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Portada de la novela El precio del deseo

El precio del deseo

Hannah queda impactada al hallar que el flamante esposo de su madre es Mark, el sujeto con el que vivió un encuentro apasionado. La tensión prohibida crece con la aparición de Ethan, el hijo mayor de Mark, quien introduce sentimientos confusos a la ecuación. Atrapada entre secretos oscuros y manipulaciones psicológicas, ella encara un triángulo afectivo letal. Ahora deberá elegir entre escapar del peligro o sucumbir ante una pasión que podría destruirla.
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Capítulo 3

Dos años después

La brisa salada del mar envuelve la elegante mansión costera, donde la luz del sol baila sobre las olas y las palmeras susurran secretos al viento. Es un día radiante, perfecto para una celebración, pero para mí, la atmósfera festiva solo aumenta mi sensación de ansiedad. Llego tarde a la recepción de la boda, entrando en un escenario deslumbrante lleno de luces, risas y la ostentosa elegancia que solo un evento de alta sociedad puede ofrecer. Mis ojos se abren con asombro mientras observo la opulencia que me rodea, un contraste marcado con la sencillez de mi vida cotidiana.

—Te dije que llegaríamos tarde —se queja Vera, rompiendo el silencio incómodo.

—Para lo poco que me interesa ver a mi madre casarse con otro —respondo, con amargura en la voz.

—¿Entonces para qué vinimos? —pregunta Vera, buscando comprender mi postura.

Suspiro, deteniéndome para reflexionar sobre las palabras de Vera. Aunque me cuesta admitirlo, sé que hay algo de verdad en lo que dice.

—Tenía que hacerlo, soy su hija y papá insistió en que viniera.

—¿No crees que estás bastante grandecita para hacer berrinches? Tu madre tiene derecho a rehacer su vida. Si tu padre no quiere hacerlo, ya es cosa suya. ¿No lo crees? —continúa Vera, con un tono más suave.

Me detengo y miro a mi alrededor, dejando que las palabras de mi amiga resuenen en mi mente. Aunque me cuesta aceptarlo, sé que debo dejar de lado el resentimiento y apoyar la felicidad de mi madre.

—¿Por qué la vida es injusta? —pregunto, con la voz llena de dolor—. Ella sonríe feliz con otro, y mi padre pierde la vida en su trabajo. Él sí la amó de verdad, y ella demuestra que poco le importó su cariño.

Vera me mira con compasión, sintiendo la tristeza que emana de mí.

—¡Ay, Hanna! Ambas sabemos cómo fue la vida de casados de tus padres. Dejemos que el tiempo cure sus heridas y sean felices. Como hija, solo te queda apoyarla y amarla. Deja los rencores. Si viniste fue por eso. Porque en el fondo, tu corazón extraña a tu madre.

Asiento lentamente, reconociendo la sabiduría en las palabras de Vera.

—Extraño la imagen de la mujer que amaba a su familia, que se entregaba por su hogar y luchaba por hacernos reír. Desde que salí de casa, ella simplemente me cerró la puerta de su corazón. Me olvidó —confieso, con un nudo en la garganta.

—Una madre nunca olvida, quizás... —comienza Vera, pero la interrumpo.

—No la defiendas más, Vera. Por favor. Ya estamos aquí, busquémosla y regresemos al hotel.

—Pensé que te quedarías aquí —comenta Vera, sorprendida.

—¡Estás loca! Nunca podría estar bajo el mismo techo que otra familia. Supe que su nuevo esposo e hijo se mudaron hace poco.

—¿Quién te lo dijo? —pregunta Vera, intrigada.

—Aún tengo contactos en la familia —respondo, con tono de determinación.

Seguimos entrando en la casa. La sala está llena de invitados, todos elegantemente vestidos y sumidos en conversaciones animadas, pero para mí, aquellos rostros desconocidos son solo sombras en un mundo ajeno. No reconozco a nadie, excepto a unos pocos familiares distantes que apenas recuerdo de reuniones pasadas.

Mientras me muevo entre la multitud, buscando un resquicio de familiaridad en aquel mar de desconocidos, mi mente divaga en los recuerdos fragmentados que tengo de mi madre, junto a mi padre en esa casa. Sin prestar más atención a mis pensamientos, me abro paso hacia la mesa de bebidas, sintiendo el impulso de refugiarme en el reconfortante brillo del champán.

—¡Por dios santo! Siento que estoy en el paraíso —exclama Vera, mirando las bebidas y a los mozos que nos atienden—. Están hermosos, estos hombres. Espero que sean solteros —se muerde ligeramente el labio inferior, mirando a uno que parece corresponder su mirada.

—Si piensas ligarte a uno, por lo menos sé discreta —susurro—. No quiero que mi madre tenga excusas para recriminar algo.

—Despreocúpate, soy más discreta que tú para hacerlo. No hace falta recordarte que terminaste en la cama con aquel desconocido en la playa.

—Ni me lo recuerdes, siento que me tiemblan las piernas.

—¡Sí! Sé que fue inolvidable.

—Aún no he encontrado otro como él —sonrío, recordando aquella noche—. Pero eso es un secreto.

—¿Crees que algún día vuelvas a verlo?

—Para cuando eso suceda, ya será un hombre casado y entrado en años. Tenía novia, y los años quizás lo hagan más atractivo, pero yo prefiero mantener distancia con los hombres ajenos.

—Antes de que lancen el ramo, tienes que saludar a tu madre.

—No tengo apuro, Vera.

—Deja de decir tonterías y ven conmigo.

Con copas en mano, Vera me guía hacia el patio trasero. Siento las miradas de los invitados y no puedo evitar sentirme fuera de lugar.

—Fue un error haber venido. Tenemos que irnos —digo, con determinación.

—¡Amiga! Sé que nunca estarás lista para volver a verla, pero es tu madre. Déjame echar un vistazo. Tú espérame aquí, regreso rápido. No te vayas sin mí, ¿oíste? —insiste Vera, preocupada.

Asiento con resignación, comprendiendo que Vera tenía razón en parte.

—Está bien —acepto, aunque con reticencia.

Justo en ese momento, mientras estoy sumida en mis pensamientos y sorprendida por el lujoso escenario de la recepción, una voz conocida rompe el silencio a mi lado. Es Mark. Sin duda es él. ¿Cómo es posible que esté aquí?

—¡Hanna! —vuelve a decir, sorprendido, ahora, frente a mí.

Mi mirada se clava en él con incredulidad, mientras proceso la revelación.

—¡No puede ser posible! ¿Tú eres el nuevo esposo de mi madre? —suelto, dejando a Mark atónito con mi franqueza.

La sorpresa pinta el rostro de Mark mientras asimila mi conexión con Rebecca. Su mente se llena de preguntas no formuladas, de un pasado que ahora se entrelaza con su presente de una manera inesperada. Intenta decir algo, pero solo atina a mirarme fijamente, mientras traga en seco.

—El mundo es un pañuelo —dice al fin.

—¡Carajo! Sin duda lo es.

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