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Portada de la novela El Precio del Amor Silencioso

El Precio del Amor Silencioso

Braulio regresa seis años después como un abogado implacable, decidido a arrebatarle su hija a la mujer que lo alejó con engaños. Ignora que la pequeña Kenia es su propia sangre y que ella padece una leucemia terminal. Mientras él la desprecia y apoya a sus enemigos, ella sacrifica su salud para proteger a la niña. El triunfo de Braulio coincide con el trágico final de la protagonista, quien le deja una carta capaz de destruir su realidad para siempre.
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Capítulo 1

Hace seis años, destruí al hombre que amaba para salvarlo. Hoy, él regresó a mi vida para arrebatarme lo único que me queda.

Me estaba muriendo de leucemia. Me quedaban meses de vida. Mi único deseo era pasar ese tiempo con mi hija, Kenia. Pero la hermana de mi difunto esposo me había demandado por la custodia, exigiendo una fortuna que no tenía.

Entonces, entró el abogado de la contraparte. Era Braulio Flores.

Se quedó ahí, con el rostro convertido en una máscara de indiferencia, mientras su clienta me abofeteaba. Me amenazó con quitarme a mi hija, llamándome una madre no apta.

—Firma —dijo, su voz como el hielo—. O te veré en la corte, y te lo quitaré todo. Empezando por tu hija.

Él no sabía que Kenia era su hija. No sabía que me estaba muriendo. Solo sabía que me odiaba, y que ahora tenía una nueva familia con la misma mujer cuya familia había destruido la mía.

Yo había sacrificado todo para protegerlo, alejándolo con mentiras crueles para que pudiera tener un futuro. Pero mi sacrificio lo había convertido en un monstruo, y ahora él era el arma que usaban para destruirme por completo.

Para salvar a nuestra hija, renuncié al dinero de mi tratamiento y la envié lejos. Mientras él celebraba el nacimiento de su nuevo hijo en el piso de arriba, yo moría sola en una cama de hospital.

Pero le dejé una carta. Una carta que reduciría su mundo perfecto a cenizas.

Capítulo 1

POV de Elisa Montes:

Hace seis años, destruí al único hombre que he amado para salvarlo. Hoy, él regresó a mi vida para arrebatarme lo único que me queda.

La sala de mediación era fría. El aire olía a café de greca y a resentimiento. Al otro lado de la mesa de caoba pulida, Guadalupe Roldán, la hermana de mi difunto esposo por conveniencia, se secaba los ojos con un pañuelo. Una actuación de duelo, tan hueca como el matrimonio que nos unía.

Mi propio dolor era una punzada silenciosa y constante, una compañera a la que me había acostumbrado, como la fatiga que se instalaba en mis huesos. Leucemia, habían dicho los doctores. Una bomba de tiempo que no podía permitirme ver explotar. Solo quería pasar el tiempo que me quedaba con mi hija, Kenia, no en una sala estéril luchando por una custodia sin fundamento.

Había aceptado esta mediación para evitar el costo y la publicidad de un juicio, esperando que un acuerdo silencioso hiciera desaparecer a Guadalupe y su codicia.

Entonces la puerta se abrió y mi mundo se tambaleó.

Braulio Flores.

Ya no era el chico cuya risa resonaba en mis recuerdos de la universidad, el que dibujaba constelaciones en mi espalda en su pequeño cuarto de estudiante. Este hombre era un extraño, esculpido en hielo y ambición. Su traje era impecable, su mandíbula dura como una piedra, y sus ojos —esos mismos ojos profundos en los que una vez me perdí— ahora eran vacíos, fríos, calculadores. Él era el abogado de la contraparte. Por supuesto que lo era. El universo tenía un sentido del humor retorcido y cruel.

La voz de Guadalupe, chillona y áspera, rompió el silencio.

—Ahí está. La viuda negra. Mírala, Braulio. Ni una lágrima por mi pobre hermano.

Me encogí, con la mirada fija en la madera de la mesa.

—Seguro lo engañó todo el tiempo —escupió Guadalupe, alzando la voz—. Mi hermano fue un buen hombre, un santo, al aceptar a una mujer como ella. ¡Una riquilla venida a menos con una hija bastarda!

La mediadora, una mujer de unos cincuenta años con aspecto cansado, carraspeó.

—Señora Roldán, mantengamos la compostura profesional.

Guadalupe la ignoró, con los ojos clavados en mí.

—Quiero una compensación. Por el sufrimiento emocional de mi hermano. ¡Murió de un corazón roto, te lo digo!

—Murió de cáncer, Guadalupe —dije, mi voz apenas un susurro.

—¡Por tu culpa! —gritó, abalanzándose sobre la mesa.

Su mano se estrelló contra mi mejilla. La fuerza del golpe me hizo girar la cabeza. El ardor fue agudo, pero no fue nada comparado con el hielo que inundó mis venas mientras miraba a Braulio.

Él solo se quedó ahí. Inmóvil. Su rostro era una máscara de indiferencia mientras veía a su clienta agredirme. El Braulio que yo conocía se habría lanzado frente a un autobús por mí. Este hombre ni siquiera cruzaría una habitación.

No me moví. No grité. Simplemente absorbí el golpe, con mi orgullo como único escudo.

—Ya es suficiente, Guadalupe —dijo Braulio finalmente, su voz desprovista de emoción. Era la voz de un abogado controlando un tribunal, no la de un hombre viendo cómo golpeaban a la mujer que una vez amó.

