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Portada de la novela El Regreso del Olvido

El Regreso del Olvido

La exitosa diseñadora Clara enfrenta una encrucijada cuando Marco, el poderoso magnate que la traicionó, compra su compañía. Esta absorción es un plan calculado para reconquistarla, pero él ignora la existencia de un hijo de cinco años que es su vivo retrato. Dividida entre el rencor y una pasión que no se apaga, ella luchará por proteger al pequeño heredero de las ansias de control de Marco, el hombre que, a pesar del dolor, todavía sigue amando.
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Capítulo 2

El silencio en la planta 45 era tan denso que Clara podía escuchar el zumbido eléctrico de las luces empotradas en el techo. Marco permanecía inmóvil junto a la puerta, disfrutando del efecto devastador que su presencia acababa de causar. Para Clara, el mundo se había reducido a un túnel donde solo existían esos ojos oscuros que la escrutaban con una mezcla de triunfo y una amargura que el tiempo no había logrado diluir.

-Respira, Clara. Te vas a desmayar y todavía no hemos llegado a la parte del contrato que requiere que estés consciente -dijo Marco, rompiendo el hechizo con un tono de ironía cortante.

Él caminó hacia la cabecera de la mesa con una elegancia depredadora. Cada paso que daba sobre el mármol resonaba en los oídos de Clara como el segundero de un reloj de arena agotándose. Marco no se detuvo hasta estar a escasos centímetros de ella. El aroma de su loción -madera de sándalo y algo metálico, frío- la golpeó como un recuerdo físico, evocando noches en una cama compartida que ella se había obligado a olvidar a base de voluntad pura.

-Tú... tú eres Ares Capital -logró decir ella, recuperando un hilo de voz que sonaba extraño a sus propios oídos.

-Soy el dueño de todo lo que pisas, de todo lo que diseñas y de cada aguja que hay en tu taller -respondió él, sentándose con la tranquilidad de un rey que regresa a un trono reclamado por la fuerza-. Me ha costado una fortuna absurda comprarte, Clara. Nadie en su sano juicio pagaría lo que yo pagué por una marca que está al borde de la quiebra técnica. Pero tú siempre fuiste un lujo que estaba dispuesto a permitirme.

Clara sintió que la indignación empezaba a sustituir al miedo. Enderezó la espalda, su armadura de sastre negra recuperando su propósito.

-Si lo que buscas es una disculpa por el pasado, has malgastado millones, Marco. Mi empresa no es un juguete para tus complejos de superioridad. Si la compraste, fue porque viste su valor. Mis diseños son los mejores del país.

Marco soltó una carcajada seca, carente de humor.

-Tus diseños son hermosos, pero tu gestión financiera es un desastre. Te ahogaste por orgullo, Clara. Preferiste pedir préstamos a bancos de tercera antes que buscar un socio que supiera lo que hacía. Pero no te engañes: no estoy aquí por los vestidos. Estoy aquí porque cuando te fuiste hace cinco años, te llevaste algo que no te pertenecía.

El corazón de Clara dio un vuelco violento. ¿Lo sabía? ¿Había descubierto a Leo antes de entrar en esa sala? El pánico la hizo retroceder un paso, pero sus ojos se mantuvieron clavados en los de él, buscando una grieta que delatara su conocimiento.

-No me llevé nada -mintió ella, con la garganta seca-. Me fui porque lo nuestro estaba muerto. Porque me traicionaste con esa mujer en tu despacho y no tuve la dignidad de quedarme a ver cómo me reemplazabas.

Marco se puso en pie de un salto, la silla de cuero golpeando la mesa. La máscara de frialdad se rompió por un segundo, revelando la furia cruda que hervía debajo.

-¡Tú no viste nada! -rugió-. Te fuiste sin dejarme explicar que esa escena fue un montaje. Me condenaste sin un juicio, desapareciste del mapa y me dejaste buscando sombras durante meses. ¿Sabes lo que es tener todo el dinero del mundo y no poder encontrar a la única persona que...?

Se detuvo. El silencio volvió a caer, más pesado que antes. Marco recuperó la compostura con una rapidez aterradora, ajustándose el nudo de la corbata de seda.

-Pero eso ya no importa. El pasado es una deuda incobrable. Hablemos del presente.

Sacó una carpeta de piel negra y la deslizó sobre la mesa hacia ella.

-Como nuevo propietario mayoritario, he decidido reestructurar Silvanna. A partir de hoy, la producción se trasladará a mis fábricas automatizadas. La exclusividad artesanal es un romanticismo que no podemos permitirnos si queremos que la marca sea rentable en seis meses.

