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Portada de la novela El Precio de su Traición

El Precio de su Traición

La exitosa jurista Sofía Morales sufre el robo de un libro crucial a manos de Daniela Reyes, evento que desencadena los recuerdos de su vida pasada. Tras morir en prisión por la traición de sus mentores, Carlos y Elena, Sofía despierta milagrosamente en el pasado antes de su ruina. Con el dolor de su muerte anterior grabado en el alma, decide cambiar su destino y planea una venganza implacable para destruir a quienes consideraba su familia.
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Capítulo 2

El aire en la corte todavía vibraba con los aplausos, un eco del triunfo número cien de Sofía Morales, la abogada que todos llamaban "La Jueza del Pueblo". Cada caso que ganaba era una victoria para los desamparados, una grieta en el muro de la injusticia que plagaba México. Salió del tribunal sintiendo el peso familiar y reconfortante del "Libro de los Casos Perdidos" colgado de su cuello, un artefacto legendario que solo ella podía manejar, un arma que revertía sentencias y sacaba la verdad a la luz.

Pero esa sensación de victoria se evaporó en el instante en que abrió la puerta de su despacho.

Su oficina, su santuario, había sido ocupada. Detrás de su escritorio de caoba, donde deberían estar sus expedientes, se sentaba una mujer joven con una sonrisa afilada. Llevaba un traje de abogada que Sofía no reconoció, pero que le quedaba como un guante.

Era Daniela Reyes. La hija de Carlos y Elena Reyes, sus mentores, las dos personas en las que más confiaba en el mundo.

Y en las manos de Daniela, como si fuera un trofeo, descansaba el "Libro de los Casos Perdidos".

El recuerdo la golpeó con la fuerza de un tren. No era un recuerdo, era una vida entera, una pesadilla que ya había vivido. En esa otra vida, había confiado ciegamente en Carlos y Elena. Les había entregado el libro para que lo "custodiaran" antes de este mismo juicio, su centésima victoria. Y ellos la habían traicionado.

La escena se repitió en su mente con una claridad brutal. Daniela, aclamada por el público como la nueva salvadora, usando el libro para "corregir" casos. Pero Sofía había visto la verdad: liberaba a criminales poderosos y condenaba a inocentes que se interponían en su camino. Cuando intentó exponerla, Carlos y Elena usaron toda su influencia para destruirla.

"¡Ladrona!"

La acusaron de robar el libro. La desacreditaron públicamente. Le arrebataron su licencia, el símbolo de cien años de lucha incansable. Y la arrojaron a una celda fría y húmeda. La prisión fue un infierno de desesperación. Traicionada, humillada, despojada de todo. Allí, sola en la oscuridad, comprendió la terrible verdad: el libro solo obedecía a Daniela porque ella misma se lo había entregado a sus mentores. Un acto de confianza ciega que la había condenado. El dolor y la injusticia la consumieron hasta que su corazón dejó de latir.

Y entonces, despertó.

Estaba de pie en su oficina, justo en el momento antes de la traición. El aire olía a papel viejo y a la promesa de una victoria inminente. Carlos Reyes, su mentor, le sonreía con esa calidez paternal que ahora le revolvía el estómago.

"Sofía, este es tu centenario como la abogada más justa. Ya es hora de que te tomes un descanso."

Sus palabras eran las mismas. Cada sílaba era un eco del pasado.

"Qué lástima que Daniela no tenga tu capacidad de discernimiento ni tu ética", continuó Carlos, su voz teñida de una falsa preocupación. "Si la tuviera, Elena y yo no estaríamos tan preocupados por su futuro."

La rabia, fría y pesada, se asentó en el pecho de Sofía. El recuerdo del dolor, de la celda, de la muerte, era tan real que tuvo que apretar los puños para no gritar. Disimuló su furia, pasando una mano sobre la cubierta de cuero del "Libro de los Casos Perdidos" que colgaba de su cuello.

"No se preocupen", dijo, su voz sorprendentemente firme. "Mi ética es inquebrantable. Es más fácil para mí que para otros. Confíen en mí, seguiré adelante."

Juró en silencio. Esta vez, no habría confianza. No habría ceguera. Desenterraría la verdad y los haría pagar. A todos ellos.

Carlos insistió, su sonrisa no alcanzaba sus ojos codiciosos.

"El juez principal acaba de retirarse, no querrás molestarlo en su descanso. ¿Por qué no dejas que Elena y yo guardemos el libro por ti esta vez? Hemos trabajado juntos durante casi mil casos, confía en nosotros."

Mil casos. Mil años de una confianza que habían pisoteado. En su vida anterior, ella había aceptado. Había luchado en innumerables batallas, desde defensora pública para los más humildes hasta abogada corporativa para los poderosos, siempre con el libro como su compañero. Pero después de entregarlo, su mundo se vino abajo.

Recordó cómo el libro se soltó de sus manos y voló hacia Daniela, que la esperaba fuera de la oficina, vestida con el traje de abogada que Sofía debería haber usado en su celebración.

"Con razón no encontraba el libro, ¡lo habías robado!" La voz de Daniela resonó en su memoria, llena de un triunfo cruel. "Pero no contabas con que este libro reconoce a su verdadero dueño y regresa solo a mí."

La multitud, atraída por la noticia de su victoria, se había convertido en un jurado que la condenaba. Con el juez principal convenientemente "retirado", Carlos y Elena lanzaron su veneno, difamándola sin piedad. La gente la llamó "ladrona". La inmovilizaron.

Daniela, con una sonrisa burlona, le arrebató su licencia de abogada.

"Como abogada, debes ser justa, no despiadada. Te daré una salida. Sofía, no temas, sé que solo robaste mi libro porque fuiste abogada por mucho tiempo. No importa, si lo devuelves, no te culparé."

La hipocresía la había cegado. La injusticia la había matado.

Pero ahora estaba aquí. Con el conocimiento. Con el dolor. Y con el libro todavía en su poder.

Miró a Carlos, luego a Elena, que acababa de entrar en la oficina con la misma sonrisa preocupada. No. Esta vez no.

"Tengo un plan diferente", dijo Sofía, su voz tranquila pero con un filo de acero. "Voy a ver al juez principal. Personalmente."

Decidió romper el ciclo. Ignoraría sus súplicas y buscaría al único poder por encima de ellos. No volvería a confiar. No volvería a caer. Esta vez, la jueza dictaría su propia sentencia.

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