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Portada de la novela El precio del engaño

El precio del engaño

La humilde cuidadora Alicia llega a la mansión del poderoso Maximiliano Duarte para atender a Renata, su esposa. Al notar que la mujer simula una invalidez para retener al CEO, Alicia acepta un turbio trato para seducirlo. No obstante, el plan se desmorona cuando surge un afecto genuino y un siniestro accidente deja a Renata realmente lisiada. Entre la culpa y el amor, Alicia deberá lidiar con la investigación de un Maximiliano decidido a destapar cada mentira.
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Capítulo 3

El día había llegado. Alicia había pasado la mañana preparándose para lo que sería su primer día como cuidadora de Renata. Aunque había sido contratada oficialmente, no podía evitar sentir una mezcla de nervios y expectativas. Sabía que las palabras de Maximiliano sobre la personalidad de Renata la ponían en alerta, pero algo en su interior la impulsaba a demostrar que podía manejar cualquier desafío.

Al llegar a la casa, Maximiliano no estaba, como de costumbre, ocupado en su trabajo. Alicia se dirigió sola hacia el segundo piso, donde la espera Renata. Había recibido instrucciones claras de maximizar el cuidado y dar compañía. Aquel día, Renata parecía estar sola en la habitación.

Cuando Alicia entró, la vio en la silla de ruedas, con una manta cubriéndole las piernas. Su rostro estaba pálido, como si la fragilidad se reflejara en cada uno de sus rasgos. Renata miró hacia ella sin hacer mucho esfuerzo, como si ya supiera que la joven estaría allí. Su mirada era inexpresiva, distante. Alicia sintió que la situación no era tan difícil como había imaginado, pero tampoco sencilla.

- Hola, Renata. Soy Alicia. Estoy aquí para ayudarte hoy. -dijo, con tono amable.

Renata levantó la vista lentamente, sin sonreír, pero no parecía molesta.

- ¿Y qué harás exactamente por mí? -preguntó con voz baja, pero clara, como si no tuviera ganas de interactuar mucho.

Alicia trató de mantener la calma. Sabía que lo primero que debía hacer era crear una conexión, algo tan sencillo como una conversación. No podía simplemente quedarse en silencio, esperando a que Renata pidiera algo.

- Lo que necesites. Puedo ayudarte con las comidas, con lo que requieras durante el día. Mi trabajo es hacer que te sientas cómoda, que no te falte nada.

Renata la miró con ojos cargados de desconfianza, pero también con una pizca de curiosidad.

- ¿De veras crees que podrás ayudarme? -su voz se suavizó, como si quisiera probarla, como si estuviera evaluando sus palabras.

Alicia la observó de cerca, tratando de no mostrar cuán impresionada estaba por lo que veía. Renata parecía tan frágil, tan delicada, que era difícil creer que alguien tan vulnerable pudiera tener una actitud tan desafiante. Pero no era tonta, sabía que tenía que mantener la compostura.

- Lo intentaré, Renata. Si alguna vez necesitas algo, solo dímelo. Estoy aquí para ti.

Renata dejó escapar una pequeña risa, una risa que no sonaba realmente alegre, sino más bien sardónica.

- No es tan sencillo, querida. Yo... -hizo una pausa antes de continuar-. Yo no soy tan fácil de agradar. Y no me gustan las personas que intentan hacerme sentir como una niña pequeña.

Alicia frunció el ceño, sin saber cómo interpretar aquellas palabras. Pero decidió seguir adelante, sin dejarse llevar por las pequeñas provocaciones.

- No quiero hacerte sentir así, Renata. Solo quiero hacer mi trabajo y ayudarte con lo que necesites. -respondió, tratando de sonar genuina.

Renata volvió a mirar hacia la ventana, sin mirarla a los ojos. Era difícil leerla, pero Alicia notó algo en su actitud. Había una vulnerabilidad que no se veía a simple vista. La mujer, aunque parecía fuerte en su postura, también estaba atrapada en su propia fragilidad. Alicia pensó en cómo debía manejar esa situación. Renata no la veía como una amiga, ni como una colega; la veía como alguien que debía estar allí para cumplir un rol.

