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Portada de la novela El Regreso del Olvido

El Regreso del Olvido

La exitosa diseñadora Clara enfrenta una encrucijada cuando Marco, el poderoso magnate que la traicionó, compra su compañía. Esta absorción es un plan calculado para reconquistarla, pero él ignora la existencia de un hijo de cinco años que es su vivo retrato. Dividida entre el rencor y una pasión que no se apaga, ella luchará por proteger al pequeño heredero de las ansias de control de Marco, el hombre que, a pesar del dolor, todavía sigue amando.
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Capítulo 1

El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales industriales de la planta alta en el Soho, iluminando las partículas de polvo que danzaban sobre los rollos de seda salvaje y lino italiano. Clara Silva, con una cinta métrica colgando del cuello como una estola litúrgica, ajustaba con alfileres el bajo de un vestido de novia que parecía hecho de espuma de mar. A sus treinta años, Clara se había convertido en el nombre que las élites de la ciudad susurraban cuando buscaban algo que el dinero no suele comprar: autenticidad.

Su boutique, Silvanna, era su santuario. Había sido el refugio donde reconstruyó su identidad después de que su vida saltara por los aires cinco años atrás. Cada puntada en ese vestido era una prueba de su supervivencia.

El sonido de la cafetera silbando en la pequeña cocina trasera fue interrumpido por el golpe seco de la puerta principal. Martina, su asistente y mano derecha, entró sin saludar. Su rostro, habitualmente risueño, estaba pálido, y sostenía un sobre de mensajería internacional como si fuera una granada a punto de detonar.

-Clara -dijo con la voz entrecortada-, acaba de llegar. Es del bufete de abogados de la firma inversora.

Clara sintió un pinchazo frío en la base del estómago. Durante meses, había estado negociando la entrada de capital externo para salvar a Silvanna de una crisis de liquidez provocada por la expansión fallida hacia el mercado europeo. Había sido una decisión dolorosa, pero necesaria para asegurar el futuro de Leo, su hijo de cinco años, cuya existencia era el motor de cada uno de sus sacrificios.

-¿El fondo anónimo? -preguntó Clara, dejando caer los alfileres en un cuenco magnético.

-Ya no es un "posible" interés, Clara. Han ejecutado la cláusula de adquisición preferente. Han comprado el cien por ciento de la deuda y, por extensión, el control mayoritario de la marca.

Clara arrebató el sobre y lo rasgó. Sus ojos recorrieron las líneas legales con una velocidad frenética. Adquisición Hostil. El término técnico le dio náuseas. No era una asociación; era una conquista. El grupo inversor, registrado bajo el nombre de fachada Ares Capital, había movido hilos legales en las sombras para bloquear cualquier otra oferta y dejarla a ella sin salida.

-Dice aquí que la junta de transición se llevará a cabo hoy mismo a las once -leyó Clara en voz alta, sintiendo que el aire le faltaba-. ¿Hoy? ¡No he tenido tiempo de consultar con mi abogado!

-Ellos ya lo han hecho por ti -susurró Martina, señalando la letra pequeña-. Al haber aceptado el préstamo puente el mes pasado, les otorgaste el derecho de ejecución inmediata en caso de falta de pago del primer tramo.

Clara se dejó caer en un taburete de terciopelo desgastado. Su mente voló hacia el pequeño Leo, que a esa hora estaría en el jardín de infancia, ajeno a que el patrimonio de su madre acababa de ser devorado por un gigante invisible. Durante cinco años, ella se había enorgullecido de no depender de nadie, de haber borrado cada rastro de su pasado para proteger su presente. Y ahora, el anonimato del comprador la aterraba. En el mundo del diseño, un "fondo de inversión" solía significar una producción en serie, la pérdida de la calidad artesanal y, eventualmente, su despido como directora creativa.

-¿Quiénes son, Martina? Nadie mueve tanto dinero de forma tan agresiva sin una razón personal.

-No lo sé. Los registros de Ares Capital llevan a una red de empresas en Delaware. Pero el abogado que firma la notificación es de la firma Vance & Asociados.

Clara palideció. Ese nombre le resultaba vagamente familiar, un eco de una vida anterior en otra ciudad, una que se esforzaba por no recordar.

Miró el reloj de pared: las diez de la mañana. Tenía una hora para dejar de ser una víctima y volver a ser la mujer que levantó un imperio desde una máquina de coser en un sótano. Se levantó, se quitó la cinta métrica y se dirigió al espejo del probador. Su reflejo le devolvía una mujer elegante, con el cabello recogido en un moño impecable, pero con ojos que gritaban cansancio.

