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Portada de la novela El precio del amor

El precio del amor

La exitosa empresaria Camila Duarte gozaba de una existencia perfecta hasta descubrir la traición de su esposo, Nicolás Vega. El hombre que amaba mantiene un romance oculto con la humilde Sofía, quien además está embarazada. Ante este engaño y años de desprecio, el dolor de Camila evoluciona hacia una implacable búsqueda de justicia. Dispuesta a todo por salvar su dignidad, usará su poder para destruir a quienes la humillaron, aunque deba arriesgar su imperio.
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Capítulo 3

Camila estaba en su oficina, rodeada de papeles, informes financieros y correos electrónicos que requerían su atención. La mansión Duarte-Vega nunca se había sentido tan vacía. Era como si, a pesar de su vida exitosa y su carrera floreciente, algo estuviera faltando. El sonido del teclado era lo único que rompía el silencio, hasta que un mensaje de texto apareció en su teléfono.

Nicolás: "Te veo más tarde, tengo que quedarme en la oficina hasta tarde."

Era la tercera vez en la misma semana que Nicolás le enviaba un mensaje similar. La sorpresa ya no estaba presente en la respuesta de Camila. Solo un leve malestar que no sabía cómo describir. ¿Por qué tantas horas extrañas en el trabajo? ¿Por qué tantas veces sin avisarle, sin decirle qué lo mantenía ocupado?

Decidió ignorarlo por el momento, pero algo dentro de ella le decía que no debía dejarlo pasar. La última vez que él le había enviado un mensaje de texto similar, había llegado a casa pasadas las 10 de la noche, demasiado cansado para cenar, pero con una actitud extraña, como si estuviera evitando mirarla.

Esa misma tarde, mientras revisaba las estadísticas de ventas, algo la distrajo. Un sonido provenía del vestíbulo, una llamada telefónica que Nicolás había dejado descolgada. Camila se levantó de su silla, sin pensarlo. Se acercó al teléfono y vio que había un mensaje reciente de un número desconocido.

No lo pensó demasiado. El mensaje decía:

"Nos vemos mañana, 8 pm. Necesito verte."

Camila sentía una presión en el pecho. ¿Quién podría estar enviando esos mensajes a Nicolás? Decidió no responder de inmediato. Pero la semilla de la duda ya estaba plantada en su mente.

Esa noche, cuando Nicolás llegó a casa, la casa ya estaba en silencio, salvo por el murmullo de la televisión que Camila había dejado encendida para mantener la apariencia de normalidad. La puerta principal se abrió con un suave crujido. Nicolás entró, pero no fue el saludo cálido y cariñoso que Camila esperaba.

-Hola -dijo él, descolgándose el saco de la chaqueta, evitando mirarla a los ojos.

-Hola -respondió Camila, sin levantarse de la silla. Estaba concentrada en su trabajo, o al menos eso quería que él pensara.

-¿Todo bien? -preguntó Nicolás, su tono neutral pero con algo de cansancio.

-Todo bien, ¿y tú? -dijo Camila, manteniendo la mirada fija en la pantalla de su laptop.

-Cansado -respondió él, pasando de largo y caminando hacia la cocina-. Un día largo. Ya sabes, los negocios...

Camila observó su figura desde su asiento. Algo en su forma de moverse, esa ligera incomodidad al entrar, no se le escapaba. Nicolás nunca había sido así de distante, incluso cuando se encontraba agotado por el trabajo. Algo había cambiado, pero ella no sabía qué exactamente.

A pesar de todo, Camila decidió no mencionar nada sobre el mensaje. No quería parecer paranoica. Pero algo dentro de ella la estaba consumiendo.

-¿Nos vemos después de cenar? -preguntó Nicolás mientras sacaba una botella de vino del refrigerador.

-Claro -respondió ella, sin dejar de escribir. Pero sus palabras eran vacías, no eran las de antes. Ese vacío crecía lentamente entre ellos.

En la mesa, durante la cena, Camila intentó iniciar una conversación ligera. Hablar sobre los proyectos de su empresa, de lo que había hecho ese día. Sin embargo, Nicolás no parecía tan interesado. Sus respuestas eran monosílabos, y sus ojos nunca se encontraban con los de ella.

-¿Qué pasa, Nicolás? -preguntó finalmente Camila, incapaz de seguir con la farsa-. Estás raro. Ya no hablas como antes.

Nicolás levantó la vista por un instante, su rostro tomando una expresión que Camila no pudo descifrar.

-Nada, solo estoy cansado, Camila. Estoy trabajando mucho, ¿no lo ves? -respondió él, con un tono que rozaba la defensiva.

Camila no dijo nada más, pero sus manos, apretadas sobre el tenedor, empezaron a temblar. La respuesta le sonó demasiado automática. Había algo que no encajaba.

El silencio invadió la mesa por varios minutos. Nicolás terminó su plato rápidamente y se levantó de la mesa, como si quisiera escapar de la conversación. Camila observó cómo se retiraba hacia el salón, quitándose los zapatos y apagando la televisión.

Poco después, escuchó el sonido de su teléfono móvil desde la mesa de entrada. Un sonido suave, casi imperceptible, pero suficiente para que Camila se detuviera en seco. Su intuición le decía que debía mirar, y aunque dudó, se levantó y se acercó al teléfono.

Nicolás estaba en el salón, sentado en el sofá, mirando al vacío, mientras Camila miraba el mensaje de texto que había recibido. Esta vez, el mensaje decía:

"¿Nos vemos esta noche? Tengo algo que quiero mostrarte. Necesito hablar contigo, urgente."

El número seguía siendo desconocido.

Las dudas de Camila se multiplicaron, y por un momento, el aire en la habitación se volvió denso. Sintió que la sangre le subía a la cabeza, pero no podía dejar que su rabia se apoderara de ella. No aún.

Se giró lentamente y vio a Nicolás mirando la televisión, aparentemente ajeno a lo que había sucedido. Pero en el fondo, Camila sabía que no podía seguir ignorando lo que su instinto le estaba gritando.

Decidió hablar, a pesar del miedo y la incertidumbre que la invadían.

-Nicolás -dijo, manteniendo la voz firme-. ¿Qué está pasando con nosotros? No te reconozco. No sé qué está sucediendo, pero algo no está bien.

Él no la miró inmediatamente. Sólo pasó su mano por el cabello, dejando que el silencio hablara por él.

-Lo que pasa es que estoy... cansado, Camila. Hay cosas que no entiendo, cosas que... no quiero hablar ahora.

Camila no respondió. Sus palabras eran un susurro en su mente, y la rabia comenzó a acumularse en su pecho. En ese momento, sabía que algo estaba cambiando, que Nicolás no era el hombre que había conocido. Y ella no podía seguir ignorándolo.

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