Recordé cómo gritaba mi nombre bajo una tormenta, su rostro surcado por la lluvia y las lágrimas, rogándome que no lo dejara. El contraste fue un golpe físico que me dejó sin aire.

Dio un paso adelante y colocó un expediente sobre la mesa frente a mí.

—Firma esto.

El aroma de su loción, un olor limpio y penetrante que no reconocí, llenó el espacio entre nosotros. Pensé en la vez que garabateó "Amaré a Elisa Montes para siempre" en una servilleta de bar y la deslizó hacia mí, llamándolo un contrato vinculante. Mi corazón se retorció.

Bajé la mirada, incapaz de encontrar la suya. El recuerdo de nuestra última noche juntos ardía detrás de mis ojos. Su rostro, roto y confundido mientras yo escupía las palabras más crueles que pude inventar. *"Fuiste mi obra de caridad, Braulio. Un capricho. ¿De verdad creíste que alguien como yo terminaría con un becado como tú?"*

Eran mentiras, todas y cada una, diseñadas para separarlo de la catástrofe que era mi vida, para protegerlo de los usureros y criminales que la ruina de mi padre había desatado. Pero en esta sala fría y estéril, esas mentiras se sentían como la única verdad que existía entre nosotros.

—Engañaste a mi hermano —se burló Guadalupe, de vuelta en su asiento pero todavía vibrando de rabia—. Nos debes. Si no puedes pagar, nos llevaremos a la niña. Puede trabajar para pagar tu deuda.

Levanté la cabeza de golpe, un rugido protector creciendo en mi pecho.

—No tocarás a mi hija.

Intenté tomar la pluma, pero mi mano temblaba violentamente. La quimioterapia me había dejado un temblor que no podía controlar.

—Marcos y yo teníamos un acuerdo —dije, con la voz temblorosa—. Era un arreglo de negocios. Él necesitaba una cuidadora y yo necesitaba un apellido para mi hija para que no la molestaran en la escuela.

—¡Mentiras! —chilló Guadalupe—. Mi hermano no…

—Silencio —ordenó Braulio, y ella se calló.

Él dirigió su mirada glacial hacia mí.

—Elisa Montes. La gran Elisa Montes. Nunca pensé que vería el día en que estarías regateando centavos en una mediación.

Se me cortó la respiración. Sabía exactamente dónde golpear.

—No perdamos más tiempo —continuó, su tono cortante y profesional—. Mi clienta está dispuesta a aceptar cinco millones de pesos. Un precio pequeño para quedarte con tu hija, ¿no crees? Para alguien que solía gastar eso en una sola fiesta.

Miré el acuerdo, la tinta negra borrosa a través de mis lágrimas no derramadas. Pensé de nuevo en su rostro esa última noche, en cómo se desplomaron sus hombros, la imagen de su silueta rota grabada en mi memoria. Ahora, era todo ángulos afilados y éxito, un hombre rehecho por mi traición.

—No tengo ese dinero, Braulio —susurré, la confesión costándome el poco orgullo que me quedaba—. Y mi salud… no puedo…

—No me interesan tus excusas, Elisa —me interrumpió, su voz como hielo quebrándose—. Esto es un asunto legal, no una historia para dar lástima. Tus sentimientos son irrelevantes aquí.

Se inclinó hacia adelante, golpeando con un dedo la línea de la firma.

—Fírmalo. O te veré en la corte, y te lo quitaré todo. Empezando por tu hija.

Una lágrima caliente se escapó y trazó un camino por mi mejilla. La limpié con rabia. No. No le daría esa satisfacción.

Me quedaba tan poco tiempo. Semanas. Quizás meses, si tenía suerte. Cada segundo era precioso, y no lo iba a pasar luchando una batalla perdida contra el hombre que tenía mi pasado, y ahora mi futuro, en sus manos. Pero no podía perder a Kenia.

Vio cómo la lucha se desvanecía de mis ojos. Me vio romperme.

—En la corte, Elisa —advirtió, su voz un susurro bajo y escalofriante—, descubrirás que no tengo piedad.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

—Lo sé. Ya soy un cadáver andante, Braulio.

Su teléfono vibró sobre la mesa, iluminándose con una foto que destrozó los últimos y frágiles pedazos de mi corazón. Era una foto de pantalla de él y una mujer hermosa y de aspecto delicado, con la cabeza apoyada en su hombro. Adriana de la Vega. Su familia había orquestado la ruina de la mía. En la foto, ella sostenía a un niño pequeño, y su otra mano descansaba sobre un vientre ligeramente abultado.

Estaba casado. Tenía una familia. Una nueva familia.

El aire en mis pulmones se convirtió en ceniza. Toda la estúpida y secreta esperanza a la que me había aferrado durante seis años —que tal vez, algún día, él entendería— murió en ese momento.

Busqué a tientas mi bolso gastado en el suelo, una necesidad desesperada de huir abrumándome. Mis manos temblaban tanto que el bolso se resbaló, y su contenido se derramó por el suelo. Labiales, monedas y una docena de frascos de prescripción de color ámbar. Mi medicación, la que me mantenía con vida, esparcida a sus pies.

Se levantó para irse, pero luego se congeló. Su mirada bajó de mi rostro al suelo, y luego de vuelta a mí. Un destello de algo —confusión, sospecha— cruzó sus facciones por primera vez.

Dio un paso hacia mí, su voz peligrosamente baja.

—Esa niña, Kenia. ¿Qué edad tiene? —Antes de que pudiera responder, sus ojos se entrecerraron—. ¿Quién es su padre, Elisa?

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