-Martina, cancela todas las pruebas de vestuario de hoy. Llama a mi madre, dile que recogeré a Leo tarde y que, por favor, no le diga nada si me nota nerviosa por teléfono.

-¿Qué vas a hacer?

-Voy a esa reunión. Voy a mirar a esos tipos a los ojos y les voy a recordar que Silvanna soy yo. Sin mi nombre y sin mis manos, sus acciones no valen más que el papel en el que están impresas.

Clara se puso su chaqueta de sastre negra, una armadura de seda que ella misma había diseñado para los días de guerra. Se aplicó un labial rojo intenso, el color que usaba cuando necesitaba recordar que era invencible. Sin embargo, mientras bajaba las escaleras de su boutique hacia la calle, un presentimiento oscuro la invadió. Había algo en la agresividad de la compra que no encajaba con la lógica empresarial. Era demasiado personal. Demasiado perfecta.

El trayecto en taxi hacia el distrito financiero fue un borrón de luces y tráfico. Clara revisaba los documentos una y otra vez. Seiscientos millones de dólares por una marca de lujo nicho. Era una cifra absurda, casi un insulto a la lógica del mercado. Nadie pagaba eso a menos que estuviera comprando algo más que una empresa.

Al llegar al rascacielos de acero y cristal que servía de sede para la reunión, el aire acondicionado la recibió con una bofetada de frío artificial. Se anunció en la recepción y fue escoltada hacia la planta 45, el piso de las deidades corporativas. Allí, el suelo era de mármol negro y las paredes estaban adornadas con arte abstracto que gritaba poder y desapego.

La secretaria, una mujer de expresión gélida, le indicó que esperara en la sala de juntas principal. Clara entró y se quedó de pie. No se sentó. Quería mantener la ventaja de la altura cuando los abogados entraran.

La puerta doble al final de la sala se abrió con un suave siseo. Clara tensó los hombros, preparando su discurso sobre la autonomía creativa y el respeto a la herencia de la marca. Pero las palabras murieron en su garganta antes de nacer.

No entró un equipo de abogados. Solo entró un hombre.

Un hombre con un traje hecho a medida que costaba más que la facturación mensual de su tienda. Un hombre cuya sola presencia parecía absorber la luz de la habitación. Tenía el cabello más corto que hace cinco años, y sus rasgos se habían endurecido, perdiendo la suavidad de la juventud para adoptar la geometría implacable del éxito.

Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El sobre que sostenía cayó al suelo con un sonido sordo. El pasado, ese que ella creía haber enterrado bajo capas de trabajo duro y maternidad solitaria, estaba allí, cerrando la puerta tras de sí.

-Hola, Clara -dijo el hombre. Su voz era la misma: una barítono profundo que solía susurrarle promesas al oído y que ahora sonaba como una sentencia judicial.

-Marco... -apenas pudo articular ella.

Marco se acercó a la mesa, sin apartar sus ojos oscuros de los de ella. No había calidez en su mirada, solo una satisfacción fría y una determinación que le heló la sangre.

-Dijiste que nunca volverías a necesitar nada de mí -dijo él, apoyando las manos sobre la mesa y rodeándola con su sombra-. Me tomó cinco años encontrarte, Clara. Y ahora que eres mía de nuevo, legalmente hablando, tenemos mucho de qué hablar.

Clara retrocedió hasta que su espalda chocó contra el ventanal. El horizonte de la ciudad se extendía tras ella, pero se sentía más atrapada que en una celda. El "fondo anónimo" tenía nombre, apellido y un corazón que ella misma había roto.

-¿Por qué has hecho esto? -logró preguntar, con la voz temblando por la rabia y el miedo-. ¿Comprar mi empresa para torturarme? ¿Es esto una venganza, Marco?

Marco esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Esto no es una venganza, Clara. Es una recuperación de activos. Me pertenece lo que es mío por derecho. Y tú... tú fuiste mi primera inversión fallida. He venido a corregir el error.

Clara apretó los puños, ocultando el temblor de sus manos. En su mente, la imagen de Leo apareció como un faro. No podía permitir que Marco supiera nada. No podía dejar que este hombre, que ahora la miraba con un desprecio calculado, descubriera que el hilo que los unía era mucho más fuerte que cualquier contrato de adquisición.

La guerra no acababa de empezar; acababa de escalar a un nivel que ella jamás imaginó.

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