Portada de la novela El precio del engaño

El precio del engaño

9.4 / 10.0
La humilde cuidadora Alicia llega a la mansión del poderoso Maximiliano Duarte para atender a Renata, su esposa. Al notar que la mujer simula una invalidez para retener al CEO, Alicia acepta un turbio trato para seducirlo. No obstante, el plan se desmorona cuando surge un afecto genuino y un siniestro accidente deja a Renata realmente lisiada. Entre la culpa y el amor, Alicia deberá lidiar con la investigación de un Maximiliano decidido a destapar cada mentira.

El precio del engaño Capítulo 1

Alicia caminaba rápidamente, sus pasos resonando en las calles empedradas del barrio. El sonido del tráfico y el bullicio de la ciudad se desvanecían mientras su mente luchaba con las preocupaciones que la consumían. La cuenta de electricidad, la renta del departamento, las facturas del supermercado. Todo parecía apilarse y nunca encontrar un fin. Cada mes era una carrera contra el tiempo, una lucha constante por mantener la cabeza fuera del agua.

Estaba cansada de la incertidumbre. Su vida había cambiado demasiado rápido en los últimos años. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando ella tenía apenas 24 años, dejándola con una herencia modesta que rápidamente se evaporó. Desde entonces, había vivido una vida de sobrevivencia, trabajando de un lado a otro, con empleos temporales que no le ofrecían estabilidad. El café del barrio donde trabajaba ya no era suficiente para cubrir sus necesidades básicas, y las horas extra no ayudaban mucho.

Miró su celular, viendo la notificación de un mensaje de la agencia de alquiler. Renta vencida, pago inmediato necesario. El nudo en su estómago se apretó aún más. Si no pagaba en los próximos días, tendría que enfrentar la amenaza de ser desalojada. Pero ¿cómo lo haría? En su cuenta solo quedaban unos pocos billetes, y el trabajo en el café no le alcanzaba ni para una semana de comida.

Se detuvo frente a una tienda de comestibles. Había un cartel en la pizarra que decía: Se busca cuidadora para persona con discapacidad. Pago atractivo. Alicia miró el cartel un par de veces. El dinero que ofrecían era más de lo que ganaba en una semana de trabajo. Era una oportunidad, no importaba lo que tuviera que hacer para conseguirla. Sin pensarlo demasiado, sacó su teléfono y llamó al número que aparecía.

-Hola, estoy llamando sobre el anuncio. ¿Aún buscan una cuidadora? -dijo con voz apresurada.

Una voz masculina respondió del otro lado de la línea, firme, pero educada.

-Sí, aún estamos buscando. ¿Tienes experiencia cuidando personas con discapacidad?

-Un poco -respondió Alicia, aunque la verdad era que nunca había trabajado directamente con personas discapacitadas. Había ayudado a su abuela cuando estuvo enferma, pero nada más. Sin embargo, necesitaba el trabajo-. Soy responsable, y aprendo rápido.

Hubo un breve silencio antes de que él hablara de nuevo.

-Está bien. Te puedo recibir mañana a las 10 para una entrevista. ¿Te viene bien?

Alicia respiró hondo. Ya no había tiempo para pensarlo demasiado.

-Sí, claro. Allí estaré.

La llamada terminó y Alicia guardó el teléfono en su bolso. Un suspiro escapó de sus labios. Necesitaba este trabajo, lo sabía. Si no lo conseguía, su futuro inmediato era incierto. No tenía otra opción. Este empleo era su última oportunidad.

A la mañana siguiente, Alicia se levantó temprano. Se puso lo primero que encontró en su armario, un vestido sencillo y unos zapatos cómodos. No tenía tiempo para preocupaciones por su apariencia. Cuando llegó a la dirección indicada, se sintió ligeramente fuera de lugar. La casa era enorme, de esas que se ven en revistas de arquitectura. El portón negro de hierro estaba abierto, y una figura masculina la esperaba en la entrada, vestido de manera impecable. Era el hombre que había hablado con ella por teléfono: Maximiliano Duarte.

-Hola, Alicia -dijo, extendiendo la mano-. Bienvenida.

Alicia le dio un apretón de manos, tratando de no mostrar lo nerviosa que estaba.

-Gracias por recibirme -respondió ella.

Maximiliano la guió por el pasillo hacia el interior de la casa. No había mucho tiempo para intercambiar palabras, pero él parecía una persona reservada, con una presencia que imponía sin necesidad de ser altivo. Alicia se sentía como una extraña en ese ambiente, rodeada de muebles lujosos y decoraciones elegantes. Era la típica casa de una familia adinerada, y ella solo era una joven que había crecido en un vecindario modesto.

- La persona a la que cuidarás es mi esposa, Renata. Ella tiene una condición que la mantiene postrada en una silla de ruedas, por lo que necesita ayuda constante durante el día. -Maximiliano dijo mientras caminaban por el pasillo-. Necesito a alguien que la cuide, le prepare comida y esté pendiente de ella mientras yo estoy en el trabajo. Es un puesto demandante, pero bien remunerado.

Alicia asintió, tratando de mantener la calma. No había detalles adicionales. Sabía que debía hacer su parte, y se sintió aliviada por la simpleza de las instrucciones. Lo que más le importaba era la promesa de la paga. Era exactamente lo que necesitaba.

- ¿Está bien si empiezo mañana? -preguntó, sin saber si debía esperar más instrucciones.

-Claro, estaré en la oficina todo el día, pero Renata estará en casa. Si tienes alguna duda, puedes llamarme. -Maximiliano le dio una pequeña sonrisa, casi como si intentara mostrar simpatía, aunque su rostro seguía siendo serio.

Alicia asintió una vez más, sintiendo un extraño alivio mezclado con incertidumbre. No sabía qué esperar de Renata ni de la situación en general, pero el dinero estaba asegurado. Al menos por unos días.

Esa tarde, cuando llegó a su pequeño departamento, se permitió un momento para respirar profundamente. No podía evitar sentirse nerviosa, pero al mismo tiempo, sabía que había hecho lo que tenía que hacer. Había conseguido el trabajo. El siguiente paso era simple: hacer lo que se le pidiera y ganar el dinero que tanto necesitaba. De alguna forma, se sentía como si todo dependiera de este momento. De aquí en adelante, no podía permitirse fracasar.

Mientras miraba las facturas esparcidas por la mesa, pensó en lo que su madre le había dicho cuando era niña: Cuando te caes, te levantas, Alicia. Siempre hay una oportunidad, siempre que estés dispuesta a tomarla. Esa lección resonaba en su mente mientras se preparaba para el día siguiente, sin saber que su vida pronto cambiaría de maneras que no podía ni imaginar.

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