-¡No puedes hacer eso! -gritó Clara, golpeando la mesa con las manos-. La esencia de mi marca es el trabajo a mano. Si automatizas el proceso, solo estarás vendiendo trapos caros con mi nombre. Estás destruyendo mi legado.

-Tu legado es mío ahora -replicó él con una calma gélida-. Y hay más. Como directora creativa, tu contrato exige exclusividad absoluta. No puedes diseñar nada fuera de estas paredes. No puedes dar entrevistas sin mi consentimiento. Y, por supuesto, tu oficina será trasladada a este edificio. Quiero tenerte donde pueda verte, Clara. Cerca. Muy cerca.

Clara sintió una claustrofobia insoportable. Marco estaba tejiendo una red a su alrededor, una jaula de oro construida con acciones y cláusulas legales.

-¿Por qué? -susurró ella-. Si tanto me odias por haberme ido, ¿por qué quieres tenerme aquí?

Marco rodeó la mesa y se detuvo frente a ella. Extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el mechón de cabello que se había escapado del moño de Clara. Ella quiso apartarse, pero sus pies estaban clavados al suelo.

-Porque quiero entenderte -murmuró él, su voz volviendo a ese tono bajo que solía hacerla vibrar-. Quiero ver en qué te has convertido. Quiero saber quién ha estado durmiendo en tu cama estos cinco años. Y quiero que sientas lo que yo sentí: la imposibilidad de escapar de alguien que te posee.

-Nadie me posee, Marco. Ni tú, ni tus millones.

-Eso dice el papel que firmaste el mes pasado para recibir el préstamo -dijo él, volviendo a ser el magnate implacable-. Has firmado tu entrega, Clara. Bienvenido a Ares Capital. Tu primera reunión de diseño es mañana a las ocho de la mañana. No llegues tarde. No tolero la falta de disciplina en mis subordinados.

Clara recogió su bolso del suelo, temblando de rabia contenida. Sabía que si se quedaba un segundo más, estallaría en lágrimas o le cruzaría la cara, y ninguna de las dos opciones le daría la ventaja.

-Me tendrás en la oficina, Marco. Cumpliré mi contrato -dijo con la cabeza alta-. Pero no esperes que vuelva a ser la mujer que conociste. Esa mujer murió el día que salió de tu vida. La que tienes delante hoy no te tiene miedo.

-Ya lo veremos -respondió él, dándole la espalda para mirar por el ventanal hacia la ciudad que dominaba.

Clara salió de la sala de juntas, sus tacones golpeando el mármol con un ritmo de guerra. En el ascensor, se apoyó contra la pared metálica y cerró los ojos, tratando de calmar su respiración. El aire de la oficina de Marco se sentía como si estuviera cargado de electricidad estática.

Al salir a la calle, el ruido de la ciudad la golpeó como un bálsamo. Necesitaba realidad. Necesitaba a Leo.

Subió a un taxi y dio la dirección del jardín de infancia. Durante el trayecto, miró por la ventana, pero lo único que veía era la mirada de Marco. Él no había cambiado del todo; seguía siendo el hombre intenso que lo quería todo o nada. Pero ahora tenía el poder de destruirla profesionalmente si descubría su secreto.

¿Y si Leo se parecía demasiado a él? Marco no era estúpido. Un encuentro, solo un encuentro accidental, y todo el castillo de naipes que Clara había construido se vendría abajo. Marco no solo reclamaría a la empresa; reclamaría al niño. Y un hombre capaz de gastar seiscientos millones de dólares por despecho, no dudaría en usar todo su arsenal legal para arrebatarle a su hijo.

-Llegamos, señora -dijo el taxista.

Clara bajó del coche y caminó hacia la puerta de la escuela. Vio a Leo salir corriendo con un dibujo en la mano, su cabello oscuro alborotado y esa risa contagiosa que era lo único puro que le quedaba en la vida. Lo alzó en brazos y lo apretó contra su pecho, escondiendo su rostro en el cuello del pequeño.

-¿Mami, por qué me abrazas tan fuerte? -preguntó el niño, riendo.

-Porque te quiero mucho, Leo. Porque eres lo más importante del mundo -susurró ella, sintiendo una lágrima rebelde rodar por su mejilla.

Mientras caminaban hacia casa, Clara tomó una decisión. Cumpliría el contrato. Trabajaría para Marco. Se dejaría humillar en las reuniones si era necesario. Pero mantendría a Leo en las sombras. Marco podía ser el dueño de su empresa, de sus diseños y de su tiempo, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, sería el dueño de su hijo.

Lo que Clara no sabía era que, desde un coche negro estacionado a media cuadra, un par de binoculares seguían cada uno de sus movimientos. Marco no había terminado con ella en la sala de juntas. La caza apenas estaba comenzando.

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