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Portada de la novela El precio de un segundo

El precio de un segundo

Tras colisionar con el vehículo de Alexander Vance, el gélido líder de Vance Industries, Emma ve peligrar su negocio familiar. Sin fondos para costear el accidente, se ve obligada a aceptar una propuesta extrema para evitar la prisión: un matrimonio de tres años. Alexander necesita esta unión para desbloquear su herencia, pero entre las intrigas del poder y la vida cotidiana, lo que inició como un pacto financiero se convierte en una pasión inesperada.
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Capítulo 1

La lluvia golpeaba el parabrisas con una violencia ensordecedora. Emma de la Cruz apretaba el volante de su viejo sedán con tanta fuerza que los nudillos le habían quedado completamente blancos. Las escobillas limpiaparabrisas luchaban a su máxima velocidad, pero el agua caía como una cortina sólida, desdibujando las luces traseras de los pocos coches que se atrevían a circular por la avenida principal a esa hora de la noche.

-Vamos, por favor, aguanta un poco más -susurró para sí misma, lanzando una mirada ansiosa al indicador de temperatura del motor, que flirteaba peligrosamente con la zona roja.

Pero el motor no era su mayor problema. Su mente estaba atrapada en un bucle destructivo, repitiendo las palabras del último aviso de embargo que había encontrado sobre el mostrador de la pastelería familiar. Cuarenta y ocho horas. Ese era el plazo que el banco les había dado antes de proceder con el cierre definitivo del local. Cuarenta y ocho horas para obrar un milagro financiero y conseguir un dinero que simplemente no tenían. La enfermedad de su madre había consumido hasta el último centavo de sus ahorros, y las ventas del último mes apenas habían alcanzado para cubrir la harina y la luz.

¿Cómo se lo diría a su madre? ¿Cómo le explicaría que el negocio que su abuelo había fundado con tanto esfuerzo estaba a punto de desaparecer por completo?

Una lágrima de pura frustración rodó por su mejilla, mezclándose con el reflejo distorsionado de los faros callejeros. Emma parpadeó rápidamente, tratando de aclarar su vista, y apartó la mirada de la carretera durante una fracción de segundo para limpiar el vaho del cristal con la manga de su suéter.

Fue el segundo más caro de su vida.

Cuando volvió a clavar los ojos al frente, las luces de freno del vehículo que la precedía estallaron en un rojo cegador y estático. No estaban disminuyendo la velocidad; se habían detenido por completo debido a una retención repentina en el cruce.

-¡No, no, no! -gritó Emma, hundiendo el pie en el freno con desesperación.

Los frenos de su viejo coche respondieron con un quejido agudo y estéril. Los neumáticos patinaron sobre el asfalto mojado, perdiendo toda adherencia en el agua acumulada. El tiempo pareció ralentizarse de forma macabra mientras la distancia entre su parachoques delantero y la imponente silueta del vehículo de enfrente se reducía inevitablemente.

El impacto fue brutal.

¡CRASH!

El sonido del metal retorciéndose y el estallido de la fibra de carbono resonaron por encima del rugido de la tormenta. El cuerpo de Emma se sacudió violentamente hacia adelante, siendo frenado en seco por el cinturón de seguridad, que le cortó el aire de los pulmones. El motor de su sedán se apagó con un último suspiro mecánico, dejando paso al silbido del vapor que escapaba del capó destrozado.

Durante varios segundos, Emma se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado. Sus manos temblaban incontrolablemente sobre el volante. El olor a refrigerante quemado y a plástico chamuscado comenzó a colarse por las rendijas del aire acondicionado.

-Estoy viva... estoy bien -logró articular, recuperando el aliento a bocanadas.

Sin embargo, el verdadero horror comenzó cuando levantó la cabeza y miró a través del parabrisas, iluminado por sus propios faros, que aún parpadeaban milagrosamente.

El vehículo contra el que acababa de chocar no era un coche cualquiera. No era un utilitario familiar ni una furgoneta de reparto. Frente a ella, bajo la luz mortecina de las farolas y la lluvia implacable, relucía la carrocería de fibra de carbono negra y las líneas aerodinámicas alienígenas de un Pagani Huayra de edición limitada. Incluso bajo el agua, el coche desprendía un aura de lujo obsceno e inalcanzable. Y ahora, toda la sección trasera izquierda de esa obra de arte sobre ruedas estaba abollada, astillada y reducida a escombros de alta tecnología.

A Emma se le heló la sangre en las venas. El aire pareció desvanecerse de la cabina. Sabía de coches lo suficiente como para entender que el valor de ese parachoques trasero superaba por mucho todo lo que poseía en el mundo, incluyendo la pastelería y la casa de su madre.

Antes de que pudiera procesar la magnitud del desastre, la puerta trasera derecha del Pagani se abrió hacia arriba con un movimiento suave y elegante, desafiando la gravedad.

Un hombre descendió del vehículo.

A pesar de la tormenta que arreciaba, no llevaba paraguas ni parecía tener prisa. Vestía un traje de tres piezas de corte impecable, gris oscuro, que parecía diseñado exclusivamente para él. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, inmutable frente al viento. Tenía una postura imponente, rígida, y unos rasgos faciales tan afilados y perfectos que parecían esculpidos en mármol.

Pero lo que de verdad paralizó a Emma fue su mirada. Unos ojos grises, gélidos y calculadores que se clavaron directamente en ella a través del cristal. Era Alexander Vance, el implacable director ejecutivo de Vance Industries, aunque en ese momento Emma solo vio a un hombre cuya mera presencia irradiaba un poder absoluto y peligroso.

Alexander caminó con paso firme hacia la parte trasera de su deportivo, evaluando los daños con una indiferencia que resultaba aterradora. Observó el metal retorcido del sedán de Emma y luego fijó la vista en los restos de fibra de carbono de su propio coche. No gritó, no gesticuló, ni mostró la más mínima señal de sorpresa o enfado común. Su rostro permaneció completamente inexpresivo.

Con una lentitud deliberada, Alexander se dirigió hacia la ventanilla del conductor del coche de Emma.

Emma, con los dedos entumecidos por el pánico, accionó el mecanismo manual para bajar el cristal unos centímetros. Una ráfaga de aire frío y gotas de lluvia golpearon su rostro, pero el frío que provenía del hombre parado junto a su puerta era mucho peor.

Alexander se inclinó levemente, manteniendo una distancia estrictamente profesional, y habló con una voz baja, profunda y tan cortante como el hielo picado.

-Espero que tenga un excelente seguro, señorita -dijo, sin un ápice de emoción-. Porque acaba de destruir una pieza de ingeniería de medio millón de dólares. Y mi paciencia de esta noche.

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