- Maximiliano me dijo que debes ayudarme a vestirme, a prepararme la comida, y estar aquí cuando lo necesite. -Renata comenzó a hablar, su tono más bajo, pero aún despectivo-. Supongo que eso es lo que haces, ¿no? Pero... ¿puedes realmente soportarlo? Yo no soy tan fácil de manejar. Mi esposo... él es el que me mantiene aquí, y todos se olvidan de lo que realmente significa estar atrapada en este cuerpo.

Alicia no dijo nada al principio. El comentario sobre Maximiliano la hizo dudar, y al mismo tiempo despertó una sensación de incomodidad. Parecía que Renata estaba diciendo más de lo que realmente quería compartir. Alicia se acercó un paso, decidida a mostrarle que podía ser la persona que necesitaba.

- Yo no estoy aquí solo para hacerte el trabajo, Renata. Estoy aquí para acompañarte. Si alguna vez necesitas hablar o distraerte, también estoy dispuesta a hacerlo.

Renata la miró por un momento, sus ojos clavados en ella como si estuviera midiendo algo. Pero su rostro seguía frío, distante, como si estuviera desconectada de todo.

- A veces... lo único que quiero es estar sola, ¿lo entiendes? No necesito a nadie que me diga qué hacer, ni que intente ser amable. -su tono se volvió más ácido-. La gente se cree que por estar en una silla de ruedas soy débil, pero la verdad es que no me importa lo que piensen. No soy una niña, ni una víctima.

Alicia se quedó en silencio, entendiendo que Renata no necesitaba lástima, no quería compasión. Quería control, quería ser vista como alguien fuerte, a pesar de la imagen de vulnerabilidad que proyectaba.

- Yo no te voy a tratar como una víctima, Renata. -respondió con calma-. Si te molesta que te ayude con algo, solo dímelo. Estoy aquí para hacer lo que tú necesites, sin invadir tu espacio.

Renata no dijo nada. Miró hacia la ventana de nuevo, sus ojos fijos en algún punto lejano, mientras Alicia se quedaba allí, esperando. Aunque no podía leerla completamente, Alicia entendió algo en ese momento: Renata no era solo una mujer atrapada en una silla de ruedas. Era una mujer con un alma compleja, llena de contradicciones. Una mujer que se sentía incomprendida y que no confiaba fácilmente en los demás.

Pasaron algunos minutos en silencio. Alicia se acercó a la mesa y comenzó a preparar algo para el desayuno, buscando una manera de no hacer sentir a Renata incómoda. Decidió que lo mejor era ser discreta, no forzar una conversación, pero tampoco retroceder ante los silencios incómodos.

De repente, Renata rompió el silencio.

- ¿Sabes? A veces me gustaría poder levantarme y caminar otra vez. Poder hacer las cosas por mí misma. -su voz se suavizó, casi como un susurro, un atisbo de vulnerabilidad que Alicia no esperaba.

Alicia, al escucharla, dejó lo que estaba haciendo y se giró hacia ella. Renata no lo había dicho de manera dramática, sino como si lo hubiera soltado sin pensar.

- Lo sé. Deb debe ser difícil. Pero... estoy aquí para que no te sientas sola, Renata. No tienes que hacerlo todo sola.

Renata la miró de nuevo, esta vez con una expresión menos distante. Alicia no podía saber si había logrado algo o si simplemente Renata estaba aceptando que la joven estaba allí. Pero era un pequeño paso.

- Está bien. No esperes que me abra demasiado. Pero por ahora... supongo que no está mal tener alguien que te ayude de vez en cuando. -Renata dijo finalmente, su tono algo menos firme.

Alicia asintió, sin palabras. Sabía que había dado el primer paso, pero el camino para ganar la confianza de Renata sería largo y complicado.

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